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Alfonsín sentenció que "con la democracia se cura, se come y se educa". Ahora sabemos que con eso no alcanza. Con Menem fuimos rubios de ojos celestes. Así aprendimos que el poder suele causar daltonismo. De la Rúa llegó prometiendo "Chau Menem", pero llamó a Cavallo y, al final, se lamentó de que "el gobernante está expuesto al negocio de la prensa amarilla". Kirchner juró: "No estamos en el negocio de la política. Estamos en la transformación de la Patria". Pero José López, cuando el juez le preguntó de dónde habían salido los billetes de los bolsos, dijo: "Es plata de la política".

Cuesta seleccionar una frase de entre la charlatanería desplegaba por Cristina en sus ocho años de reinado. Que en la Argentina hay "menos pobres que en Alemania", podría ser una. La de "la Argentina inclusiva", con 30 por ciento de empleo informal, otra.

El 22-O liberó la imaginación del presidente Macri, quien ahora invita a ingresar al "reformismo permanente", la versión cool de la "revolución permanente" de Trotsky. Su protagonista sería "la generación que va a cambiar la Historia". La de los cruzados contra las mafias, preferentemente sindicales. La que predica transparencia y competencia desde el corazón del capitalismo prebendario de la patria contratista y los pulpos multinacionales que pugnan por torcerle el brazo a la Justicia. Lo peor sería que el narcisismo de esta generación se pareciera al de la "década ganada".

Cuando la OCDE responde al pedido argentino de integrarse al bloque, señala que más allá de las buenas intenciones, "el cumplimiento de la ley se ha debilitado y la corrupción enturbia el clima de negocios".

A Cristina no le interesaba entrar a ese bloque, porque no tolera la realidad. Mauricio quiere entrar, pero choca con la herencia familiar y social. La sombra de Odebrecht, el primo que vendió IECSA de apuro, el hermano que repatrió su fortuna porque ahora "sí se puede". Cierto que mirar hacia delante es mejor que debatir sobre el pasado. Las reformas que plantea el gobierno no son patrimonio suyo, sino la agenda de políticas públicas que el país necesita. El "consenso básico" de Macri remite al Modelo Argentino de Perón. Su éxito depende de que la generación del "cambio" asuma que la pólvora ya fue inventada. El secreto está en que la mecha no se humedezca. O sea: que todo se haga "en su medida y armoniosamente".