Por Luciano Bugner 
@lucianobugner 

Adriana Garnier sonríe. La sonrisa se le completó a un mes de cumplir los 41 años, cuando se enteró que es hija de desaparecidos. A su mamá se la llevaron detenida cuando cursaba el octavo mes de embarazo. Tenía 23 años. “Volvía de la panadería y la chuparon. Muy de cobardes”, lanza.

Sus abuelos, los libros, la historia, Abuelas, hizo que conociera cada detalle de sus padres biológicos. “Mi papá se entregó a los dos meses para que nos liberen. Dio la vida por nosotras”, agrega. Pasaron cuatro décadas y la vida le dejó una enseñanza: “el odio no nos lleva a ningún lado”. “¿Qué número soy?”, fue lo primero que preguntó Adriana cuando en Abuelas de Plaza de Mayo le confirmaron que es hija de desaparecidos. “126”, le respondieron.

Desde aquel día pasaron apenas dos semanas, por eso ella todavía sigue siendo la protagonista de un cuento. Cuento con final feliz, pero con un inicio trágico. Su madre, Violeta Graciela Ortolani, fue secuestrada el 14 de diciembre de 1976. Su papá, Edgardo Garnier, se entregó el 8 de febrero de 1977.

“Lo hizo por amor. Quería que nos liberen”, le cuenta a Crónica. Su “liberación” llegó unos meses después, cuando sus padres adoptivos (taxista él, modista ella) se comunicaron con un comisario, a quien le pagaron por su adopción. “Creyeron que yo era un bebé abandonado en una iglesia. Este policía truchó los papeles. Se enteraron que era hija de desaparecidos cuando tenía veinte años”, agrega Adriana, quien para Año Nuevo viajará a Entre Ríos a pasar las fiestas con su abuela paterna, Blanca Díaz de Garnier.

“Fue surrealista conocerla”, dice haciendo alusión al pasado 9 de diciembre, cuando viajó a Concepción del Uruguay, para tener el primer contacto con la mujer de 86 años. Las primeras dudas la tuvo desde muy chiquita. Tenía cinco años y su contraste en el color de la tez con su “madre de corazón” hicieron nacer las preguntas.

Cuando tenía 13, se acuerda de los cuestionamientos sobre el embarazo. “Se ponía nerviosa. Nunca me mostró una foto de su panza”, comenta. Su documento, cuya fecha de nacimiento indica el 27 de enero de 1977, indica que nació en Wilde, pero toda su vida vivió en Capital Federal.

“Primero teníamos la casa en Parque Patricios. Después fuimos a Monserrat”. Todas esas incertidumbres fueron tomando forma a lo largo de su vida, para culminar en 2014, más precisamente en su cumpleaños número 37. “Con el regalo me dejó una carta: ‘Muchas felicidades te desea tu mamá Alicia’. Ahí me pregunté el porqué aclara su nombre”, rememora ante este medio.

A los pocos meses falleció su madre y empezó una nueva etapa en su vida. La hermana de su padre adoptivo le contó la verdad. “No les guardo bronca ni rencor. Les debo un abrazo”, sigue. La confirmación desde Abuelas llegó tres años después del primer estudio. Primero dio negativo. Después llegó la alegría. “Hay 1.500 millones de veces de compatibilidad con la familia Garnier-Ortonali”, fueron las palabras de la Conadi. Hoy Adriana es 1.500 veces más feliz que hace un mes, cuando la sonrisa aún no estaba completa.