Si a mi nota de hoy tuviera que ponerle un título, la denominaría: "Las guerras olvidadas".

Un 28 de julio de 1914 comenzaba la llamada Primera Guerra Mundial.

Porque todos sabemos del interminable conflicto incentivado por razones políticas, en Medio Oriente entre árabes y judíos, dos pueblos hermanados por idéntico origen semita.

Sin embargo, es muy reciente y aún está en nuestras retinas el terror de la guerrilla colombiana y la violenta réplica gubernamental, hoy parcialmente resueltas.

Siria e Irak también sufren el azote de la guerra, luchando contra grupos terroristas como el Estado Islámico y Al Qaeda en sus distintas versiones.

Las guerras siempre se parecen. Pero también se diferencian. Lo que las asemeja es la cantidad de muertos, de mutilados, de hogares destruidos. En ese aspecto son todas idénticas. Antes aludí a la expresión "guerras olvidadas". Porque no sólo hay conflictos en Medio Oriente.

Como ejemplo, el continente africano en el último medio siglo, ha tenido pocos años, por no decir ni uno solo, de paz total. Es decir que siempre hay alguna o varias guerras en algún país de ese continente.

El conflicto de Sudán finalizó en 2005. El régimen musulmán con sede en Jartum, su capital, desató una guerra que dejó casi dos millones de civiles muertos. ¿Motivos? Posee petróleo, yacimientos de diamantes y especialmente en el sur vive una mayoría cristiana que luchaba contra el intento del gobierno musulmán para convertirla a su convicción religiosa. Recién en 2011, los cristianos de Sudán del Sur se transformaron en un Estado al separarse del Norte.

Pero hay muchas otras guerras que hoy denominamos "olvidadas", pero no lo son sin duda para los que las viven.

No deseo que esta nota parezca una lección de historia o de geografía. Sólo quise expresar mi repudio a la violencia, esa que muchos países parece que necesitan para sentirse en paz. Y viene a mi mente un breve poema que escribí hace años. Imaginaba en él que un pájaro y una flor estaban dialogando. Eran las 8 y 14 minutos del 6 de agosto de 1945 y la conversación se desarrollaba en la ciudad japonesa de Hiroshima. El diálogo entre la flor y la avecilla. Y se realizaba un minuto antes de que un avión norteamericano, "una fortaleza volante", arrojara la primera bomba atómica, con más de 300 mil víctimas entre muertos y heridos. Este era el diálogo en forma de poema: - "¡Cómo envidio tu fragancia!". Dijo el pájaro a la flor. - "¡Pero yo envidio tu vuelo!". Gentil, la flor contestó. Y el hombre, con su arrogancia, falto de aroma y color, sin poder dejar el suelo, flor y pájaro mató.

Las guerras necesitan adherentes. Y para lograrlos, hay que crearles o fabricarles carencias o maldad en el otro bando. Porque azuzar el odio encuentra más adherentes que predicar el amor.

Es que la turba no tiene opiniones. Tiene impulsos. Tengamos fe en que la humanidad terminará suprimiendo las guerras. Incluso una guerra justa daña más que una paz injusta. Porque de las guerras nadie regresa como partió, ya que hasta los sentimientos quedan distorsionados. En ellas, la crueldad es casi un deber. Y la prueba irrefutable de lo trágico de todo conflicto bélico queda reflejada en este aforismo final: "Muchos cantan cuando van a la guerra. Pero ninguno cuando regresa".