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Anochecía aquel domingo 23 de octubre de 2011, con la certeza de que Ella sería reelegida. El 54 por ciento, la guinda del postre K, en versión cristinista. Aquella noche se festejó la reelección de la viuda de Néstor, que debutaría ejerciendo un poder del que carecía en vida de su esposo.

El Hotel Intercontinental, lugar del festejo oficial del FpV, estuvo casi desierto hasta las 9, cuando empezaron a llegar jóvenes trajeados con perfil de funcionarios o futuros ceos.

Acreditado allí por la revista “Democracia”, entendí que ellos eran los muchachos de Amado, el último “golden boy”, llegado a escena veinte años después del menemismo. Rápido de reflejos, carismático y fachero, Amado era el tipo que cualquier chica periférica, como Cristina Fernández 40 años atrás, habría deseado conocer en La Plata.

Pero, aquella noche, los psicologismos se deshacían ante el vicepresidente joven y patriota que había recuperado los fondos previsionales. Su proverbial manejo del dinero ayudaría a sobrellevar la ausencia de Néstor. Y era elegante, con la dosis adecuada de informalidad para el modelo nac&pop.

La última tanda de trajeados llegó rodeando al triunfal Amado y a Agustina, como una pareja glam invitada a la fiesta de sus amigos peronios. Pero ¿dónde estaban los peronistas? Me crucé en la escalera con el diputado Recalde. Hugo (Moyano) está con una gripe terrible, no fue ni a votar a Mar del Plata”, explicó el diputado, eximido por las circunstancias de dar una respuesta menos anecdótica.

Aparte de la gripe de Moyano, frente al hotel no había trabajadores. Ni un cartel sindical. Sólo “los pibes de la liberación”, La Cámpora y el clientelismo militante. Adentro, los muchachos de Puerto Madero daban la tónica institucional al festejo. La apoteosis se reservó para la llegada de Ella.

“Hoy es una noche rara para mí, porque son muchos sentimientos que se entremezclan y es muy difícil, casi imposible definirlos”, dijo Cristina.

Lo “raro” de aquella noche fue la ausencia del peronismo. Y el engendro que lo sustituía, del que Ella quizás no fuera entonces del todo consciente: Máximo y sus amigos; el coro de homenaje permanente a Néstor para la épica despedida del que había sido etiquetado como “el último peronista”; los progre emigrados de la Alianza; los aplaudidores con y sin contrato; soja, obra pública, negocio inmobiliario y timba. El “peronismo del Siglo XXI” soñado por Aníbal. Aquella noche pusieron la semilla del “cambio” que germinaría cuatro años después.