Por Profesor Antonio Las Heras
alasheras@hotmail.com

Señoras y señores: Brindo para que los presagios fatalistas no sucedan. Somos trece en la mesa. Uno tiene que morirá”. Así se expresó, sorpresivamente, ante los presentes, el pionero de la aviación argentina, el ingeniero Jorge Newbery, en un banquete de homenaje que le fuera dado durante lo que sería su último viaje a París, puesto que, en efecto, el vaticinpersona.

Habría de morir poco tiempo después en un accidente de aviación ocurrido en Los Tamarindos, zona situada en las afueras de la ciudad de Mendoza. Jorge Alejandro Newbery (1875/ 1914) fue una personalidad notable, que alcanzó el reconocimiento internacional: aviador, deportista, funcionario público, ingeniero, destacado en la ciencia y la tecnología nacionales

También fue artífice y fundador de la Aeronáutica Militar Argentina; cofundador del Aero Club Argentino y uno de los primeros en advertir que la aviación comercial privada tendría un enorme despliegue mundial y estaba llamado a modificar las formas de viaje cotidianas.

¿Acaso este hombre, tan dispuesto a la aventura extrema, sobre todo si esta se desarrollaba en los por entonces tan poco explorados cielos, intuyó su propia muerte? Todo hace pensar que sí, pues la anécdota que acabamos de referir no fue la única. Hubo más.

Newbery estaba seguro de la existencia de lo que entonces se conocía como “la jettatura”; es decir, aceptaba que había situaciones o personas que podían, por su esencia, causar daño a otros sin desearlo conscientemente. El tema de este posible tipo de “maleficio” alcanzó tanta fama que hasta dio lugar a una popular obra teatral escrita por el destacado dramaturgo argentino Gregorio de Laferrère (1867/1913), titulada, precisamente “¡Jettatore!”, estrenada en Buenos Aires el 30 de mayo de 1904.

Para aventar tales posibilidades tenebrosas, bien conocía su círculo cercano que Newbery no subía a avión ni globo aerostático alguno sin llevar consigo un cuadrito con la fotografía de su madre, la que había fallecido por la depresión que le provocó la desaparición de Eduardo, quien, embarcado en el globo “Pampero”, jamás fue hallado. Se supuso que cayó en algún alejado lugar sobre las aguas del Río de la Plata.

Cuando ella desencarnó, Jorge se juramentó que jamás emprendería ninguna experiencia aérea sin tener en la máquina misma, como protección, aquel objeto. Así fue. En cada una de las hazañas que protagonizó, Jorge Newbery llevaba ese cuadro con la fotografía materna, cual real talismán y amuleto que lo protegiera de cualquier fracaso, desastre o problema. Estaba atado en la cesta del globo “El Huracán” cuando batió el récord sudamericano de duración y distancia (550 km en 13 horas, uniendo Argentina, Uruguay y Brasil).

De idéntica manera, pero aferrado cerca del motor del monoplano Morane-Saulnier, al superar el récord mundial de altitud alcanzando 6.225 metros. Lo mismo ese 24 de noviembre de 1912 cuando cruzó el Río de la Plata en el monoplano “Centenario”, un Bleirot Gnome de 50 HP, para convertirse en el primero en cruzar el río y volver en el mismo día. Así, siempre. Consultado al respecto, no vacilaba en responder con énfasis: “Tengo el presentimiento de que, si no llevo ese retrato, me voy a morir.”

Además, en una fosforera de oro atesoraba unos cabellos blancos que habían sido de la cabellera materna. “Siempre temo morir del corazón. Pero tengo el presentimiento de que, si conservo los cabellos de mi madre sobre mi corazón, moriré de otra cosa...”, solía decir. Tras el accidente aéreo que lo llevó a la muerte, la fosforera, que había sido de su padre y llevaba como marca distintiva un zafiro, fue rescatada junto con el cadáver.

Y, dentro, los cabellos, sin que hubieran sufrido daño alguno. Su profecía se cumplió por partida doble. Llevando esas reliquias no moriría por una causa cardíaca. También quedó en claro que la protección contra penurias era el recordado retrato que, esa vez, el aviador no llevaba consigo, puesto que lo había dejado en el avión que usaba en Buenos Aires.

¿Hemos de llamar a esto pura coincidencia? ¿Una casualidad? Bien afirmaba el sabio Leibniz que “casualidad es el rótulo que damos a aquellos acontecimientos cuyas causas ignoramos”.

En efecto, tal como lo suponía, sin esa protección, su muerte podía concretarse. Y ocurrió. Fue a las 18.40 del 1º de marzo de 1914 cuando el avión que pilotaba se estrelló, tras una maniobra fallida, sobre la superficie terrestre. ¿Acaso Jorge Newbery intuyó su propia muerte?

UN AVISO
LO MOLESTÓ MUCHO LA MARCA DE CIGARRILLOS QUE RESULTÓ OTRO AVISO...


He visto un aviso que acaso podría tener positiva influencia en un espíritu supersticioso. Es de unos cigarrillos y tiene dibujado un aeroplano, en una de cuyas alas se leen varios nombres: Origone, Eusebione, Pérez Arzeno, Newbery, Fels, Mascias.

Por cierto que he pensado pedir a la casa que ha puesto ese aviso que lo modifique. ¡Caramba! Podrían haber separado con una raya, en cualquier forma, los nombres de los muertos; porque así, leída de corrido esa lista, que en un comienzo es una lista necrológica, hecha de acuerdo con un orden cronológico riguroso, diríase que resulta, por simple consecuencia de mi interpretación, desde luego, una sentencia de muerte. ¿Me tocará el turno ahora?”.

Así decía Newbery cuando un diario de la época publicó un aviso publicitario de los cigarrillos Libres de Trust. Otra vez más, la muerte presentida. Tanto molestó esto al aviador que instruyó a su secretario, quien también era buen amigo, Manuel Ramos Vivot, para que enviara una carta con una enérgica queja a la tabacalera, ¡por haber presagiado su muerte! Los responsables le enviaron, de inmediato, una carta de disculpas y cambiaron el aviso.

(*) Doctor en Psicología Social, fi lósofo y escritor. Magister en Psicoanálisis. Pte. Asoc. Arg. Parapsicología y de la Asoc. Junguiana Argentina

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