rtassara@cronica.com.ar 

Entre los comentarios que “La vampiresa K”, publicada en este mismo espacio el lunes 25, motivó en la página web de Crónica, hubo uno que merece rescatarse, pese a su intención depredatoria; o más bien, gracias a ella. Es un elogio, obviamente inconsciente: “Sin palabras para este medio maquiavélico”, terminaba el comentario.

Para quienes sólo aprendieron a repetir consignas del “relato”, lo “maquiavélico” suena deplorable. Pero, lejos de ser el perverso consejero del poder imaginado por los ignorantes, Nicolás Maquiavelo fue uno de los grandes humanistas del Renacimiento. Como funcionario de la Cancillería de la República de Florencia, sirvió con talento y patriotismo, inspirado en la idea de unificar a una Italia desmembrada, con milicias mercenarias y señores y papas conspirando con los extranjeros.

Por su origen plebeyo no pudo ser embajador, pero negoció la letra chica de los acuerdos de su ciudad con Catalina Sforza, César Borgia, el papa Alejandro VI y tantos otros poderosos de su tiempo. De joven, Maquiavelo se entusiasmó con la República de Savonarola, el monje dominico a quien creyó capaz de unificar Italia.

Pero el monje resultó ser un necio y acabó en la hoguera, llevado por los mismos chicos que en su apogeo hostigaban a los burgueses fiesteros. Maquiavelo era estudioso de la historia grecorromana, a la que enriqueció con su experiencia de diplomático. Tras la caída de la República de Soderini, en Florencia, el regreso de los Médici lo arruinó: perdió el empleo y fue a prisión.

Ya libre, sobrevivía con su familia en el ostracismo; pero, su sabiduría había trascendido los vaivenes de la política chica, y lo llamaron. El papa Julio II, sabiendo que él no era cristiano, apoyó su proyecto de ejército nacional, para liberarse de los mercenarios. Antes de morir, Maquiavelo resumió sus conocimientos en “El príncipe”, el compendio de lecciones sobre el poder más trascendente después de Aristóteles.

Sería bueno que los/as jóvenes apasionados/ as por la política añadieran un gramo de racionalidad a su pasión leyendo a Maquiavelo. Así, podrían entender que si Mauricio eligió a Cristina como rival, la razón de tanta sinrazón es que, quien aspire a conservar el poder, “debe, siempre que se le presente la ocasión, crearse con astucia alguna enemistad, para que, después de someterla, sea mayor su grandeza”.

Ella también lo eligió a Mauricio, pero sólo por necesidad de supervivencia, como Catalina Sforza recurrió a Ludovico el Moro, señor de Milán, para que la sacara del pozo después de haber enviudado.