Por Florencia Guerrero 
fguerrero@cronica.com.ar 

Según el último censo, en Quimilí habría unos 10.959 habitantes. De ese total, 3.400 tuvieron que realizarse la prueba de ADN para demostrar que no tuvieron nada que ver con la escabrosa muerte del niño de 11 años que hace cuatro años conmueve a Santiago del Estero, aunque no lo suficiente a la Justicia, donde se dilata el movimiento de la causa.

El 31 de mayo de 2016, Mario Agustín Salto salió de su casa a la hora de la siesta. Antes cargó en la bicicleta la caña de pescar y le dijo a su papá que iba a la represa, que quedaba a pocas cuadras de su casa, pero no volvió más. "Me lo arrebataron, no volví a ver a mi hijito y tampoco veo que se haga justicia, lo que le hicieron también nos mató a nosotros", explica a Crónica, desde Santiago del Estero, Mario, padre de la víctima.

Es que dos días después de su desaparición, el cuerpo del niño apareció desmembrado y oculto en varias bolsas de residuos en un descampado. Desde entonces, con el dolor por la pérdida de Marito, la familia Salto enfrenta un sinfín de inconvenientes en una causa que ha cambiado de jueces, y desde junio del año pasado tiene 11 acusados: cinco de ellos detenidos y seis excarcelados, todos procesados por la jueza Rosa Falco.

La familia del niño dice que una seguidilla de recursos terminó por dormir la causa, desde fines de noviembre pasado, en la Cámara de Apelaciones santiagueña, que debe resolverlos para avanzar. Para Mario Salto, la hipótesis más fuerte es que su hijo fue víctima de un ritual satánico, en el que "había gente del gobierno metida, por eso taparon todo. Yo soy un trabajador, hasta que mataron a Marito nunca me imaginé que en Quimilí se hacían estos ritos".

En su acusación, el fiscal Álvaro Cantos señaló a Miguel "el Brujo" Jiménez, imputado bajo el cargo de autor intelectual y mediato del crimen, mientras que Ramón Rodríguez, Daniel Sosa, Pablo Ramírez y Rodolfo Sequeira fueron considerados partícipes necesarios y también están presos.

En libertad, pero imputados como partícipes secundarios, están Ramón Enrique Ocaranza, Daniel Gastón Ocaranza, Miguel Ángel María Jiménez -hijo del presunto autor primario-, María Eugenia Montes, Gustavo Hernández y Arminda Díaz, entonces pareja del Brujo y directora y docente de una escuela.

"Siempre traté de que la causa de Marito la llevara otra provincia, temo que quede en la nada y siento que por el encubrimiento nunca voy a saber la verdad", dice el padre de la víctima, a quien recuerda como "un niño feliz, inquieto, al que le gustaban los juegos y estar en familia. Le quitaron la posibilidad de vivir. Marito necesita descansar en paz, que la Justicia se mueva, porque dicen que hacen miles de ADN, como si fuera mucho, pero no pasa nada".

Dos crimenes cruzados por ritos satánicos y fieles de San La Muerte 

El expediente por la muerte de Marito Salto, que terminó en el Juzgado de Transición N° 1 a cargo de la doctora Rosa Falco, tiene 13 cuerpos con más de 2.600 fojas y 50 perfiles genéticos. La primera autopsia sobre el cuerpo del niño determinó que había sido vejado y luego estrangulado hasta morir antes de ser degollado.

Por la presión de la familia de la víctima, un año después el escuadrón de perros de la Policía Federal trabajó en la escena en donde fue encontrado el niño, y entonces encontraron una billetera con anotaciones que hacían referencia a la víctima y un calzoncillo con sangre y un líquido.

Fueron los canes los que llevaron a los efectivos hasta Miguel Ángel Jiménez, alias “El Brujo”, pareja de Arminda Díaz, directora de una escuela de Quimilí. En el allanamiento a la casa de Jiménez, además de un altar a San La Muerte, los pesquisas encontraron en una mesa de luz una nota que se convirtió en central para la causa: “Sacrificio de Marito”, “control de la vida ritual”, “tengo su virilidad”, “San La Muerte trae la vida eterna”, “su día llegó”, “a Marito”, “su acto sexual”, “virgen”, “SU ESPÍRITU”, decía el papel.

En la Argentina se estima que los cultores de San La Muerte, un “santo” no reconocido por la Iglesia Católica, ascienden a más de 40.000, y no es el crimen de Marito Salto el único al que se los ha vinculado. El 6 de octubre de 2006 Ramón Ignacio González salió de su casa en la correntina Mercedes para ir a la escuela; sin embargo nunca llegó.

La historia siguiente parece calcada del caso del niño santiagueño: el chico de 12 años fue violado, torturado y descuartizado como ofrenda a los dioses en un rito. Una amiga de la víctima, de la misma edad, presenció y contó todo a la Justicia. Pasaron más de diez años, pero la investigación judicial desarticuló la secta criminal que cometió el crimen de Ramoncito, descubriendo truculentos detalles que incluyeron drogas, torturas y ritos sincréticos que además concilian doctrinas diferentes, como las afrobrasileñas umbanda y kimbanda, todas cada vez más extendidas en el país. La misma pesadilla parece haber vivido Marito, diez años después.

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