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En los inicios del siglo XVI Nicolás Maquiavelo describió a la política como el arte de enfrentarse a lo variable. Pasaron 500 años y los moldes parecen repetirse. A veces más polémicos, otras rozan lo ridículo. Pero todos, en tiempos modernos, se exponen.

El Congreso dio una muestra de ello. La reunión de Labor Parlamentaria del martes duró 8 horas. Con la firma de Cristian Ritondo, Mario Negri y Juan Manuel López, entre otros diputados opositores, se acordó de palabra la prórroga del protocolo del funcionamiento parlamentario remoto.

Pero la aparición de unos mensajes, llamados y opiniones desde afuera cambiaron la estrategia de Juntos por el Cambio. La aparición de lo variable, en términos maquiavélicos. Embanderados en el "consenso", la representación de los 116 integrantes del interbloque (Pro, Unión Cívica Radical y la Coalición Cívica) bajó al recinto mediante gritos y dedos acusadores.

"República" y "Democracia", términos que se repitieron en una y otra alocución. Los proyectos para multar las pescas ilegales y una ayuda económica al sector turístico pasaron a un segundo plano. "Que los sectores se queden tranquilos, que la ley va a salir", se animó a decir Sergio Massa, presidente de la Cámara baja. En sus manos estaba aquello que el florentino resumió como virtud: la actuación frente a las contingencias.

Hasta la una de la madrugada las voces legislativas giraron en torno al funcionamiento de Diputados. De un lado, la amenaza de Juntos por el Cambio de judicializar cada sesión virtual a raíz del vencimiento del protocolo. Del otro, el oficialismo y bloques afines girando el discurso hacia la ironía: "Se dicen republicanos y no quieren sesionar", se escuchó desde el micrófono de  José Luis Gioja.

La muñeca del Frente de Todos por torcer el armado legislativo opositor fue por vía virtual, paradójicamente. Conexiones desde todo el país de unos 129 legisladores culminaron en una agitada madrugada, cuando pareció desdibujarse el debate de seis horas en el interior del Parlamento. Pero en tiempos de redes sociales nada queda tan fácilmente en el olvido. Como tampoco se desvanece la talla de un dirigente.

Es difícil -si no imposible- calcular cuánto paga un político por estar, por ser, por pertenecer. La exposición parece no ser gratis. Algunos terminan en el ostracismo. Otros, en el estrellato. "Si nos callan a todos, callan a unas 10 millones de personas", resumió Waldo Wolff, mientras, sentado en su banca, se acomodaba con la mano el barbijo mal colocado.

En el exterior del Congreso, un puñado de personas encabezado por Alfredo Casero dijo "presente", así como también las banderas argentinas. Todo esto en el medio de una pandemia que hasta el momento terminó con la vida de más de 9.000 argentinos. La muerte no es un precio: la muerte es un límite. Y ninguno está dispuesto a pagarlo (quiero creer).

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