Por Ricardo Filighera
@Rfilighera

A quella noche del 19 de julio de 1983 se presentaba particularmente fría en la ciudad de Buenos Aires. El viento, además, soplaba con marcada intensidad, situación que tornaba más desapacible el clima. La lluvia también empezaba a golpear la humanidad de los ocasionales caminantes. Las gotas se hacían notar, cada vez más, y generaban un rebote impensado en los pies de muchas almas inanimadas en la búsqueda, probablemente, de proyectos y sueños que habían sido olvidados a la vera del camino.

Faltaban tres meses para el retorno a la democracia y los argentinos lo vivían con enorme expectativa. El doctor Raúl Alfonsín, el candidato de la Unión Cívica Radical, se atrevía a destronar la supremacía del peronismo, en esa oportunidad liderado por el doctor Italo Luder. Alfonsín prometía reivindicar los derechos humanos, desmantelar el aparato represivo del Proceso y llevar a juicio a las juntas militares por el genocidio llevado a cabo en esos años infames.

Aquel 19 de julio de 1983 la opinión pública se iba a ver impactada por un episodio de características sangrientas y macabras: el cuádruple crimen de la familia Arata. Una importante cantidad de dinero y joyas habrían sido el motivo desencadenante de la historia. Los integrantes de la supuesta banda asesina, Jorge Alberto Assad, Juan Carlos Rossi y Jorge Rodolfo Rosas, fueron condenados a reclusión perpetua.

La crónica policial oficial da cuenta de que aquellos individuos habrían llegado a la casa de la familia Arata a las 14 de aquella jornada, en el domicilio ubicado en Puan 387, del barrio de Caballito. Allí se encontraba con una pierna enyesada el ingeniero Jorge Osvaldo Arata, de 64 años, segundo jefe de la sección Arquitectura del Ministerio de Agricultura. Lo maniataron y lo amordazaron, de la misma manera que a la empleada doméstica Rosa Lezcano (23), quien se encontraba embarazada de dos meses, producto de una supuesta relación con Assad.

De lo que se deduce hasta aquí, ¿Rosa Lezcano fue la entregadora de este episodio que se iba a tornar para ella también trágico y macabro? Seguramente es una hipótesis que se caerá por inconsistente.

Posteriormente, tres horas después, arribó al domicilio la médica Mónica Beatriz Arata (28), hija del matrimonio en cuestión. Estacionó su auto Ami 8 Elysee a pocas cuadras de la casa. Se encontraba acompañada por su amiga y colega Marcela Guasco, quien milagrosamente se salvó de la masacre.

"Acompañame hasta casa, Marcela", pidió la hija de los Arata a su amiga, a lo que esta le contestó: "Disculpame, nena, pero tengo que hacer unas compras acá cerca, voy a casa, duermo un rato y después te llamo".

Mónica agradeció: "Está bien, descansá que después te quiero hablar más detenidamente sobre ese proyecto. Quedate tranquila que después hablamos". Mónica, cirujana del Hospital Rivadavia y del Sindicato de Molineros, se dirigió entonces a su domicilio, sin prever la pesadilla de la cual, en instantes, ella también formaría parte.

Al franquear la puerta de su casa se encontró, supuestamente, con los intrusos, armas en mano, y con su padre maniatado. "Van a ser todos boleta... decinos dónde están la guita y las joyas...", le gritaron una y otra vez. Las víctimas les respondieron todas las veces que no sabían absolutamente nada.

La agonía se extendió y, a las 21, se sumó la otra protagonista de esta trágica historia: llegó Leonor Romero de Arata (62), con quien, supuestamente, Assad se ensañó de manera atroz: la torturó con electricidad y, al no tener respuesta, la estranguló. Fue la única de las víctimas que no murió quemada.

La desesperación entre los malvivientes cundió y se hizo sentir con mayor crudeza. Los minutos pasaban y la noche se tornaba con un signo cada vez más trágico para esta familia. A Jorge y a su hija Mónica, así como también a la empleada doméstica Rosa, se los introdujo dentro del Ford Taunus de los Arata. También allí trasladaron el cuerpo sin vida de Leonor. La historia oficial cuenta que Rossi condujo el vehículo secundado por Rosas; en tanto a muy corta distancia, al volante de su Ford Falcon, los seguía Assad. Interrogante: ¿cómo se introdujo a Jorge con un yeso en sus piernas en el vehículo, junto a los otros cuerpos?

Faltaba apenas una hora para la madrugada del 20 de julio. El destino del viaje fue una casa a medio demoler en Villa Sarmiento, partido de Morón, provincia de Buenos Aires. En el interior de esa tétrica vivienda los rociaron con nafta y quemaron vivos a Jorge, Mónica y Rosa, y calcinaron a la mujer estrangulada, Leonor. Se consumó, de esta manera, el horroroso sacrificio de tres personas vivas y conscientes y el cuerpo ya sin vida de la restante. Las llamas y el infierno se habían apoderado de este terrible hecho.

A la 1.30 del día 20, Assad, acompañado por Rossi, arribó a su casa en la localidad de Caseros. En ese domicilio se encontraba Sonia Sapena. Allí se habrían ubicado, posteriormente, algunas pertenencias de Mónica, la hija de los Arata.

Sonia era la esposa de José Sapena, quien junto a Asad habrían trabajado en la realización de varias obras de refacción para la familia Arata a principios de 1983, contratados supuestamente por Leonor.

La historia oficial cuenta que Assad y Sapena habrían dejado las obras, y que luego las continuarían junto a Rossi al enterarse de que la familia iba a recibir una importante cantidad de dinero en dólares.

Volviendo puntualmente al 20 de julio. Horacio Alberto Arata, al advertir la ausencia de su hermano y del resto de la familia en el domicilio de Puan 387, realizó la correspondiente denuncia policial en la comisaría 12.

Horas antes, la escena del horror se había descubierto en Morón: cuatro cadáveres calcinados. Y se llevó a cabo una investigación que habría puesto al descubierto la trama que habrían plasmado los albañiles Assad y Rosas y su cómplice Rossi, condenados a reclusión perpetua. Sin embargo, había otra historia y con el protagonismo de otros personajes, vinculados con bandas organizadas de la última dictadura militar.

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