Por Jorge Cicuttin
@jorgecicu

"Te doy tres días para que encuentres trabajo. ¿Qué querés hacer?".

"Quiero hacer lo que hacés vos, pero escribiendo".

Esta charla ocurrió entre un padre y su hijo que estaba por cumplir 15 años y quería abandonar los estudios. El padre, Carmelo Di Sandro, era entonces fotógrafo de la Casa de Gobierno, y así interpelaba a su hijo, llamado Roberto.

Corría el año 1946, y el adolescente Roberto Di Sandro ingresaba en la agencia nacional de noticias que se había inaugurado un año atrás. Se llamaba Telenoticiosa Americana, Télam.

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"Entré como aspirante a reportero. Llevaba papeles, hacía más de cadete que de periodista. A veces me mandaban a realizar alguna nota, que repetía cuatro, cinco y hasta diez veces, hasta que me daban el visto bueno". Por esos días, era un 8 de octubre, cumplía años el general Perón. Le pedí a mi padre que me llevara a saludarlo. Yo todavía no estaba acreditado en Casa de Gobierno pero mi viejo me hizo ir y pudo verlo. "'Pibe, estudiá y leé mucho. El periodismo es muy bueno, pero nunca mientas', recuerdo que me dijo". Esto lo escribió Di Sandro en su libro "A mí no me lo contaron", editado por el Grupo Crónica.

El 29 de octubre de 1947 ingresó como periodista acreditado a la Casa de Gobierno. Y allí sigue. Son 72 años, un récord mundial. Y es nuestro, es de Crónica.

Las que siguen son algunas de sus cientos, miles de historias que vivió con los distintos presidentes que pasaron por la Casa Rosada en los últimos 72 años y que están recopiladas en su libro.

Perón, al Colón

Di Sandro cubrió, el 24 de febrero de 1947, el acto de encuentro de todos los sectores de la CGT en el Teatro Colón, convocados por el entonces presidente Juan Domingo Perón. "La sala estaba repleta, tanto que se puso un micrófono en la Avenida 9 de Julio para escuchar los discursos de Perón y Evita. Las manos reventaron en aplausos mientras resonaba una frase que quedó en la historia: 'Perón al Colón'". Un grito desde el Paraíso apuntó directo al General para decir. "Sos grande, Juancito". La sala se conmovió. "Los aplausos dieron rienda suelta al humor de los laburantes que levantaron los brazos con fervor y Perón se los retribuyó".

El bombardeo del 55

El 16 de junio de 1955 comenzaba a gestarse el derrocamiento de Perón con un cruento bombardeo sobre la Casa de Gobierno y la Plaza de Mayo. "Jamás lo olvidaré. Junto a Enrique Almonacid, Sila Aulio Almonacid y Guillermo Napp salvamos la vida de casualidad. El bombardeo arrasó parte de la Casa Rosada (...) De pronto, se oyó el ruido de motores aéreos. Logramos subir la escalera que se recuesta sobre la Sala de Periodistas. Una bomba cayó sobre la claraboya que cubre el techo y la violencia hizo que, en medio de las corridas, todo el mundo quedara cuerpo a tierra. El impacto destruyó una cocina que estaba en frente de la sala. Allí murió un cafetero. Aplastado".

"Permanecimos en un sótano hasta las cinco y media de la tarde. Un escape de gas impulsó al coronel Golu a exclamar: 'Los que quieran salir, salgan, no hay nada garantizado' (...) Al salir, el horror. Un trolebús había sido alcanzado por una bomba. Allí se veían, calcinados, los cuerpos de numerosos niños, hombres y mujeres. 'Han venido a bombardear a la gente inocente', había alertado el presidente Perón".

Los fusilamientos

El 9 de junio de 1956 la dictadura de Aramburu fusiló a militares y a civiles peronistas. Di Sandro tuvo que cubrir un enfrentamiento armado en la Escuela de Mecánica del Ejército. "Cuando bajamos con otros cronistas del jeep que nos llevaba, de detrás de un árbol surgió un civil con una ametralladora en las manos. '¿Quiénes son?'", requirió con voz altisonante. "Casi al unísono contestamos: 'Periodistas'. El hombre, con los ojos desorbitados, generó más temor: '¿Peronistas?'. No hubo respuestas. Con el dedo en el gatillo gritó: 'Les doy un minuto para correr'. Yo salí volando por Combate de los Pozos. De cualquier manera, la información no se perdió. Llegué al diario y conté todo".

Borges cantó la Marcha

A finales de los años 60, cuando ya se hablaba del posible regreso de Perón de su exilio, incluso Isabelita había llegado al país, como enviada. Di Sandro participó de un almuerzo en la Sociedad de Distribuidores de Diarios, al que fue invitado para hablar Jorge Luis Borges.

"En medio del almuerzo alguien se acercó a Borges y le murmuró al oído algo que luego exteriorizó. 'Me dicen que en la calle hay manifestaciones de gente cantando la Marcha Peronista', sentenció mientras observaba a los comensales. '¿Y ahora qué puedo hacer? Tengo que irme e Isabelita está muy cerca de donde vivo... ¿Cómo hago para pasar?', dijo el gran escritor. Siguió: 'Si paso por allí me van a decir de todo, me van a silbar'. Todo el mundo se quedó mudo por un instante, pero en seguida se lo respaldó con un 'vaya tranquilo que no le va a pasar nada'. En ese instante surgió lo insólito, lo inimaginable. Jorge Luis Borges comenzó a cantar la Marcha Peronista. El asombro corrió toda la mesa y lo más impactante es que conocía la letra perfectamente (...) Una manifestación lo atrapó en la calle. Nadie dijo nada contra él, pero igual Borges siguió cantando la marcha mientras caminaba a su domicilio".

La desaparición de Illia

"Arturo Illia tenía una costumbre fuera de lo común. Le gustaba salir de la Casa Rosada y caminar por los alrededores de la Plaza de Mayo. Una mañana fueron a su dormitorio a despertarlo y no lo encontraron. Todas las fuerzas de seguridad se movilizaron (...) De pronto, alguien dijo: 'Parece que está rondando la Catedral'. Las corridas de todos los integrantes de la custodia y funcionarios fueron impresionantes. También nosotros, que los seguimos a toda marcha. Lo encontraron: estaba hablando en la escalinata de la Catedral metropolitana con un mendigo (...) Illia le preguntó al hombre, vestido casi con harapos, qué le andaba ocurriendo. Después de la sorpresa, el indigente le contestó cuál era su problema. Illia solicitó los datos y ordenó que se le solucionara el inconveniente. Después, lógico, las sugerencias de custodios, policía y hasta de los granaderos de que evitara salir solo a recorrer las calles de Buenos Aires. La respuesta fue directa: 'Soy el Presidente y me gusta conversar con la gente. Mejor lo hago solo'.

"Ese mismo día, Illia previamente había ido hacia el lado de Paseo Colón donde se encuentra el edificio del entonces Ministerio de Guerra. Allí, mientras se internaba por los espacios prohibidos, recibió la orden de uno de los soldados para que se detuviera. 'Soy el Presidente', dijo Illia con toda calma. El conscripto de guardia mantuvo su arma en alto hasta escuchar una voz que desde atrás le gritó: '¡Baje el arma, es el Presidente!' (...) Illia se limitó a decir: 'Quédese tranquilo soldado, usted ha cumplido con su deber'".

La muerte de Perón

El 1° de julio de 1974 muere Juan Domingo Perón, en ejercicio su tercer período presidencial. "Un colega de Telam impactó con verdadera emoción al escribir esta frase: 'Hasta las paredes lloraron en la Casa de Gobierno por la muerte del General'. Así fue. En la Sala de Periodistas el grupo de profesionales tenía el rostro desencajado. Se podía estar o no a favor de esos tiempos, pero todo el mundo quedó silencioso en un instante histórico. Mi llanto desconsolado (lo digo con todo orgullo) y el de otros que fueron desfilando en ese momento por la Casa Rosada dieron la pauta de la desazón que producía la desaparición de una de las figuras señeras de la política nacional en el pasado, el presente y el futuro".

Alfonsín atajó un penal

Durante el gobierno de Raúl Alfonsín, Di Sandro y otros periodistas acreditados en la Casa Rosada fueron invitados a la Quinta de Olivos a comer un asado. Antes, organizaron un "picado" de fútbol.

"Yo oficié de réferi. No había arcos, sino montoncitos de ropa. En un momento del partido cobré penal. 'Aquí atajo yo', se escuchó. Fue el presidente Alfonsín quien anunció eso. Y llegó Mario Brodersohn, entonces secretario de Hacienda, y dijo: 'Pateo yo'. Ante una gran expectativa y la mirada de todos, Alfonsín se ubicó en el medio de los montoncitos de ropa que oficiaban de postes del arco y entonces di el pitazo para que se pateara. Se observaron. Pateó Brodersohn y, ante la mirada general, Alfonsín se tiró en palomita hacia un costado y detuvo el penal. Los aplausos coronaron el espectacular instante. Don Raúl, con una amplia sonrisa en sus labios, remató: '¿Qué me dicen?'".

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