El fútbol está lleno de momentos en los que los propios hinchas quisieran hacer todo lo posible, incluso entrar a la cancha, para salvar a su equipo del descenso o para hacer que una jugada de último minuto los saque campeones. Entre las cosas que los hinchas sí pueden hacer para que la suerte esté del lado de su equipo son las famosas cábalas o "las costumbres", como dice el doctor Carlos Salvador Bilardo.

Pero las cábalas pueden transformarse en algo terrible y rozar los límites de la moralidad y “fair play” (sí a todos se nos viene a la mente el bidón de Bilardo). Si de acciones cuestionables hablamos, un relato viral de Twitter contó cómo un joven hizo algo terrible para que su amigo termine definitivamente su relación con su novia, ya que ella "mufaba" los partidos.

El tuit viral alcanzó los 58 mil me gusta y los 7800 retuits en esa red social. Además, provocó cientos de comentarios a favor del gran relato del usuario Fede Rodríguez (@federodr), a quien compararon con Roberto Fontanarrosa o con su "discípulo" Eduardo Sacheri.

"Mi mejor amigo está destruido. Ayer, su novia de toda la vida se casó con otro. Habían salido desde los 16 y estuvieron más de diez años juntos. Hace dos, cortaron. Lo que mi amigo no sabe es que se separaron por culpa mía. Y por algo que hice a propósito", comenzó Rodríguez en su cuento futbolero que fue aplaudido por miles de usuarios en la web.

Rodríguez contó en este relato las insólitas cosas que un hincha estaría dispuesto a hacer para que su equipo salga campeón del torneo local. Pese a que se trata de un cuento de ficción, el relato se hizo viral porque es totalmente verosímil. Y sí, la realidad supera la ficción. ¡Aplausos para el autor!

El relato del usuario Fede Rodríguez que se hizo viral

No me enorgullezco, pero con el diario del lunes es fácil opinar. Si él hubiera sabido lo que descubrí de ella, supongo que habría hecho lo mismo. Pero, ¿para qué contárselo? ¿Hay que decir la verdad siempre, a cualquier costo?

Una tarde fuimos a tomar una cerveza con Lucas. Dimos un par de vueltas en torno a temas intrascendentes y de golpe largó: —Ana me pidió un tiempo. Me lo dijo sin mirarme, como avergonzado, con los ojos fijos en su cerveza y pasando el dedo por la transpiración del vaso.

Me pareció haber escuchado mal. —¿Ana? —Ana, boludo, quién va a ser. Me quedé de piedra. Era difícil imaginarlos separados: parecía que ya venían así de fábrica, como los Barros Schelotto o Mau y Ricky.

Busqué alejar los fantasmas de un tercero en discordia. Le dije que la cercanía de los 30 traía crisis jodidas y que era normal que ella pudiera tener dudas. Hizo un gesto vago, no sé si para aprobar mi reflexión o considerarla una poronga, y decidí que era mejor cambiar de tema.

—El sábado podrías volver a la cancha con nosotros, entonces. —Meh —contestó, sin mucho interés—. ¿Vos querés que meta la cabeza adentro del horno? —Dale. Como antes, a alentar con Pachi y conmigo. Hace mil que no venís. Sabía que esa acusación siempre lo hacía calentar.

—No seas pelotudo, fui hace poco y perdimos 3 a 0. —El equipo es un asco, pero en una de esas ganamos. Hay que bancar. Alzó los hombros, apático. Eso me recordó algo que escuché una vez, y se lo comenté. —Dicen que, cuando estás triste posta, hasta tu equipo te chupa un huevo.

Lucas había empezado a salir con Ana en septiembre de 2009 y, a los dos meses, descendimos después de 60 años. Él siempre dijo –espero que más en joda que en serio- que haber estado enamorado lo salvó de suicidarse por culpa de lo que llamaba «esos once hijos de mil putas».

Para nuestra generación era impensable volver a la B. No éramos Boca o River, pero salimos campeones varias veces y peleábamos los primeros puestos. Por eso creímos que ascenderíamos al año siguiente, y no que pasaríamos una década sufriendo hasta con un combinado de PAMI.

A Lucas, la verdad, lo veíamos mal. Fumaba mucho y se tomaba un vino casi todos los días. Había dejado de hacer chistes, estaba más flaco y cada tanto perdía su mirada en cualquier punto fijo. Para que nos escuchara teníamos que chasquearle los dedos frente a sus ojos.

—Lo que no entiendo —nos decía a veces, de la nada, y se apretaba la sien, como si eso lo ayudara a comprender—. Es por qué. Si hasta ayer estaba todo bien, ¿qué cambió? —Yo creo… —arrancó Pachi y, conociendo su sensibilidad, temí lo peor— que se debe estar cogiendo a otro.

Volvimos a la cancha los tres por primera vez en muchísimo tiempo. El equipo estaba en plena remontada: cuatro partidos sin perder. Desde las tribunas se palpaba un despertar futbolístico. Un mes atrás veníamos tan mal que por poco festejábamos los laterales ofensivos.

Lucas estaba en el tablón de abajo: me le trepé encima cuando metimos el primero, y casi me lo transo cuando hicimos el segundo. Cuando lo pusieron 1-2 empecé a sufrir. Y cuando vi, por encima de su hombro, que después de dos meses le llegaba un mensaje de Ana, también.

Era corto, directo. —Te extraño. Cuando levanté la cabeza, los rivales tiraron un centro asqueroso, nuestro arquero salió como el culo y un forro de mierda la clavó en el ángulo. 2 a 2 sobre la hora. Todos nos fuimos con cara de orto, menos Lucas, que no hablaba y sonreía.

En el bondi lo pinché. —¿Novedades de Ana? —Nada —empezó a mentir, pero se frenó—. Hoy me mandó un mensaje, bah. Va y viene, está indecisa, no sé. —¿No aprovechaste para coger con alguna otra? —preguntó Pachi, que tenía el tacto de una hoja de lija grano 80.

No ahondamos más en el asunto. Bajamos del colectivo y cada uno encaró a su casa. Yo me fui pensando que, pese a todo, llevábamos seis sin perder y estábamos novenos. Lucas se fue pensando en Ana. Pachi se fue pensando en si habría sobrado alguna milanesa en la heladera.

Varios días después, los noticieros remarcaron nuestra racha: nueve partidos invictos, cinco victorias, cuatro empates. Si ganábamos el viernes, nos poníamos sextos. Eso me arruinó el día: el primer paso para que se corte una buena racha es que la mencionen en un noticiero.

A lo de Pachi llevé la misma ropa interior que había usado los últimos dos meses cada vez que jugábamos, porque el equipo nos empezaba a ilusionar y no era cosa de andar especulando con si las cábalas eran al pedo o no.

Cábalas… Mentiría si dijese que les doy mucha importancia. Y mentiría si afirmara que no. ¿Cómo puede influir en el rendimiento del Real Madrid que alguno de los 180 millones de hinchas que tiene en el mundo cuelgue mal un cuadrito, por ejemplo? Y, ante la duda, mejor torcerlo.

La cuestión es que jugamos pésimo todo el primer tiempo y nos fuimos al descanso perdiendo 1 a 0. Lucas no se enteró: estuvo los 45 minutos mirando el celular y sonriendo, lobotomizado. Parecía haberse enterado que ganó el Quini en el medio de un velorio.

En su mundo, sacó un cable de su mochila y preguntó: —Pachi, ¿tenés un enchufe? —No, boludo, soy menonita. —Dale. Se me queda sin batería. Pachi señaló desganado a una de las paredes. Me paré y elongué un poco. Me acerqué a Lucas y vi que sí, hablaba con Ana, obvio.

No lo pudimos remontar. Volvimos a jugar como en las peores épocas. Jugadores daltónicos, erráticos, con problemas de motricidad fina, torpes, desganados, apáticos, mercenarios conchudos. Encima, el quinto ganó y se nos alejó la ilusión de trepar a los puestos de ascenso.

El día de la primavera fuimos a mamarnos a un bar. Lucas estaba un poco apagado, incómodo. Hasta que lo dijo. —Se terminó, amigos. Cortamos con Ana. Es definitivo. —¿Qué pasó? —preguntó Pachi, que ojalá la hubiera cortado ahí— Debe estar garchando con medio mundo, ¿no?

El otro contestó en piloto automático. —No sé. Últimamente venía todo bien. Pero el otro día me tiró que yo le había puesto un like a una mina, que era amiga de ella, medio modelito, qué se yo… Estaba desquiciada. Yo ni me di cuenta. ¿Puedo ser tan bol...?

Fuimos a su casa a ayudarlo a embalar chucherías de su ahora ex relación. Quería deshacerse de todo: según él, no tenía rencor, pero tampoco ganas de recordar por asalto. En un momento tomó un sobre, sacó la invitación que había dentro y me la tiró, con una sonrisa. —¿Te suena?

Me reí. Era una tarjeta que me habían pedido para su compromiso. Las caras de Ana y Lucas se mostraban felices, encastradas con photoshop rudimentario en los cuerpos de dos esculturales guardavidas de la costa este de Estados Unidos. —Ja. Ahora edito un poco mejor.

Los días que siguieron fueron felices. Clima primaveral, vino en las plazas. Volvimos a tener 16 años, a ser solteros, aunque ahora con canas, panza y dolor de ciático. Y lo mejor: quedaban pocas fechas y teníamos muchas posibilidades de volver a Primera, al fin y para siempre.

En nuestro veranito, no obstante, cada tanto aparecían algunos nubarrones. Y coincidían con las sonrisas de Lucas y los mensajitos intermitentes de Ana. Al parecer, no era tan definitivo. Increíblemente, fue Pachi el que me hizo notar algo que cambiaría el curso de las cosas.

—Pachi, ¿dónde puedo cargar el celu? —preguntó Lucas en un entretiempo. —Ahí —contestó el otro—. Ojo que la última vez que lo cargaste perdimos. —Callate... La otra vez empatamos y no lo cargué. —Estábamos en la cancha, ¿dónde lo ibas a cargar? ¿En el culo del juez de línea?

Esa situación tan al pasar, en apariencia tan intrascendente, me trastocó la cabeza. Empecé a hacer memoria. Repasé datos en Google, estadísticas, fechas, incidencias de los partidos. No fallaba: cada vez que Ana revoloteaba cerca, se nos escapaban puntos decisivos.

No quería creerlo, no quería que el sesgo de las cábalas nublara mi razón, pero ¿qué otra explicación había? «Si no me ponía a salir con Ana dos meses antes del descenso, me mataba». ¡Dos meses antes! ¿Cómo nunca me había dado cuenta? Me sentí un pelotudo colosal.

Recobré la tranquilidad transitoria el domingo: ganamos 1 a 0 de puro ojete y quedamos a un triunfo de ascender por primera vez en diez años –el mismo tiempo que habían salido Ana y Lucas, pensé-. La euforia, el milagro, el llanto de felicidad estaban a tres puntos de distancia.

La semana previa a esa final fue un suplicio. Forcé juntadas con Lucas y Pachi todos los días, para que ninguno –especialmente Lucas- tuviera tiempo de hacer boludeces. Si ganábamos, era la gloria. Pero si perdíamos, los de abajo nos podían pasar y dejarnos sin un choto.

El viernes a la noche tembló todo. Lucas mandó un WhatsApp al grupo: «Mañana ceno con Ana. Parece que volvemos», y algunas caritas felices. El imbécil de Pachi contestó con un emoji de aplausos, un fueguito y una berenjena. Yo, directamente, lo llamé. —¿Estás loco, boludo?

Creo que ni entendió lo que le dije. No podía ver ni escuchar más allá de su propia felicidad. —No seas pajero —insistí—. ¿La noche anterior al partido? Vas a estar nervioso. No se te va a parar. Haceme caso, juntate después de la final. —Ni loco, papá. Esperé esto todo el año.

El sábado estuve muy alterado. Recordé mi infancia, las idas a la cancha con mi viejo. Las épocas de gloria, las vueltas olímpicas. Y la última década… Jugando en canchas de mierda, incubando un cáncer por partido cada vez que esos once muertos nos enfermaban la sangre.

Pensé en Ana. En sus años con Lucas, coincidentes con nuestra malaria… Y supe que tenía que actuar. Faltaba un día para el partido. Había tiempo. Anoté un número de mi agenda de contactos y salí al kiosco. Después me pasé todo el día frente a la compu.

A la una de la mañana me llamó Lucas. Lloraba. Se lo escuchaba detonado y borracho. Hasta que por fin lograba tragarlos, se ahogaba con sus propios mocos. Apenas se le entendía. —No sé qué pasó. No sé qué pasó. ¡Venía todo bien, te juro que yo no era! ¡No era yo, ese no era yo!

Por fin me contó. En plena cena, a ella le llegó un mensaje. Temblando, le mostró la pantalla: un número desconocido le enviaba una foto de Lucas besando en el cuello a la mejor amiga de Ana. Le gritó que era un sorete y le garantizó que no se lo iba a perdonar nunca en la vida.

Me costó mucho calmarlo. Le recordé que el día siguiente iba a ser histórico para el equipo del que éramos hinchas desde pibes, y lo convencí de que viniera a ver la final. Mientras hablaba con él, recorrí la casa. Eliminé el proyecto de Photoshop y tiré un chip en el inodoro.

En cuanto a lo que pasó el domingo… Todavía no puedo hablar de ese 5 a 1 en contra sin que se me llenen los ojos de lágrimas. Se me hace una pelota en la garganta cuando lo hurgo. Fue abrumador, aplastante, irremontable. A los 20 minutos el asunto estaba definido.

Como en una película de terror interminable, los que venían atrás ganaron, nos pasaron en la tabla y nos dejaron sin ascenso ni un carajo. «Tenías razón –me dijo un Lucas sin alma-. Cuando estás triste en serio, lo que pasa con tu equipo te chupa un huevo».

La temporada siguiente volvimos a deambular en la mitad de la tabla. De Ana no supimos más nada, hasta ayer: una amiga en común la etiquetó en una foto en la puerta de un Registro Civil, mostrando una libreta roja, con una sonrisa enorme y el pelo cubierto de granos de arroz.

Federico Rodríguez se define en su cuenta de Twitter como escritor, productor y "riquelmista" que siempre sube relatos y crónicas a sus redes sociales.

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