Por Ricardo Filighera
@Rfilighera

A quel domingo 18 de julio de 1976 iba a presentar la trama de un horror nunca antes visto. Los sacerdotes Gabriel Longueville (francés, 44) y el cordobés Carlos de Dios Murias (27) se disponen a cenar en la casa de las Hermanas de San José, aquellas religiosas que colaboraban en la tarea pastoral de la parroquia El Salvador, de la ciudad de Chamical, distante 140 kilómetros hacia el sur de la capital de La Rioja. Ese domingo se presentaba ventoso y con un frío que se manifestaba cada vez con mayor intensidad.

A las 22 golpean la puerta, tres veces y con particular contundencia. Gabriel y Carlos se sorprenden al mismo tiempo que las hermanas. Carlos se levanta de la mesa y acude a ver quién es. Un hombre se identifica como oficial de la Policía de la Capital; tres hombres más, uno del lado del conductor y el restante atrás, se encontraban dentro del vehículo: un Chevrolet negro mortuorio. -Debemos hablar con usted y el padre Gabriel -inquirió el supuesto policía, alto, pelo cortísimo y profuso bigote.

Inmediatamente, Gabriel se acerca a la entrada de la casa. -¿Qué necesitan? -consultaron casi al unísono ambos religiosos. -Necesitamos que nos acompañen hasta la sede de la Policía de la Capital para identificar a unos presos, así les podemos dar la libertad. Tenemos entendido que son conocidos de ustedes -les dijo con total normalidad. Los curas vuelven al comedor y les comunican a las religiosas que deben viajar a la capital. Gabriel y Carlos iban a participar al día siguiente de un curso de teología en La Rioja capital, entonces resuelven adelantar el viaje y a quedarse a dormir en la sede del arzobispado.

Hasta ahí no se avizora la menor sospecha. Sin embargo, las monjitas querían acompañarlos. -Nosotras vamos con ustedes -dijeron las religiosas en total coincidencia. -No, para nada. Ustedes se quedan. Si nosotros igual tenemos que viajar para allá mañana. Así que vamos a resolver este tema y nos quedamos a dormir allá. Se despiden con un rápido saludo. Gabriel y Carlos caminan hasta su casa ubicada a media cuadra de la vivienda de las religiosas. Los curas preparan un bolsito con muy poca ropa. Salen y llaman a unos chicos que se encontraban en la puerta del cine parroquial. -Chicos, nosotros nos vamos a La Rioja a declarar a la policía...

-¿Pasa algo, padre?... ¿Todo bien? -pregunta uno de los pibes. -Sí... sí... todo bien -aclara el padre Gabriel e inmediatamente acota: -En caso de que no volvamos, ustedes saben que tienen que decírselo a los vecinos. A esa altura de los acontecimientos, los curitas empezaban a manifestar cierta preocupación que, probablemente, tenía que ver con un sexto sentido. Gabriel y Carlos llegaron al Chevrolet con los supuestos milicos esperándolos. Dos están afuera y los introducen en la parte trasera. Ambos juntos; del lado de cada puerta, se ubican los otros “policías”.

Gabriel y Juan ya empiezan a manifestar cierto nerviosismo. -¿Qué camino toman? -consulta Carlos ante la inmensidad de una noche que se proyecta como una verdadera boca de lobo. -Quédense tranquilos, padres... Van a tener que rezar mucho por sus vidas -acota el que conduce, ante la risotada en coro de los otros tres. Gabriel, con su inocultable acento francés, dice. -¿Adónde nos van a llevar? 

Nos han mentido. Carlos, inocentemente sorprendido, acota: -Pero ustedes no son policías. ¿Quién los mandó? Nuevamente, los secuestradores estallan en risas. Risas que se convierten en insultos y amenazas de todo tipo. Luego de un trayecto corto, el Chevrolet negro se detiene frente a una casilla bordeada por varios árboles y un pastizal altísimo.

Los curas son sacados del auto con particular encono y arrojados al piso de tierra de aquella vivienda. Les atan las manos y los pies. Aquellos tipos los levantan para convertirlos en blanco de patadas y golpes. Los gritos de Gabriel y Carlos son desgarradores. Retumban, como eco incontrolable, en la más absoluta de las soledades.

Uno de ellos, el verdugo, puntualmente, se vuelve cada vez más furioso, a punto tal de haberle destrozado las mandíbulas con un ladrillo a los indefensos curitas que sólo atinan a expresar un agónico lamento y que se extiende en la inmensidad de ese terreno. -Basta, carajo, hagamos el laburo... -dice uno de los matones.

El tercero, que no había participado hasta ese momento de la masacre, toma un arma y le dispara dos balazos a cada uno de los curitas. El blanco de los disparos son los testículos de las potenciales víctimas. Entre risas e insultos, uno de ellos dice: -Vamos al disparo de gracia. Los dan vuelta, entre un enorme charco de sangre y le disparan un tiro a cada uno en sus respectivas nucas. Los tipos se dan por satisfechos. Los envuelven, cada uno de ellos, dentro de una gran bolsa. Los dejan tirados dentro de la vivienda.

El día siguiente

Monseñor Enrique Ángel Angelelli, sumamente preocupado por la desaparición de los curas, realiza indagaciones en la policía provincial y en el Batallón de Ingeniería del Ejército. Al obispo lo carcome la incertidumbre, es consciente de que su vida también se encuentra, desde hace tiempo, en pleno peligro. Se comunica con el nuncio Pío Laghi, el cardenal Raúl Primatesta y el jefe de la orden a la que pertenecían los religiosos.

El martes

A la mañana, trabajadores del ferrocarril reparan en dos grandes bultos a la vera de las vías. Se trataba de los cuerpos de los curitas, atados y cubiertos con mantas pertenecientes al Ejército. Los cuerpos denotaban una feroz golpiza. En los bolsillos de uno de los religiosos encuentran una lista de sacerdotes en la que se encontraba, precisamente, el nombre de Angelelli. Horas más tarde, Angelelli se comunica con el Vaticano.

El 25 de julio, otro duro golpe para el obispo de La Rioja. Un grupo de encapuchados penetra en la aldea de Sanagasta para encontrar a un sacerdote al que Angelelli había aconsejado unos días antes alejarse de la zona. -Así que no está este cura hijo de puta... Ya lo vamos a encontrar -afirma uno de ellos. -Pará, pará... vayamos a la casa del otro amigo de “Satanelli” (apodo que le habían puesto a Angelelli).

Y se dirigen hacia el domicilio de un líder rural vinculado a la actividad pastoral del sacerdote. Llegan hasta la puerta y descargan una ola de disparos en la humilde vivienda. 

A las horas, el habitante de esa vivienda muere desangrado. La noche del 3 de agosto, monseñor Angelelli prefiere quedarse en el pueblo de El Chamical. Opta por no regresar aún a La Rioja. Y cena, en la casa parroquial, con su asistente, el padre Arturo Pinto. Monseñor Angelelli: -¿Escuchaste, Arturo, esos ruidos...? Pinto: -Qué extraño. Sí, me pareció escuchar. Salen los dos y observan que un auto con las luces apagadas se pone en marcha y se desliza, rápidamente, por una calle paralela. A todo esto, Angelelli va recopilando información sobre amenazas y aprietes de los últimos días en una carpeta que no abandona en ningún momento. Al día siguiente, los dos sacerdotes deciden regresar a La Rioja.

A su vez, en Buenos Aires

El jefe de la Armada, el almirante Emilio Eduardo Massera, se reúne, en la sede de la mencionada fuerza, con una alta autoridad eclesiástica. Massera: -Estamos hartos de Angelelli y también de esos curitas subversivos. Y lo peor de todo es que continúan con ese discurso antipatria dentro de las propias iglesias. Se nos acaba la paciencia. O usted los expulsa o el Ejército, ya se lo adelanto, va a tomar cartas en el asunto.

Yo se lo prevengo y le adelanto esta cuestión en honor, por sobre todo, a esa amistad que nos une desde hace tanto tiempo. Alta autoridad eclesiástica: -Quédese tranquilo, Emilio, no tenga dudas de que vamos a accionar. A nosotros también ellos nos molestan mucho. La reunión, whisky mediante, dura apenas quince minutos. Massera argumenta tener dos reuniones más. Se disculpa por el escaso tiempo con que cuenta y despide a la autoridad eclesiástica. Massera, posteriormente, recibe la bendición.

Días antes, Angelelli se había entrevistado con el jefe del III Cuerpo del Ejército, Luciano Benjamín Menéndez, para denunciar las violaciones de los derechos humanos que estaban cometiendo en su diócesis y la persecución de que era objeto el obispado riojano. -General, usted y yo somos católicos, tenemos que rezar un Padrenuestro por los perseguidos -le dijo al militar al final del infructuoso encuentro. -Yo no rezo el Padrenuestro por los subversivos porque no los considero hijos de Dios -le contestó Menéndez, sin contemplaciones. Y antes de despedirlo le advirtió: -El que se tiene que cuidar es usted.

El viaje del final

Monseñor Angelelli se sube junto a su acompañante al Fiat 1500 (patente F007968), muy gastado, de su propiedad. Pone primera y la angustia, no exenta de cierto temor que disimula, vuelve a apoderarse de su cuerpo y alma. Debajo del asiento la carpeta en la que acumula detalles y elementos del crimen de los padres Gabriel Longueville y Carlos de Dios Murias. En tanto, el presbítero Arturo Pinto ocupa el asiento vecino al de Angelelli. Aquel 4 de agosto de 1976 el frío se convierte en dueño y señor de la jornada.

Es el momento, precisamente, de una siesta reparadora. Son las tres en punto de la tarde. Desde Chamical hasta La Rioja, puntualmente, los 15 kilómetros que van desde la salida de la ruta 38 entre Punta de los Llanos hasta La Rioja, son delicadamente perfectos, como una mesa de billar. Aparece en escena un Peugeot blanco con tres ocupantes. Angelelli: -Ese auto parece que desde hace algunos minutos nos está siguiendo... Pinto: -No me fijé, padre... Parece que sí... Acelere, por favor.

El Peugeot, prácticamente, ya alcanzó al Fiat y lo embiste. El golpe es contundente, en tanto Angelelli trata de no perder la conducción  del vehículo... Pasan segundos apenas y otra enorme embestida hace zigzaguear al Fiat; arremete nuevamente el Peugeot y la contundencia, esta vez, del choque provoca que el Fiat de Angelelli ingrese en la banquina y vuelque dando una serie de tumbos durante más de 30 metros. El Peugeot se detiene a corta distancia. Salen del vehículo sus tres ocupantes.

El padre Pinto se encuentra inconsciente y en estado delicado dentro del vehículo. Angelelli fue despedido del coche y estaba en el asfalto. Lo ponen a Angelelli con los brazos abiertos, en forma de cruz. Se puede escuchar, mínimamente, el pedido de ayuda de Angelelli. Su agonía es profunda. Uno de los matones les dice a los otros dos: -Traeme la maza. Los otros dos van hasta el Peugeot y se la acercan.

El tipo la levanta con determinación y se la asesta en la cabeza de Angelelli. Los sonidos guturales que expresaba el religioso cesaron. El golpe tuvo como blanco el cráneo de Angelelli y quedó destrozado. Algunos habitantes de la zona se acercan todo lo que pueden hasta el lugar de los hechos.

Dos de los matones corren hacia ellos y les vaticinan: “Ustedes no vieron nada de esto carajo... Si llegan a decir una sola palabra son boleta... vamos, regresen a sus casas, pelotudos”. El presbítero Pinto es trasladado con vida hasta un nosocomio por un particular que pasaba por la zona. El cuerpo sin vida de Angelelli permanece más de seis horas en el lugar ante la “custodia” de alrededor de 50 policías.

Ese mismo día
El ex ministro del Interior del gobierno peronista derrocado José Deheza recordaba, a modo de testimonio, en relación al día de la muerte de Angelelli: “Esa jornada fui a ver a (Albano) Harguindeguy  para pedirle por unos compañeros peronistas. Me encontraba hablando con él cuando en un determinado momento sonó el teléfono y tras atender el llamado su cara se iluminó con una enorme sonrisa.

Colgó y me dijo: ‘El obispo Angelelli acaba de morir en un accidente de tránsito’”. Uno de los testimonios de la Conadep, años después, iba a señalar: “Durante uno de los interrogatorios, el capitán Marcó y el capitán Goenaga me dijeron que el obispo de La Rioja, Enrique Angelelli, el psiquiatra Raúl Fuentes y Alipio Paoletti iban a ser muertos a comienzos de mes. Angelelli murió, Fuentes se encuentra desaparecido y Paoletti fue buscado intensamente”.

Instalar el escenario
Todos los registros policiales del control de caminos que operaba aquel día desaparecieron. El juez que intervino en la causa, a pesar de que las ruedas del auto de Angelelli se encontraban en perfecto estado, fue obligado a escribir que “se ha comprobado el reventón de un neumático trasero”. Los militares difundieron y obligaron a todo el periodismo a definir el episodio como “accidente de tránsito”. ¿Adónde fue a parar la carpeta que llevaba Angelelli?

El destino de la documentación que Angelelli llevaba en la camioneta se conoció años después, por el testimonio del represor Peregrino Fernández ante la Comisión de Derechos Humanos de la ONU: “Uno o dos días después de ocurrido el suceso, los papeles que portaba el obispo Angelelli en el momento de su fallecimiento llegaron a la Casa de Gobierno dirigidos al ministro (del Interior, Albano) Harguindeguy, en una carpeta remitida desde la guarnición militar de Salta, con expresa indicación de que se trataba de documentación confidencial, según se consignó en un informe del portal de Infobae.

“Este hecho llamó la atención del declarante, ya que los citados papeles no fueron entregados a la causa judicial, como tampoco a los allegados de monseñor Angelelli (…) La documentación fue entregada al general Harguindeguy (…) Quiere aclarar el dicente que prestó especial atención al hecho por la forma estrictamente ‘secreta’ que se dio a la existencia de esta carpeta. Añade que no tiene conocimiento del destino posterior de la misma, puesto que el general manejaba en forma personal todos los hechos referentes a la Iglesia”, declaró.

Una vida dedicada al pueblo

Enrique Ángel Angelelli fue padre conciliar en el Concilio Vaticano II, durante el cual apoyó públicamente las posiciones renovadoras. Fue designado obispo de la diócesis de La Rioja (Dioecesis Rioiensis) el 3 de julio de 1968. Cabe señalar que la diócesis incrementó significativamente el número de sus sacerdotes y de parroquias durante su ministerio episcopal y se caracterizó por su fuerte compromiso social, formando parte del grupo de obispos que se enfrentó a la dictadura militar iniciada en la Argentina en 1976, autodenominada Proceso de Reorganización Nacional.

Cosa juzgada

La Sala IV de la Cámara Federal de Casación Penal, integrada por los jueces Mariano Hernán Borinsky, Juan Carlos Gemignani y Gustavo M. Hornos, confirmó (4 de diciembre de 2015) la condena de Luciano Benjamín Menéndez y Luis Fernando Estrella dictada por el Tribunal Oral en lo Criminal Federal de La Rioja en septiembre de 2014, mediante el rechazo de los recursos de casación interpuestos por las defensas de los nombrados.

Menéndez y Estrella fueron condenados a la pena de prisión perpetua, como autores mediatos del delito de homicidio doblemente calificado en perjuicio de monseñor Enrique Ángel Angelelli y por tentativa de homicidio calificado en perjuicio de Arturo Aído Pinto.

En el caso de Estrella también se lo condenó como organizador de asociación ilícita agravada. En el caso, se investigó el atentado sufrido por monseñor Angelelli y Arturo Aído Pinto el 4 de agosto de 1976, mientras se dirigían en un vehículo utilitario desde Chamical hacia la ciudad de La Rioja (Ruta Nacional Nº 38), con el propósito de entregar al obispado provincial documentación recopilada en el marco de la investigación que Angelelli había desarrollado, con motivo del homicidio de dos curas de su diócesis, Murias y Longueville.

En ese marco, monseñor Angelelli perdió su vida y Arturo Aído Pinto sufrió múltiples lesiones. A la fecha del acontecimiento investigado, Luciano Benjamín Menéndez se desempeñaba como jefe del Tercer Cuerpo de Ejército, a cargo de la Zona de Defensa III, de la que dependía la Subzona 31 y dentro de ella el Área 314, que abarcaba toda la provincia de La Rioja. Mientras que el vicecomodoro Luis Fernando Estrella era jefe de Escuadrón de Tropas en la Base Aérea y segundo jefe de la ciudad de Chamical.

Por R.F.

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