El periodista Marco Bustamante, especialista en temas sobrenaturales de Crónica, fue protagonista involuntario de un encuentro cercano del tercer tipo. Por primera vez cuenta la historia en esta nota. El relato en primera persona no tiene desperdicio:

“Ocurrió una noche de abril, un sábado, yo vivía en Minas, Lavalleja, Uruguay, y teníamos un compromiso muy importante al otro día. Puntualmente tenía que estar en un evento en Colonia del Sacramento en Uruguay. Las dos ciudades están separadas por más de 400 kilómetros y lo que teníamos que hacer nos llevaría toda la jornada”.

“Fue así que decidí convocar a un amigo para que me dé una mano; el me cubría en mis compromisos locales así yo podía viajar. Me fui hasta la casa y me encontré con el padre de Alejandro, mi amigo, me contó que estaba pescando y que en lugar que estaba no había señal ni manera de comunicarse”.

“Ante esta situación decidimos subirnos a una camioneta y tomamos rumbo al lugar en el que estaban. Después de varios kilómetros, el vehículo dejó la carretera nacional número 12 y nos metimos en un camino vecinal. Oscuridad y matorrales. Era todo lo que veíamos. Un enorme cerro, el Verdún, nos hacía sombra y en una noche sin luna no se veía absolutamente nada”.

“Nos movíamos lento porque si perdíamos el control del volante íbamos a terminar volcando. De pronto, por la derecha de la camioneta, percibo un resplandor. Eso lo noto con la visión periférica. Lo primero que pensé fue que venía atrás nuestro otro auto.  Pero un segundo después me di cuenta que era casi imposible que a esa hora, por ese camino casi abandonado dos vehículos coincidan. Bajé el vidrio, me asomé por la ventanilla y vi esta inmensa luz blanca que nos seguía”.

“Pánico.  Quería irme de ahí, era una pesadilla. Le comenté al conductor del auto lo que estaba sucediendo y la respuesta fue concluyente: ´si vamos más rápido nos matamos´. Teníamos que seguir. De pronto la luz se movió y ya no estaba atrás de nosotros sino al costado. Más adelante había un monte de eucaliptus y yo creía que cuando nos metiéramos entre la arboleda la íbamos a perder. Lejos de eso, la luz se metió en el monte e iluminaba todo su entorno como si fuera de día”.

“A medida que pasaba entre los arboles por momentos daba la sensación de que su forma era ligeramente  alargada. Como un tubo de luz moviéndose a 70 metros nuestro. Eso, no sé cómo definirlo, el ovni, nos acompañó por más de dos kilómetros. Una eternidad. De pronto comenzó a alejarse. A los pocos segundos ya no la veíamos y habíamos llegado finalmente al campamento en que estaba mi amigo”.

“Al otro día, en ese lugar, aparecieron tres enormes círculos de unos tres metros de diámetro. Esa fue mi primera experiencia con un objeto volador no identificado.  Recuerdo muchos detalles sueltos, como que en el entorno, mientras duró el episodio, el monte parecía guardar silencio. No se escuchaba nada, apenas el ruido de las ruedas mientras giraban por el camino”.

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