Por María Helena Ripetta 
mripetta@cronica.com.ar 

"En vez de estar preso el tipo que me hizo esto, estamos presos nosotros", le decía Santi a su mamá en la habitación del Hospital Garrahan, donde está internado hace más de cuatro años, cuando un hombre abusó de él y le destrozó el intestino en 2014. Finalmente, Omar Alberto Verón fue condenado a 38 años de prisión por el ataque al nene, que entonces tenía 7 años, luego de que su hijo de 15 años lo obligara, por orden de Verón, a ir su casa en Resistencia, provincia de Chaco.

El hombre prendió la máquina de cortar pasto para tapar los gritos de dolor de la víctima. Primero obligó a su hijo a violarlo y luego lo hizo él. Desde el Garrahan, Santi declaró en cámara Gesell. Verón fue condenado como autor del delito de abuso sexual gravemente ultrajante, en concurso ideal con corrupción de menores agravada por el vínculo ascendiente, en concurso real con abuso sexual con acceso carnal agravado por el grave daño a la salud física y psíquica del sujeto pasivo y con la participación de un menor de edad.

Mirta y su marido tienen nueve hijos, seis mujeres y tres varones.

"Con la condena estamos un poco aliviados. Queremos que nuestro hijo esté bien. Poner nuestras fuerzas en que salga adelante", dijo a Crónica Mirta, que regresó a Resistencia para estar presente en el juicio. Su hija mayor, de 26 años, se quedó con Santi en el hospital. Mirta y su marido tienen nueve hijos, seis mujeres y tres varones.

"Hace un año recién empecé a volver a mi casa, no me animaba a dejar a mi hijo. Ahora hace un mes y medio que estoy acá por el juicio. Las hermanas o yo siempre estamos con él. Mi marido trabaja acá y cuida a los demás", relata la mamá. "La idea de los médicos hace unos meses era que viniera para acá a esperar el trasplante porque estaba bien, pero le agarró un virus, estuvo en terapia, después mejoró, y luego le agarró neumonía. Estuvo tres días en el Hospital Italiano, donde le estuvieron haciendo estudios, tienen que hacerle un tratamiento para que pueda crecer, sus huesos están muy débiles, tiene que reponerse para entrar a la lista de espera de trasplante de intestino. Tiene 12 años y pesa 23 kilos. Ahora está en una habitación en el Garrahan donde se maneja como en su casa. Todos lo conocen. Es muy querido", cuenta la mamá.

"Estamos luchando por él"

"Él sabe todo, nosotros hablamos todo y consultamos como familia cada paso. Cuando pasó estuvo tres semanas para decírmelo, porque este tipo lo tenía amenazado. Se aguantó. Me di cuenta de que se sentía mal, lo llevé al médico, me dieron un jarabe para parásitos, pero la pancita se le hinchó. Volvimos y le revisaron, ahí me dijeron que había sido abusado y fue necesario trasladarlo a Buenos Aires, desde entonces esta internado", recuerda Mirta y agrega: "Está mejor, digamos. Se alimenta por vena, y puede comer muy poco por boca. Es triste y feo ver a un hijo así. Estamos luchando por él. Es muy obediente, se cuida mucho, sabe qué puede comer y qué no, nos ayuda. Tiene una maestra especial desde 2016 y la misma psicóloga. Pero él hace lo que quiere, lo malcrían mucho. A veces lo tienen que pinchar y él dice vengan más tarde y le hacen caso".

"Nos cambió la vida por completo. Era nuestro vecino de toda la vida. Nos saludábamos y nada más, nuestros hijos jugaban con los de él, que tiene ocho, en la vereda. Ese día uno de los hijos del tipo lo alzó y lo llevó adentro", dice Mirta, quien prefiere no dar detalles, porque le genera mucho dolor.

"Mi hijo quiere su intestino para disfrutar de la vida como antes. Ahora está totalmente aislado, pero, como es caprichoso y no le gusta estar encerrado, les pide a los médicos salir a caminar por el hospital promete usar barbijos y guantes, y lo dejan. A mí me dice que vaya a pasear, lo único que conozco es el trayecto desde Retiro al hospital. Estamos bien ahí, pero no es como estar todos juntos, somos muy unidos. Este desgraciado ademas nos separó", sostiene.

"Le regalaron una computadora, ve todo el tiempo programas de comida. A los médicos le digo que me hablen adelante de él. Si ve que me están cuchicheando se pone peor. Que me pregunten y me diga a mí", relata la mamá. Santi no es su verdadero nombre. "A mí no me avergüenza lo que me hizo, no es mi culpa", le reclama a su mamá cuando ve que lo llaman así, pero la familia hace caso al consejo de los médicos y los abogados de mantener su identidad en reserva.

El miedo de su mamá es que con el cambio de gobierno en la provincia no los ayuden, porque necesita acondicionar la casa para que su hijo pueda regresar luego del trasplante.

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