Convivió 12 años con el padre de sus hijos, sufriendo situaciones de violencia, hasta que logró separarse, pero él continuó hostigándola y durante un año tuvo que vivir encerrada.


“Muchas veces mis amigas de la escuela me decían ´ese chico no es para vos, mirá como te maltrata´, pero yo era como que estaba ciega. A mis padres tampoco le gustaba porque no trabajaba ni estudiaba y, además, andaba con mala yunta”,  relata Daniela Artusa.

A los 17 años Daniela se enamoró de ese joven de 22 años con quien comenzó una relación. Durante el principio del noviazgo él ya manifestaba sus celos, contestaba mal y tenía enojos impropios de una relación amorosa. Una vez hasta la empujó. Pero ella no registraba esos actos de violencia.

A los pocos meses quedó embarazada, pese a que sospechaban del comportamiento de su pareja, le dijeron que se fuera a vivir con él a la casa de sus suegros.

“En ese momento comenzaron el maltrato y los golpes. Yo me sentía muy vulnerable. Luego, empezó una pesadilla más grande. Se enojaba porque iba a la casa de mis padres y cuando volvía me metía en la ducha con agua fría, me empujaba de la cama cuando algo no le gustaba, me golpeaba la cabeza contra la mesita de luz, una vez me quiso tirar del auto y en otra oportunidad quiso hacer lo mismo, pero desde el balcón de casa. Me decía que era horrible, que no servía para nada, que nadie me iba a querer”, recuerda Daniela en una entrevista con La Nacion. Su autoestima comenzó a destruirse.

Sus padres decidieron tomar acciones legales y comenzó a intervenir la justicia. Pero cuando la citaban a declarar Daniela negaba lo que estaba estaba pasando.

Su mamá y su papá que querían que abandonara esa relación y, por el otro ella quería seguir estando con su novio. “Él me llenaba la cabeza, me decía que dijera que no era violento, que teníamos algunos problemas en la convivencia, pero nada más. Y yo repetía ese discurso”.

Una vez que nacieron los hijos, que hoy tienen 15 y 9  años, la pareja de Daniela continuó ejerciendo violencia contra ella y también contra los chicos.

“Una vez clavó los cuchillos sobre la mesa, una tarde me amenazó con un arma y varias noches en las que yo no quería tener relaciones sexuales, él me llevaba desnuda al patio a la madrugada en pleno invierno. Pero en ese momento yo no me daba cuenta de todo lo que él me estaba haciendo”.

Intentó separarse muchas veces del padre de sus hijos, pero no pudo. Una de las razones fue porque él la había obligado a renunciar a los muy buenos trabajos que ella tenía dentro de la industria farmacéutica. Cada vez que se iba de la casa, volvía con él porque no tenía la solvencia económica para poder mantener a sus hijos. 

A pesar de qie el se oponía, Daniela comenzó la facultad para estudiar Martillera Pública. Se empezó a relacionar con otra gente. “Me empecé a soltar con mis compañeros y ellos me decían que no estaba bien vivir de esa forma por lo que lentamente comencé a tomar conciencia del daño que me estaba haciendo a mí misma y a mis hijos”.

En diciembre del 2014, comenzó a pensar en una separación que debía ser definitiva. Le dijo que quería separase y al día siguiente él desapareció de la casa con los chicos. Empezó una guerra en la justicia y durante 15 días no pudo ver a sus hijos. Si bien el juzgado de menores había ordenado que debían volver con su madre, la Policía no lograba dar con sus paraderos. Ella misma  los encontró estaban en la casa de sus suegros.

“Estaba con un oficial de Policía para entregarle el oficio del juzgado y le pedí a la madre que me abriera la puerta. Como ellos se negaron, vinieron más patrulleros, yo estaba desesperada. Al rato, el padre de mis hijos abrió el portón, yo logré meterme, pero él me empezó a golpear para que no me fuera con mis hijos. Ahí empecé a gritar, la Policía tiró el portón abajo, me subieron a un auto y me llevaron a la comisaría. No pude volver al lugar dónde vivía porque era en el piso de arriba de la casa de mis suegros. Tuve que sacar a mis hijos de la escuela, me fui a vivir a la casa de una tía, renuncié a mi trabajo y permanecí encerrada durante un año. No sabía qué hacer, me sentía desamparada por la Justicia”, recuerda


Su papá le dijo que no podía seguir viviendo así y que le iba construir algo para que viva con los chicos. "Tenés que empezar una vida nueva", le dijo. Daniela tenía miedo que la mate

Sul papá utilizó los ahorros para construirles a Daniela y a sus nietos una casa ubicada en el fondo de la suya. El padre de sus hijos jamás le pasó plata y ella no podía trabajar ya que a raíz de la judicialización de la causa debía ir muy seguido al juzgado y muchas veces no tenía con quien dejar a los nenes.

Pese a las 25 denuncias que había hecho ante la Justicia, su ex seguía incumpliendo la perimetral. Entonces, Daniela decidió que lo mejor era dar a conocer su historia en los medios de comunicación para estar a salvo y cuidar a sus hijos.

Daniela conoció a Corina Fernández, una mujer cuya ex pareja fue juzgado y condenado por tentativa de femicidio, el primer caso de este tipo en la Argentina. “Corina abrió mis ojos, me sacó del pozo y me brindó herramientas que de a poquito las fui poniendo en práctica. Además, con ella comencé a trabajar mi autoestima y hoy en día lo sigo elaborando”.

Daniela cuenta que Corina, presidenta de la Asociación Civil “Hay una salida”, la atendía en forma gratuita una vez por semana y dice que fue fundamental en relación a la contención y a la manera en que la hizo reflexionar sobre lo que estaba viviendo. “La admiro mucho como mujer, como persona y como profesional porque siempre estuvo cuando la necesité”.

Además de ese vínculo que creó con Corina, Daniela comenzó a acercarse mucho a Dios. “Una vez estaba en mi habitación y le empecé a hablar como si fuera un amigo o un papá. Le dije que no tenía trabajo, que necesitaba hacer cosas para sentirme bien. Empecé a tener fe y al poco tiempo comencé a sentirme mejor, a tener alegría, a no querer estar en la cama, era como que se habían activado mis sueños. Estaba comprobando que Dios existía”, dice.


A los pocos días de ese “diálogo” con Dios, Daniela se contactó por mail con una persona que en ese momento era concejal en el partido de La Matanza (donde ella vivió toda su vida) para contarle algo de su historia y fundamentalmente le transmitió sus deseos de poder ser parte de su equipo para asesorar y ayudar a otras mujeres que sufrían violencia de género.

Tiempo después le dijo:  “La verdad es que no te conozco, pero te voy a dar una oportunidad”, le dijo.

Daniela lo tomó como una gran posibilidad para sentirse útil y volver a percibir ese dinero que tanto le hacía falta. Durante el tiempo que formó parte de ese equipo de trabajo, se ocupó de escribir proyectos de ley, asesorada por un grupo de abogados. 

“Me acuerdo que le pedí ayuda a Dios para que me inspirara a la hora de escribir esas líneas que iban a ser para beneficio de las mujeres que sufrían violencia de género. Eso me causaba mucho placer, era hermoso. Recuerdo, en especial, un proyecto que se trataba de crear salas infantiles en los juzgados y fiscalías ya que veía que cuando nos citaban ellos se quedaban afuera, desprotegidos y no había nadie que los pudiera cuidar. Y pasaban horas que no estaban comiendo ni tomando agua. Ese proyecto salió en muchos medios y me felicitaron muchas personas. Es algo que me apasiona y lo hago por amor. Mi objetivo es ayudar a estas mujeres”.

Si bien ya no tiene ese empleo, Daniela se especializa en el asesoramiento y la concientización de la violencia familiar.

Mi sueño es llegar a un lugar como diputada o senadora para poder tener los medios y las herramientas que no tengo en este momento ya que hay mucho por hacer. Pasé por tantos lugares y una de las cosas que veo es que falta conocimiento, voluntad, amor. Yo animo a las mujeres que están pasando por este tipo de situaciones a que tengan fe, que no pierdan la esperanza y que si tienen sueños que dejaron enterrados si se refugian en Dios, él va a abrir las puertas para que puedan reactivar esos deseos”, afirma.

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