Por Marcelo Peralta Martínez

El diario The New York Times (NYT) publicó días atrás un buen relato de la escritora canadiense Allyson McOuat que tituló “Un fantasma, la renovación de una casa y una bebé recién nacida”. Según ella es una historia real que entrelaza esos elementos en medio de su relación con otra mujer. Publicada el 30 de octubre en inglés, estas son las partes salientes del relato (traducción libre). Y que cada uno saque sus conclusiones...

¿Real o no?

El fantasma es una madre. Estoy convencida, por su comportamiento y por la historia de la casa, donde murió una madre. Nos dijeron que la casa victoriana de tres pisos se vendía como estaba, luego que la pareja que vivió siempre aquí murió trágicamente, pero no en el lugar. Eso nos dijeron y no indagamos... Somos canadienses. Mi esposa estaba fascinada con renovarla. A mí me encantaba la ubicación y el dinero ofrecido cerraba. Acababa de embarazarme y venía con todos los electrodo mésticos incluidos, así como una fantasma prejuiciosaà que se presentó meses después. Mi esposa comenzó a renovar la casa mientras me concentraba en mi panza en expansión... hasta que me pusieron en reposo en cama y pasé así la mayor parte de los 7 meses. Había que cambiar casi todo en la casa: caños cables, el piso, y todo lo hizo mi esposa. No necesitaba mi ayuda, salvo para responder preguntas que me hacía a gritos: “¿Qué hago con los crucifijos que hay en las paredes? ¿Los tiro...?”.

Di a luz a una niña perfecta. La maternidad me intoxicó: mi sola presencia la calmaba. Pero no éramos las únicas madres allí: Los fantasmas son expertos en hacerte dudar de ti misma. Te empezás a cuestionar lo que ves y oyes. Cuando la puerta del cuarto se abrió del todo mientras alimentaba a mi hija a las 3 de la madrugada, pensé que la puerta, al igual que la bebé, tenía problemas de acoplamiento. Pero sentí que alguien había entrado y movía el dedo mientras daba el biberón... De repente, la TV se apagó, como para decir: “Si no vas a amamantarla, ¿podrías al menos prestarle atención?”. Me dije que todo se debía a un mal cableado combinado con mi sueño. Meses después fue más audaz. Había decidido acostar a la nena más temprano y apagué la luz al entrar al cuarto. Pero al acostarla, la luz se volvió a encender.

Desconcertada, me acerqué al interruptor del regulador y la perilla marcaba “encendido”. Fue extraño. La apagué, pero en cuanto la nena tocó el colchón, la luz se encendió de nuevo. En vez de asustarme, me enojé. El juicio maternal de esta fantasma se había pasado de la raya. Discutía conmigo, decía que era temprano para ir a la cama. ¿Acaso no lo sabía? Bueno, llevaba 6 meses de madre. Lo sabía.

Me armé de valor y grité: “Esta bebé se va a la cama ahora”. De inmediato nos quedamos a oscuras. Grité y bajé corriendo las escaleras con la bebé hasta los brazos de mi pareja, que había oído todo. Ella me calmó los nervios, revisó el cuarto y luego me explicó que había perdido la razón. Los fantasmas no existen. Ella tenía razón. Tal vez la perilla estaba suelta o giraba sola... Una coincidencia. Al otro día mi esposa hizo averiguaciones... y con un ramo de salvia ardiente sahumé para ahuyentar espíritus malignos. Nuestra segunda hija nació tres años y medio después.

Más briosa que la primera, prefería la noche al día... igual nos habíamos acostumbrando a noches sin dormir. Una vez una pesadilla me despertó. Mientras mis ojos se ajustaban a la oscuridad, vi una forma negra flotando sobre mí, del tamaño como de una cabeza humana. Moví la mano bajo las sábanas para tocar el brazo de mi esposa dormida y susurré: “¿Sigo soñando?”. Abrió algo los ojos, luego mucho. “¡Santo Dios!”, dijo saltando y prendió la luz... Obvio no era una cabeza, sino un globo algo desinflado de la fiesta de cumpleaños de la nena en la casa aún sin limpiar... había subido desde la planta baja, recorrido el pasillo, entrando al cuarto para instalarse sobre mi cara como hacen los globos...

Con los años, las cosas se pusieron más difíciles: El dinero escaseaba. El estrés aumentó... el tiempo que pasábamos juntas se lo había tragado el trabajo interminable y las reparaciones de la casa. Apenas reparamos en los sucesos extrañosà ¿Un vaso deslizándose por una mesa? Condensación. ¿Una mecedora que se mece sola? Suelos irregulares. Ignoré muchas amenazas invisibles al pensar que no era nada malo. Teníamos todo lo que siempre quisimos, repetíamos.

Éramos felices, ¿verdad? Pero tenía la sensación de que algo había muerto. ¿Nuestro amor no era más que un globo medio desinflado? Nuestra historia de amor era sólida... ya nos reencontraríamos cuando las hijas dejaran de gatear. En cambio, mi esposa desapareció. En realidad solo se fue. Se llama “divorcio tsunami”: puedes ver una pequeña ola de problemas en la distancia, pero no crees en la magnitud hasta que ya es tarde.

La vida siguió adelante entre una nube de dolor. Las niñas crecieron. La custodia compartida empezó. A veces juraba que podía oír las botas de mi ex esposa. Con frecuencia estaba sola en una casa vacía y embrujada llena de recuerdos y preguntas... Hasta la fantasma se había dado por vencida conmigo. Los cuadros ya no se caían, las puertas no se golpeaban. Hasta que una noche, mientras veía la tele, la silla giratoria que estaba a mi lado, cargada con ropa sin doblar, empezó a girar sola. Ella había regresado... ¡y me exhortó a ordenarla!

Modern love: del papel a los sets
Existe una saga de historias que comenzaron en 2004 y que, tras pasar primero por las redes sociales y más recientemente por los podcast, pronto ocho de ellas llegarán a los set de TV y el cine, para transitar relatos supuestamente reales, todos muy interesantes. Todo comenzó con una columna que semanalmente sigue publicando el prestigioso diario The New York Times (NYT), uno de los medios más influyentes de los Estados Unidos y de trascendencia mundial, y que tiene en esa sección denominada “Modern Love”, historias que son diferentes, algunas realmente muy buenas y originales.

Entrelíneas: ciertas cital al final del texto abren un espectro de dudas
Quizás el final del relato es el que deja más dudas sobre la veracidad de situaciones paranormales entrelazadas en la vida real de la escritora Allyson McOuat, en especial porque ella misma duda de su percepción. Por eso mismo, bien vale poner atención en lo que cuenta, ya que quizá allí radique que solamente con humeante salvia no se resuelven extrañas situaciones. Leamos el final de la historia, y enfoquémonos en sus precisiones.

En el texto dice: “Nunca sabré si ella era real o si solo necesitaba que fuera real, o quizás si hablar de si los fantasmas son reales o no, no tiene sentido. La cosa es que por entonces sentí una alianza con mi fantasma. Éramos una pareja extraña de otro mundo, dos madres cuyos planes para nuestras vidas habían cambiado de manera drástica sin haberlo provocado. Tal vez nos habíamos dejado llevar por nuestras circunstancias, pero no estábamos preparadas para dejar nuestro hogar”.

Y justifica su nueva vida al explicar en la historia que “hace poco, después de enfrentar a la más aterradora de todas las fuerzas oscuras (el abogado de divorcios), apareció un cartel de ‘se vende’ en la entrada, y de dentro de la casa desaparecieron las pinturas con dedos y por fin me despedí de mi fantasma. Le agradecí por creer en mí. Seguí adelante. Ahora me encanta sentarme en mi nuevo porche delantero, alumbrada por las lucecillas en forma de estrella para ver pasar la vida. A veces mi ex esposa aparece con el rugido de su Jeep, la música a todo volumen, los niños en la parte de atrás y su prometida a su lado. Y yo sonrío, al recordar lo emocionante que fue haber sido la pasajera en su vida”, concluye la escritora, que reside en Toronto.

“Al final, todo lo que siempre quise fue que nuestra pequeña familia fuera feliz, sin importar el cómo. Si esto no es exactamente lo que imaginé, al menos podemos acostarnos en nuestros hogares separados y descansar en paz”.

M.P.M

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