Por Florencia Golender
@flopa01

Como todos los años en los que se celebran elecciones, el texto y el discurso político pueden dividirse en tres etapas: antes, durante y después de la campaña. Para renovar el Congreso Nacional se escucharon dirigentes medidos y reciclados al principio, voraces y oportunistas en plena carrera por una banca y, luego de las urnas, algo más auténticos.

En los primeros meses de 2017, cuando todo era incertidumbre respecto a quiénes encabezarían las boletas, los dirigentes oficialistas y opositores eligieron sus palabras con notorio cuidado. Los gobernantes, adeptos a la neutralidad del discurso y al cuidado de las formas, continuaron por esa línea (la misma que les valió el triunfo en 2015) casi todo el año.

Los ex gobernantes, entusiastas del debate político picante y propensos a la ironía, intentaron bajar el tono en busca de recuperar votos. Tras comprender (aún no aprehender) la dura lección de dos años atrás sobre la importancia de las formas y los modos a la hora de exponer ideas, optaron por otros recursos discursivos más agradables al oído de indecisos, aunque algo insulsos para su parte del electorado.

Fieles a su naturaleza, a pesar de estar entrenados y en alerta por el nivel de exposición, representantes de todos los partidos dejaron frases memorables y algunos exabruptos. Sea por el contexto en el que fueron mencionadas o por la fuerza del impacto favorable o negativo que causaron en los ciudadanos.

Vale, entonces, repasar las más destacadas de las figuras políticas, incluidos dirigentes sindicales y religiosos, como el Papa Francisco cuya influencia en este escenario es ineludible. En todos los casos, las textuales formaron parte de la estrategia comunicacional de cada vertiente, aunque, por supuesto, hubo algunos desvíos.

En octubre, ya con el resultado de la elección y el pasar de los días, ganadores y perdedores se sacaron de a poco el filtro (bozal para algunos) de la campaña. Sin el peso de las urnas, en la etapa final del año se los pudo ver y escuchar con mayor nitidez y claridad. Fue entonces y es ahora cuando los políticos demuestran qué tan ancha puede ser su propia grieta: la que existe entre sus palabras de la realidad.