El límite del método Sturzenegger: las críticas que dejó el traspié de la Ley de Tierras
El rechazo al capítulo de tierras expuso los límites de la estrategia del ministro de Desregulación. En la Casa Rosada hubo pases de factura, pero Milei mantiene su respaldo.
Hay una paradoja en el centro del Gobierno de Javier Milei. El método que convirtió a Federico Sturzenegger en su reformista estrella es, hoy, su mayor dolor de cabeza.
Su fórmula siempre fue la misma: juntar decenas de cambios en un solo paquete y mandarlos al Congreso de una vez. Así nacieron la Ley Bases y el DNU 70. Mientras la política lo acompañó, funcionó. Pero la caída del capítulo de tierras dejó algo a la vista: esa ambición, antes celebrada, empezó a jugar en contra.
El ministro de Desregulación quiso avanzar con todo junto una vez más. Y esta vez el Congreso le marcó el límite.
El método que lo hizo fuerte
La estrategia de Sturzenegger tiene una lógica clara. Si se juntan muchas reformas en un mismo texto, los que están en contra tienen que pelear en varios frentes a la vez. Mientras discuten un punto, otros diez avanzan. Cuanto más grande el paquete, más difícil frenarlo entero.
Esa fórmula le dio resultados. Con la Ley Bases, el Gobierno logró en su primer año un puñado de reformas de fondo, aunque tuviera que resignar algunas por el camino. El DNU 70, que derogó decenas de normas de un saque, siguió la misma idea. El costo de perder un capítulo se compensaba con todo lo que sí pasaba.
Pero el método tiene un punto débil, y esta vez quedó expuesto. Cuando uno de esos capítulos toca un nervio sensible -y la venta de tierras a extranjeros lo tocó-, arrastra al resto. El proyecto de propiedad privada llegó al Senado cargado de temas polémicos juntos. Alcanzó con que uno prendiera la mecha para que se complicara todo.
El combo que lo hundió
El capítulo de tierras no cayó solo. Se llevó puestos otros dos que el Gobierno quería aprobar: la reforma de la Ley de Manejo del Fuego y la eliminación del registro de barrios populares. Los tres terminaron afuera. Del proyecto original quedó una versión mucho más flaca.
¿Por qué se cayó? Por una suma de factores que se dieron todos juntos. Varios gobernadores aliados se bajaron para no pagar el costo de habilitar la venta de tierras en sus provincias. Hubo movilización en la calle. Y el Gobierno ya venía perdiendo la discusión en las redes, donde el reclamo por la soberanía pegó fuerte. A esa presión se sumó una ola de figuras públicas: artistas como Lali Espósito, Fito Páez y Tini Stoessel, entre muchos otros, se manifestaron en contra con la consigna "La patria no se vende".
El clima terminó de jugar en contra. Tras el triunfo de la Selección ante Inglaterra en el Mundial, la bandera por Malvinas y el reclamo de soberanía quedaron en primer plano. En ese contexto, vender tierras a extranjeros se volvió un argumento imposible de defender. Hasta un jugador de la Selección, Lisandro Martínez, se sumó al rechazo. Y en el Senado, la propia Victoria Villarruel se plantó en contra.
Y como si fuera poco, esa misma semana Sturzenegger acumuló otro traspié. Un decreto de su autoría para desregular el servicio de practicaje en los puertos generó tal conflicto que paralizó la operación de más de 140 buques. El Gobierno tuvo que dar marcha atrás. Dos golpes en pocos días, los dos con su firma.
La interna que quedó al descubierto
Con la derrota consumada, en el Gobierno empezaron los pases de factura. El reproche de fondo fue siempre el mismo: el proyecto lo redactó Sturzenegger y no pasó por ningún filtro político antes de llegar al Congreso. "Lo validó mano a mano con Milei", repetían en la Casa Rosada, molestos porque el texto llegó al recinto sin que la mesa política midiera el costo, según consignaron diferentes medios.
La respuesta de Karina Milei fue ordenar. La secretaria general de la Presidencia reforzó un esquema en el que todos los proyectos deben pasar primero por el despacho del jefe de Gabinete, Diego Santilli, y por los hermanos Martín y "Lule" Menem. El objetivo es simple: que ninguna reforma vuelva a complicar los acuerdos con los gobernadores de acá a las elecciones.
En el medio quedó Patricia Bullrich. La jefa del bloque libertario en el Senado fue la que dio la cara: juntó a los 44 senadores propios y aliados y negoció retirar el capítulo de tierras para salvar el resto del proyecto. Aun así, parte de la interna terminó apuntándola a ella, en una relación con Sturzenegger que ya venía tensa desde hacía tiempo.
Y ahí aparece la paradoja que sostiene toda la escena: muchos señalan a Sturzenegger, pero casi nadie lo dice en voz alta. Milei lo banca, y ese respaldo funciona como escudo. "Por lo bajo te dicen que lo quieren tirar por la ventana, pero nadie se anima", graficó el diputado Oscar Zago. El ministro, mientras tanto, sigue firme.
La defensa del ministro y lo que viene
Sturzenegger no se movió de su libreto. Se tomó la derrota con calma y defendió el capítulo caído como una elección "entre el miedo y la prosperidad". Puso ejemplos: el acuerdo minero que cerró San Juan y los cambios a la Ley de Glaciares, resistidos en su momento y que hoy -según su lectura- dejan inversión. Con esa misma lógica, sostuvo que abrir la venta de tierras habría traído prosperidad a todo el país.
Su argumento tiene una base real: buena parte de las reformas que impulsó fueron primero rechazadas y después toleradas. El problema es otro. Esta vez el rechazo no vino solo de la oposición, sino de sus propios aliados y de un clima social que el Gobierno no supo leer a tiempo.
Por eso la caída de la Ley de Tierras es más que un capítulo perdido. Marca el momento en que el método de meter todo en un solo paquete dejó de rendir. El propio Gobierno lo entendió: por ahora frenó los paquetes de desregulación y decidió no insistir con las tierras.
Sturzenegger, sin embargo, sigue de pie y con el respaldo del Presidente intacto. Ya prepara una nueva tanda de reformas. La pregunta que quedó abierta en el oficialismo no es si va a seguir, sino si podrá seguir haciéndolo a su manera.

