Por Antonio Las Heras

La historia que podríamos llamar "escolar" transmite, desde hace años, el relato de que los antiguos apenas si tenían rudimentarios conocimientos de lo que hoy conocemos como "ciencia" y que, a lo sumo, utilizaron cierta tecnología elemental. Empero, los hechos demuestran otra cosa. Datos, no opiniones. Alcanza con observar los magníficos monumentos erigidos miles de años atrás para constatarlo. Ejemplo típico: el de las tres grandes pirámides de Egipto. No se trata sólo de cómo erigir semejante estructura, sino de que, para que tras tanto tiempo sigan allí presentes, es menester que, antes de su construcción, verdaderos especialistas en suelos fueran capaces de determinar que esa zona sostendría sin dificultades semejante cantidad de cientos de toneladas sin provocar fracturas, grietas o desniveles. No pueden ser meras casualidades. Y aun si se quisiera utilizar este término -pues recordemos que "casualidad es el rótulo que damos a aquellas cosas cuyas causas ignoramos", como enseñó Pierre Simon, Marques de Laplace (1749/1827)-, la casualidad no existe. Sólo llamamos así cuando desconocemos qué provocó el suceso.

Pensemos que, en pleno siglo XVII, Isaac Newton (1643/1727) tuvo que postergar durante dos décadas su estudio de la Teoría de la Gravitación Universal debido a que no contaba con una medida del meridiano terrestre con errores inferiores al 10%.

Ocurre que este destacado investigador desconocía que el matemático, geógrafo y astrónomo griego Erastótenes (276 a. J./ 194 a. J.) ya lo había determinado con notoria exactitud 200 años antes del nacimiento de Jesús. Había determinado la longitud del meridiano en 36.690 km, es decir, con un error menor al uno por ciento. ¿Cómo es que un dato fundamental como este se hubo "extraviado" por siglos?

Los babilonios calcularon el movimiento diario de la Luna en 13º 10` 35" (Geminus) o sea, con un margen de error de un segundo. El abad T. Moreux indica que coinciden con los valores actuales, los diámetros máximo y mínimo lunares. Estos son datos que muy difícilmente puedan lograrse sin instrumentos ópticos.

El descubrimiento del telescopio, en el relato escolar, remite a comienzos del siglo XV, con Galileo Galilei sobre todo. Empero, tanto en Nínive como en otras ciudades de la Antigüedad fueron hallados lentes de aumento. Evidencias concretas de que utilizaban dichos instrumentos. Mas, en algún momento, tales técnicas dejaron de usarse. ¿Por qué? ¿O, acaso, se trató de saberes y conocimientos que estuvieron al alcance de unos pocos, que, a su vez, los transmitían a otros seleccionados? Que el pueblo no tenía acceso, está claro.

Los egipcios, unos cinco milenios atrás, también contaban con una cifra precisa de duración del año terrestre: 365,2425. Para la construcción de las pirámides utilizaron una medida específica, el "codo sagrado", equivalente a 635,660 mm. Así, sorprendentemente, explica el abate T. Moreux, si se multiplica esa cifra por diez millones se obtiene 6.356.600 metros, que es la medida real del radio polar de la Tierra. Obvio que no puede ser coincidencia.

La distancia promedio del Sol a la Tierra, calculada en la actualidad, arroja una cifra aproximada de 149.400.000 km. Si se multiplica la altura de la Gran Pirámide de Kheops por un millón, da exactamente: 148.208.000 km, distancia mucho más exacta que la utilizada hasta 1860 por los astrónomos, que creían que era de apenas 134 millones de kilómetros.