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@javiercarrodani

El gobierno formalizó este miércoles el anuncio de una medida que, en rigor de verdad, el año pasado fue postergada por el temor a que su aplicación le restara votos al oficialismo en las elecciones legislativas: los boletos de colectivos, trenes y subtes aumentarán escalonadamente a medida que avance 2018, en orden a reducir los subsidios estatales a los medios de transporte público de pasajeros en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA).

Ante el argumento de las autoridades de que las cuentas públicas tienen que ir saneándose para no acumular más deuda "que tengan que pagar nuestros hijos y nietos", al usuario sólo le queda resignarse e ir sacando cuentas de lo que le va a costar desplazarse diariamente desde febrero.

Ahora bien. Es interesante prestar atención al discurso oficial -que ya se expuso en los casos de las quitas de subsidios a la electricidad, el gas y el agua corriente-, según el cual las subas tarifarias permitirán que la calidad de los servicios mejore paulatinamente. La actitud de la ciudadanía en ese punto debería resumirse en la frase "más vale que así sea".

Dado que habrá que ir desembolsando cada vez más dinero -que a gran parte de la población no le sobra, claramente-, el foco deberá estar en exigir que todo el servicio se vaya acercando al "como debe ser". Un ítem a cumplir será que las frecuencias sean suficientes para atender la demanda de pasajeros, incluso en las llamadas "horas pico".

Otro punto a seguir será la modernización de los vehículos, tanto en el confort de los asientos como en la climatización. Viajar en una unidad con aire acondicionado en el verano y con calefacción en el invierno ya no puede ser sólo resultado de "un día de suerte". No hay que olvidar que, sobre todo en colectivos y subtes, la prestación está a cargo de empresas con afán de obtener el mayor lucro posible. Que eso no vaya en desmedro de la calidad del servicio dependerá mucho de los usuarios y del Estado.