¿Qué se oculta tras los Ovnis?
Es inexplicable todo cuanto ocurre en este planeta, a partir de la aparición de la especie humana. Una especie que, por sus características, en verdad parece trasplantada, originada en un sitio ajeno a este punto azul en el Sistema Solar al que llamamos Tierra.
Profesor Antonio Las Heras (*)
alasheras@hotmail.com
www.antoniolasheras.com
Años, décadas, de investigación del fenómeno OVNI, me permiten afirmar que “ellos” siempre han estado aquí. Desde la más remota antigüedad, seguramente desde mucho antes que los primeros homínidos caminaran sobre este suelo terrestre.
Es más, coincido con el célebre investigador suizo Erich von Daniken en que, lo más probable, es que ese tan misterioso e inexplicable paso del primate al homínido y, luego, transcurridos varios millones de años, del homínido al hombre, hayan sido posibles merced a la intervención de entidades biológicas inteligentes extrahumanas que utilizan a la Tierra como laboratorio de pruebas para la manipulación de la vida en todas las formas que conozcamos o que la ficción científica pudiera proporcionarnos.
Es inexplicable todo cuanto ocurre en este planeta, a partir de la aparición de la especie humana. Una especie que, por sus características, en verdad parece trasplantada, originada en un sitio ajeno a este punto azul en el Sistema Solar al que llamamos Tierra.
Cualquier especie de las estudiadas por las ciencias biológicas cumple una serie de características. Al menos un hábitat que le es propio (suelo, subsuelo, agua, aire) y si es un depredador (como somos los humanos) tiene alguna otra especie que lo contrarresta. Nada de esto se cumple con lo humano. Vivimos en el suelo pero ambicionamos el aire; estamos seguros que la divinidad reside en el cielo. ¡Y queremos viajar hacia allá! Dónde está el Padre, el Creador.
¿Qué es ésta certeza arquetípica, para usar un término de la Psicología propuesta por el genial Carl G. Jung, de que no somos originarios de la Tierra sino que venimos del Cielo? Cualquier mito, toda leyenda, los relatos religiosos, todos nos remiten a un origen celeste. ¡No somos de aquí! El Populh Vuh afirma “soy hijo del barro pero también del cielo estrellado.” Son los semidioses que igualmente encontramos en cuanta historia antigua haya sobrevivido. ¡Hasta en el Antiguo Testamento! Los hijos del Cielo encontrando bellas a las mujeres de este planeta, las tomaron y engendraron a los gigantes.
Gigantes en tamaño y en símbolo: eran poderosos en su hacer, longevos en su existencia (se sostiene que todos superaban con holgura los cien años de edad manteniéndose fuertes, lozanos, vigorosos) y eran buenos conductores de hombres, grandes líderes. De vez en cuando, alguno de ellos desaparecían en forma repentina y la creencia es que eran conducidos al sitio original de los antepasados.
No sólo el Profeta Ezequiel fue arrebatado en un carro de fuego hacia las profundidades celestiales… Desde nuestra repentina e inexplicable aparición (al menos para la Ciencia actual que sólo puede limitarse a emitir hipótesis al respecto) depredamos sin límite y la , tampoco Dios, crearon una especie que nos impida semejantes desatinos. No es menester profundizar demasiado para comprender enseguida que no respondemos a las características de una especie nacida en forma natural. Muy extraño.
A no ser que seamos capaces de admitir que la especie humana no tiene el más mínimo punto de comunicación con las otras que conocemos, ni las que se han extinguido. Si bien es cierto que el ADN es común y que poco nos diferencia de un primate, o de una rata, también lo es que nuestra conducta y posibilidades sí nos diferencian por entero de todos lo viviente que hay aquí.
Y parecería que tan enorme diferencia no encuentra respuesta en las mínimas diferencias de la estructura genética. ¡Aquí hay algo más! Que hasta el momento no puede explicarse. ¿Qué llevó a los primates que se multiplicaban desde incontables generaciones a empezar una buena vez a convertirse en homínidos?
Es decir, primates con algunas características humanas como el prescindir de caninos prominentes para masticar distinto, erguirse en dos extremidades inferiores, tener visión de profundidad… y lo en verdad sorprendente: ¡empezar a hacer cultura! Ni que decir cuando surge el lenguaje que permite transmitir saberes, emociones, pensamientos, construir simbólicamente y referirnos a objetos inexistentes como los números.
El lenguaje que provoca el surgimiento de lo inconsciente tal como es concebido por el psicoanalista Jacques Lacan. Antropólogos y otros investigadores buscan aquel famoso “eslabón perdido” que, dicho sea de paso, nunca propuso Charles Darwin, sino que creyeron leer entre líneas sus seguidores del Siglo XX.
Ese eslabón perdido que permita conocer cómo fue, y qué fue lo que lo provocó, que un animal empezó a convertirse en lo que, finalmente, devino lo humano. Y una y otra vez, la hipótesis más convincente es que alguien intervino provocando una mutación y muchos millones de años después, notando que la evolución natural no terminaba de concretarse, volvió a actuar artificialmente y devino el homo.
Sí, para entender ese permanente (pasado, presente, futuro, común denominador de todos los tiempos y civilizaciones) “malestar en la cultura” del que se ocupó Sigmund Freud, hay que aceptar que lo que sucede es que en algún lugar muy profundo del psiquismo, o del ADN, no voy a discutir si lo uno, lo otro o ambas cosas, está el sello que en cada humano dice no es terrestre. Nuestro malestar en la cultura está provocado por el hecho de que tenemos una nostofilia (memoria de la especie) que nos hace sentir nostalgia por encontrarnos lejos del hogar original o bien porque carecemos de él y para siempre.
Tal vez no haya habido tal hogar original, ni útero materno, ni padre y madre, por algo Adan y Eva son expulsados del Paraíso, sino apenas un frío, limpio, aséptico, laboratorio donde unos alienígenas, llegados de otros sistemas solares o de otros universos, decidieron ocuparse en inventar una especie a partir de otras ya existentes en ese cuerpo que gira en torno de esa estrella de quinta categoría que, nuestros remotos astrónomos, llamaron Sol. En fin, nada raro para nosotros hoy.
Que también tenemos empresas, más o menos secretas; más o menos vinculadas a las fuerzas armadas y servicios de inteligencia de las grandes potencias o de algunas que pretender llegar a serlo pronto, ocupadas en biotecnología, creando nuevas especies o subespecies utilizando como punto inicial las que cohabitan con los humanos. Nada de qué sorprenderse.
Si lo hemos empezado a hacer nosotros, bien pueden haberlo concretado hace millones de años y nosotros convertirnos en el resultado de aquellos experimentos. Unos depredadores que, como el monstruo de Terminator (me refiero a la primera película de la saga) siente que está solo, tiene sentimientos, necesita sobrevivir en un territorio que le es hostil por no ser el suyo… Este es uno de los aspectos que se oculta tras el fenómeno OVNI. ¿Cuántos, antes que nosotros, comprendieron lo que aquí estamos refiriendo? De esto se dieron cuenta en los primeros tiempos de la Humanidad sacerdotes y hombres sabios. Los dioses vinieron del Cielo. Después se fueron.
Mientras estuvieron y convivieron fueron generosos en sus enseñanzas. Así surgieron civilizaciones cuyos restos arqueológicos sorprenden por lo maravillosos. El Marqués de Laplace, por poner un ejemplo, al tomar conocimiento que los aztecas conocían la duración del año terrestre con un error de dos diez milésimas, expresó: “Debieron obtenerlo de alguna parte.” Claro.
Alguien tuvo que informárselos. Pero quién sino aquellos que venían del Cielo. Ahora bien, tanto los sacerdotes, como los sabios, como todos quienes fueron comprendiendo esta verdad de que no somos los humanos originarios de la Tierra, decidieron mantenerlo en silencio. En cada momento y lugar por motivos diversos. Todos muy comprensibles aunque no siempre aceptables. Hoy, ya próximos a completar la primera cuarta parte del Siglo XXI, es simple afirmar que la ciudadanía tiene derecho a conocer la verdad.
Parece un axioma indiscutible. Igual admitamos que los grandes titiriteros siguen mintiéndonos, tergiversando y dando a conocer sólo aquello que les parece conveniente a sus intereses. Por lo tanto, tampoco ahora se admite que es imposible explicar el origen de lo humano sin remitirnos a manipulaciones genéticas sucedidas,al menos dos veces, en la historia natural de la Tierra. Hay otro asunto más que se esconde tras el fenómeno OVNI.
Y no es el hecho de que las autoridades (por llamar así a quienes manejan los destinos planetarios, siempre ocultos, pocas veces conocidos o mencionados sus nombres y apellidos; pues, claro, no me estoy refiriendo a los gerentes generales también llamados dirigentes políticos, gremiales, presidentes, gobernadores, sino a quienes son sus mandatarios, oculten la realidad inabolible de que algunos objetos voladores no identificados (OVNI) son en verdad vehículos extraterrestres dirigidos (VED) por que no quieren causar miedo o pánico o confusión en la población.
¡Terminemos de una buena vez con tal farsa! Si para evitar miedo, confusión o pánico fuera, no se habrían construido bombas atómicas, ni tendríamos armas biológicas, ni dejaríamos que “nuevas” enfermedades siguieran asolando al mundo entero a pesar de haber pasado ya hace años la barrera que tantas ilusiones generó del Dos Mil.
Admitir que visitantes extraterrestres nos visitan, investigan, hacen observación no participante, que seguramente aquellas civilizaciones que recorrieron estos sitios del Universo hace millones de años no son las mismas que ahora nos asombran con sus repentinas apariciones; admitir todo esto implica otro tipo de problema que no es el miedo, la confusión o el pánico. Sino la transformación de la civilización hacia una visión cósmica. La certeza de que no somos los únicos ni los primeros ni los últimos, modifica de inmediato el esquema mental de vida de cualquier persona.
El pueblo pediría más explicaciones a los gobernantes. Exigiría, es obvio, que se establezca alguna manera de comunicación. Adviértase que, en este sentido, la archipromocionada película Independence Day (Día de la Independencia) muestre esta faceta. Y, sin dudas, opta por el riesgo: la gente que entusiasta con banderas y pancartas saluda a los alienígenas es de inmediato asesinada por éstos. El mensaje resulta muy claro.
Parece ser un cartel que reza: “Si Ud. sabe que están… manténgase alejado.” Por lo usual, desde el comienzo mismo de la cinematografía sonora, los alienígenas siempre fueron presentados como enemigos que llegan a este planeta para adueñarse de este, una vez destruida la especie humana. Un planteo insostenible toda vez que si una civilización está capacitada para recorrer el Cosmos encontrará lo que necesite en tantos cuerpos celestes sin necesidad de querer destruirnos.
Los estudiosos del cine han sostenido que los filmes yanquis buscaron mostrar al extraterrestre como metáfora de la Unión Soviética, el enemigo que perseguía destruir la civilización capitalista. Es una forma de verlo. Análisis válido siempre y cuando no se tenga en cuenta una visión más amplia. Aquella que remite a tener en cuenta que durante la Segunda Guerra Mundial las fuerzas armadas y de inteligencia aliados comprobaron la existencia de OVNIs cuyo origen no podían precisar. Los atribuyeron a los nazis (aquellas armas secretas con las que amenazaba Hitler) pero terminada la contienda quedó claro que no era así.
Por eso es interesante remitirnos a la película, clásica de la ficción científica, The Thing of Another World (La Cosa de Otro Mundo) que fue estrenada en 1951, en la que el guión refiere a un alienígena cuyo vehículo espacial falla estrellándose en el Ártico, próximo a una base científica de los Estados Unidos. Es un náufrago cósmico reanimado por una equivocación humana.
El ente (La Cosa) recupera consciencia y lo primero que hace es ocuparse de su supervivencia. Se trata de un alienígena con características de vegetal, antropomorfo, que se alimenta de sangre humana. No es el enemigo que viene a destruir para apropiarse de algo de lo que carecía (o se le estaba acabando en su mundo original) sino de dos bandos (humano/extrahumano) en un ambiente hostil para ambos (el Polo Norte) y cada quien luchando por su sobrevivencia.
Sin temor a equivocarnos podemos afirmar que Hollywood siempre se ocupa de “adelantarse” a los acontecimientos. De la misma forma que la serie “24” de la Fox anticipó varios años antes que el siguiente presidente de los E.E. U.U. sería un hombre de color negro. Y ahora nos anoticia que después vendrá una mujer… De la misma manera los filmes de la Meca del Cine siempre supieron mostrar a los alienígenas como monstruos y enemigos.
Con dos excepciones muy marcadas. La primera Close Encounters of the Third Kind (Encuentros Cercanos del Tercer Tipo) y luego ET. La primera señala algo que debe tenerse muy en cuenta: Hay un acuerdo entre extraterrestres y un grupo científico/militar/inteligencia humano habiéndose establecido una forma de comunicación (colores y sonidos musicales), de manera que no son enemigos en esta oportunidad, sino que se los muestra como esos investigadores del espacio con quienes es factible dialogar y llegar a acuerdos civilizados.
Es importante recordar llegado a este punto que el asesor científico de Encuentros Cercanos… fue el recordado Dr. Joseph Allen Hynek, astrónomo y también empleado de la NASA durante años. Estas producciones cinematográficas, así como las ideas y vueltas de las fuerzas armadas estadounidenses en el Caso Roswell (muy bien exhibidas en la serie televisiva Taken) y todas las declaraciones de desprestigio tanto hacia quienes afirman haber visto OVNIs como quienes los investigan,lo que viene ocurriendo, tal como señalamos, desde la Segunda Guerra Mundial a la actualidad, tiene como único motivo hacer que la ciudadanía “mire en la dirección equivocada.”
El gran prestidigitador de mediados del Siglo XX que utilizaba el nombre artístico de Fu Man Chú explicaba a sus alumnos que “cuando se hace el truco a la gente hay que hacerla mirar en la dirección equivocada.” De esa manera ni notan que se ha hecho un engaño y en verdad tienden a suponer que se materializó un conejo vivo al toque de la varita mágica con la galera. Eso explica por supuesto la razón por la cual tanto los astronautas como los aviadores militares tienen prohibido difundir sus observaciones de VED.
Y los aviadores civiles conocen que si se hacen declaraciones al respecto se exponen a tantos exámenes psiquiátricos y psicológicos que, tal vez, no vuelvan a pilotear un avión de por vida. A partir de la carrera espacial; esto es ni bien concluida la Segunda Guerra Mundial, la información sobre OVNIs se transformó en vital para el progreso militar y económico tanto de Estados Unidos como de la Unión Soviética y, con ellos, de las naciones que no querían perder capacidad mundial de decisión como Gran Bretaña y Francia. No es, por esto, extraño que el Incidente Roswell se convirtiera en piedra angular de la presencia alienígena en la Tierra.
Lo mismo que aquella frase, dicha el 24 de junio de 1947, adviértase la proximidad de fechas con el crash Roswell, por el aviador civil Kenneth Arnold mientras volaba próximo al Monte Rainier, no lejos de Washington: “I have seen flying saucers.” Flying saucers, volcado al español como “platos voladores”. Arnold se refería a la observación de una “flotilla” de objetos que ordenadamente y en silencio surcaban la atmósfera terrestre a cierta altitud. Artefactos de origen desconocido. Poco importa si, como afirman los revisionistas de la ovnilogía, Arnold confundió nubes peculiares con artefactos desconocidos. Lo que aquí importa anotar es que, para aquellos días, las fuerzas armadas, el gobierno y el periodismo entendían que era importante prestar atención a informes de esa naturaleza.
¿Por qué? Pues, parafraseando a C. G. Jung, porque el asunto ya no era insignificante y gratuito. Estados Unidos y la Unión Soviética, siguiendo el sendero abierto por los científicos y técnicos nazis y aprovechando a la vez los conocimientos que éstos ofrecieron a cada bando según quien los hubiera arrestado o a cuál hubieran decidido entregarse, en algunos casos como el de Werner von Braun, el padre de la astronáutica moderna en general y de la yanqui en particular, quien junto a varios de sus colegas decidió negociar una fructífera rendición ante los militares estadounidenses que incluyó prototipos, archivos y hasta algunos elementos coheteriles.
Salvo alguna sugerencia que puede encontrarse a través de las numerosas páginas de El Retorno de los Brujos, de Jacques Bergier y Louis Pawells, publicado durante la asombrosa década de los años sesenta del Siglo XX, es raro encontrar algún autor o investigador que se haya ocupado en analizar cuál fue la relación de Adolf Hitler, el grupo secreto iniciático y esotérico Thule y el nazismo con presencias alienígenas.
Pero algo, o más que “algo”, fue detectado por los aliados y, tal vez, es lo más probable, también por la gente de Stalin, enhebrando cierta relación entre los acelerados progresos científicos y tecnológicos nazis y los conocimientos alienígenas. Como puede advertirse, son todos estos tópicos altamente delicados. He aquí una de las razones, y no la menor, claro está, por la cual todavía hoy muchos archivos de la Segunda Guerra Mundial permanecen vedados a los historiadores así como documentos personales de quienes guiaron la contienda seguirán inaccesibles por décadas, de acuerdo a la voluntad de sus ya fallecidos titulares.
X Files (serie aquí conocida como “Los expedientes secretos X”), la notable historia creada por Cris Carter para la cadena Fox, tanto en los capítulos de sus varias exitosas temporadas como en su primer largometraje, se permiten señalar la existencia de tal trama secreta. Muestran como tanto yanquis y sus aliados por un lado como rusos por el otro trabajan con material obtenido de productos extrahumanos y como inclusive hay un grupo por encima de los intereses nacionales que, de un modo u otro, toma las decisiones y guía los hechos. Más todavía: señala cierto tipo de pacto u acuerdo entre autoridades humanas y viajeros cósmicos.
Acuerdo que genera beneficios para ambos lados. Obvio que a partir de la investigación de restos rescatados en donde ocurrieron siniestros de vehículos extraterrestres dirigidos (VED) así como de cadáveres de entidades biológicas extrahumanas inteligentes (EBEI) ha sido posible mejorar nuestra tecnología a la vez que desarrollar progresos médicos y farmacéuticos antes sólo imaginados por los autores de ficción científica.
Es más, tómese el lector, a modo de ejemplo, el repentino salto ocurrido a poco de terminada la Segunda Guerra Mundial, claro está, que implicó el paso de las válvulas a los transitores. Así, de pronto, como surgido de la nada, se pasó de lo uno a lo otro sin intermediación. Notable, ¿eh? Pero todo pasa y se transforma. Y lo mismo ocurre en esta historia. Los Estados Unidos comienzan a tercerizar sus proyectos militares, aún los más secretos. Lo que provoca el crecimiento geométrico de las grandes empresas transnacionales.
Firmas que facturan al año más que el producto bruto de varias naciones juntas del Tercer Mundo. Enseguida no tienen más patria, ni bandera, ni otro interés que no sea el poder mismo. Ya lo hemos dicho en reiteradas ocasiones: No existe, para el ser humano, droga más adictiva que el poder. Más se tiene, más se requiere. Estas empresas son las que desde hace algunas décadas, de la presidencia de Lyndon Johnson para aquí, podríamos afirmar, se han adueñado de los secretos OVNI. A sus hangares, depósitos y laboratorios van a parar todos los datos recogidos en el mundo sobre los visitantes extraterrestres. Lo que de allí se devela significa más y mayores negocios.
Nueva tecnología para aviones de guerra y de pasajeros. Diferentes desarrollos para los vuelos tripulados y automáticos al espacio. Impensados hallazgos sobre la naturaleza más íntima de las conformaciones biológicas. Como puede apreciarse, es mucho lo que se oculta tras los OVNIs. En cada anochecer usted llega a su casa tranquilo y, tal vez, cansado por la jornada laboral. Ingresa a su hogar y le parece que todo está en orden; tanto su vecindario como el país y el mundo.
Mas es sólo una ilusión. Protegida por semejante y aparente quietud, hay quienes se ocupan de determinar cuáles son los próximos acontecimientos que despertarán a la Humanidad. Los grandes titiriteros nunca descansan. Nunca…
(*) Doctor en Psicología Social, filósofo y escritor. Magister en Psicoanálisis. Pte. Asoc. Arg. Parapsicología y de la Asoc. Junguiana Argentina

