Sin amparo ni protección alguna, no tienen otra opción que entregarse al pánico, al temor latente de que corran serio sus vidas. Por está razón, presos del miedo, viven encerrados entre las cuatro paredes del hogar, en el cual encontraron refugio para escapar de quienes los mantienen bajo amenaza por diferentes razones. Todas de ellas vinculadas a una violencia que la justicia no sabe parar.

En la ciudad de La Plata, Juan Pablo “Papupa” Córdoba es sinónimo de terror por sus diferentes andanzas delictivas, sea en su rol de barra brava, o como líder de los barrios más peligrosos, o en su faceta de capo narco. Aunque en su caso, Azucena no entiende por cuáles causas es protagonista, junto a su familia, de un infierno aterrador.

Sin imaginar las consecuencias, aceptó una vivienda por parte de la mamá de “Papupa”, quien “me dio la casa en ese momento para ayudarme porque estaba en situación se calle con cuatro hijos. También lo hacía para mostrar que eran solidarios, y no lo que la gente dice”, detalló la víctima. Sin embargo, en febrero pasado el supuesto afán benéfico de los Córdoba se desenmascaró, cuando el narco le juró a Azucena que la echaría del inmueble. Al respecto, la damnificada relató que un día vino con dos más y pateó la puerta y me dijo vos te vas de acá, mientras me apuntaba con un arma. Él me recriminaba que no lo habíamos defendido en un enfrentamiento con otro bando, por algo que a mí no me involucraba”.

El día que los criminales le quemaron la casa

Finalmente, el 7 de junio pasado, Julio Juárez, secuaz del clan, incendió la vivienda en la que residía la familia. Por lo tanto, debieron alquilar un lugar lejano, pero por las dudas, jamás atravesaron la puerta hacia la calle. En este sentido, la mujer confesó que “no podemos ir a una plaza, ni tampoco mis hijos a la escuela o yo salir a trabajar”. Sin embargo, los vecinos advirtieron de quién escapaba ella, su esposo, y sus cuatro hijos, y alertaron al dueño del domicilio. En consecuencia, este les exigió que se vayan de la residencia, y quedarán en situación de calle. Por si fuera poco, Juárez está detenido, con la firme posibilidad de recuperar su libertad y “matar a la vieja esa”, como reconoció la víctima.

A escondidas, con las puertas y ventanas cerradas, pasa sus días quien fue “ultrajada psicológica y físicamente” por su pareja, durante más de dos décadas. Un contexto violento, demencial y cruel por el que ella misma reconoce que “perdí mi esencia de mujer”, como asimismo la seguridad de brindar su identidad sin temer represalias. Pero prefiere no confiarle su nombre a Crónica, porque luego de sufrir golpes, violaciones y descalificaciones aberrantes, el agresor la hostiga, no cumple con los acuerdos económicos, dispuestos por el Juzgado N° 5 de Familia, de Mar del Plata, y por ende, sobrelleva el encierro sin los servicios básicos y con la firme posibilidad de perder su vida.

“Me empezó a pegar porque no le daba plata para drogarse. Hasta me obligaba a tener relaciones”, el crudo relato de Victoria.

La misma sensación atormenta a Victoria, puesto que su ex pareja, Sergio Barros, prometió “matarla” o “prender fuego tu casa, con toda tu familia dentro”. Justamente la misma vivienda en la que cumplía un arresto domiciliario por robo, y de la que se fugó hace un mes. Durante el cumplimiento de la condena, Victoria reveló que “me empezó a pegar porque no le daba plata para drogarse. Hasta me obligaba a tener relaciones”. Por estos macabros antecedentes, y por las amenazas, la joven le exigió al titular del Juzgado 2 de Quilmes, Federico Merlini, su inmediata detención.

Un pedido que acentuó la ira de Barros, y de su familia, quienes juraron que “no van a parar hasta lastimarme y a mi familia también”. Por si fuera poco, cada madrugada, el agresor la llama a su teléfono en cincuenta ocasiones, y le envía fotos empuñando un arma de furgo. Es por ello que la víctima aseguró que “no puedo salir a ningún lado porque el me dijo que va a andar cerca de mí, y vivo con miedo”.

Por su parte, Soledad se mudó hace tres años, luego que a su ex pareja, José María De Andrea, sea detenido por desobediencia y amenazas, por apuntarle con un revólver a la cabeza, en la vía pública. No obstante, el arresto no fue un alivio, sino que profundizó el drama de la mujer, dado que los amigos y familiares del acusado comenzaron a intimidarla. Por dicha razón, vendió su inmueble, y escapó de la zona. Sin embargo, la distancia no es garantía, y también, como las mencionadas víctimas anteriormente, decidió encerrarse en su casa, con el miedo de que “pueda pasar lo mismo antes porque él no va a cambiar, dado que se siente impune, y yo pensando en cualquier momento me mata”.

En Guernica, Joel y su familia conviven con el andar violento y demente de un menor de edad, que no solo les roba a sus vecinos, en forma constante, sino que los ataca sin motivo alguno. Uno de los más damnificados es el joven, quien reside al lado de su agresor, el cual le aseguró que lo echará de la casa y se quedará con ella. El delincuente se profugó de su domicilio para evadir a la policía y se escondió en propiedades vecinas. A pesar que fue arrestado el último viernes, por su edad, recibió la liberación a las pocas horas, y Joel clama por protección a él y su esposa e hijos.

Por M. R.

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