Muchas son las historias de quienes, en algún momento dado en su vida, se cruzaron con fantasmas, pero no todas tienen un tinte especial, una "sustancia X" que la hace única. En este caso, son seis los elementos que se combinaron para lograr una de las historias más fascinantes del mundo paralelo o paranormal, vaya a saberse. Un cementerio, un taxista, una chica, una noche, iglesias y un reloj de oro consiguieron unirse en un tiempo determinado para crear de forma impactante un relato que no es una simple leyenda más.

Todo comenzó hace años, en una noche fría y oscura, en el barrio porteño de la Chacarita. Alrededor de la una de la madrugada, un taxista estaba por culminar su jornada y enfilaba rumbo a casa, mientras transitaba por desoladas calles linderas al necrosario, sin que se visualizara un alma. Al pasar por la entrada del cementerio del Oeste, para todos " Chacarita", el más grande de Buenos Aires, una joven le hizo señas para tomar un viaje, pero el tachero se sentía cansado y decidió seguir camino.

Sin embargo, segundos después recordó a su sobrina de 17 años, que tres años atrás había sido violada, asesinada, y repensó en voz alta: "Pobre chica, no la puedo dejar ahí expuesta a no sé qué miserable..." Entonces retrocedió y se arrimó hasta la chica, que tendría entre unos 18 y 19 años.

El chofer, al ver su rostro mientras estaba en la vereda, percibió un hilo frío que le recorrió el cuerpo y lo sobresaltó, pero no le dio importancia y la chica se subió al auto, como cualquier pasajero. Aquella joven tenía un rostro angelical, inspiraba pureza, de piel blanca pálida, facciones finas, ojos muy grandes y azules, cabellos sumamente largos y un cuerpo delgado. Y lo más llamativo, en la visión del taxista, era que su cara parecía transmitir tristeza, que vestía un vestido blanco de encaje y de su cuello colgaba un relicario bellísimo, que era un reloj de oro, de época.

El taxista, atento a la aparente tristeza de la muchacha le preguntó el destino, y ella respondió que la llevara a visitar siete iglesias de Buenos Aires, sin especificar alguna en especial, sino que él mismo las eligiera. El tachero escuchó que su voz era suave, aunque sonaba angustiada, y con un timbre muy extraño, que le provocó sensaciones de miedo y misterio. Igual acató el pedido. Así, la llevó a siete iglesias diferentes, y mientras el taxista esperaba, y el reloj del taxímetro sumaba minutos, ella permanecía alrededor de tres minutos en cada uno de los templos y, cuando regresaba, su rostro mostraba una expresión de serenidad, aunque sus ojos irradiaban infinito dolor.

Extraño pago y pedido

Una vez que el taxista la llevó hasta la última iglesia, la chica se decidió a hablar: "Discúlpeme si he abusado mucho de su bondad. mi nombre es Alicia; no tengo dinero para pagarle ahora. Sin embargo le dejaré este relicario de oro (e inmediatamente se lo quitó del cuello) ¿Y podría hacerme un último favor? Diríjase a la Colonia Jazmines, allí vive mi padre, entréguele mi relicario y pídale que le pague su servicio" .

Sorprendido aún por esas palabras, el chofer escuchó otra vez a Alicia, quien con esa extraña voz y mirándolo, agregó: "Dígale que lo quiero mucho y que no se olvide de mí... Ahora, ¿Me podría dejar en donde me recogió por favor?".

Desorientado, algo confundido pero aceptando de hecho el pedido, y sin preguntar, el taxista regresó hasta enfrente del cementerio, donde Alicia se bajó. Como todo pago, se quedó con un relicario de oro, que ella le entregó y que debía llevar (en otro momento) hasta la casa del padre de esa extraña joven, para intercambiarlo por el costo del largo viaje.

De regreso a casa, el conductor se sintió mareado, con dolores muy fuertes de cabeza y su cuerpo comenzó a arder de la fiebre que, minuto a minuto, invadía su cuerpo. Ya en su domicilio su esposa lo atendió y cuidó por tres días, tiempo que tardó en mejorar de ese repentino malestar que lo mantuvo el mayor tiempo entredormido. Empero, al despertar y sentirse recuperado, el hombre comenzó a ir rememorando qué había sucedido en aquella última jornada laboral, y lo inquietó sobremanera el viaje de la chica. Hasta que se acordó del relicario y reloj que la joven le había dado. Aún acostado miró la mesita de luz, y allí estaba, intacto, pero con un peculiar detalle del que no se había percatado: el relicario lucía sucio de tierra. Sin darle importancia, se levantó casi repuesto, lo tomó y se subió a su taxi rumbo a la dirección que la chica le había dado. En realidad, no tenía intención alguna de cobrar el viaje, sino de aclarar en su cabeza que era todo aquello que había vivido aquella noche.

Al llegar a la dirección indicada, notó que se trataba de una casa grande, de estilo colonial y vieja. Al tocar el timbre, un hombre de edad avanzada le abrió la puerta. Tenía aspecto de extranjero, alto y con los mismos ojos grandes y azules que Alicia, incluso ese tinte de tristeza que los asemejaba. El chofer explicó: "Disculpe señor, pero vengo de parte de su hija Alicia; ella días atrás tomó mi taxi y me pidió que la llevara a visitar siete iglesias y así lo hice. Como no tenía dinero me dejó su relicario, como prenda para que usted me pague".

Esas palabras y al ver el reloj, hizo que ese hombre rompiera en un llanto incontrolable. Sin esperar hizo pasar al chofer y enseguida le mostró un retrato. Allí estaba Alicia, igualita a como lucía aquella noche que la llevó de ronda. "Ella es Alicia...", dijo el tachero, y relató su extraño periplo, mientras el rostro del padre se entristecía aún más. Luego le respondió: "No puede ser, noches atrás ella cumplió siete años de fallecida. Murió en un accidente automovilístico y el relicario fue enterrado con ella y el mismo vestido". Así, mientras el hombre no paraba de llorar y le pedía perdón a su hija por no realizarle una misa en su entierro, el taxista amplió su mensaje: "Señor yo la vi, yo hablé y conviví con ella, y me dijo que lo amaba mucho y que no se olvidara de ella".

El papá de aquella joven que decidió saludar desde el más allá a su ser más querido, recompensó generosamente al taxista por el noble gesto de llevar a su hija a aquellas iglesias y acercarse a entregarle el relicario. Quizá la mejor prueba del amor que Alicia, en otro plano, seguía sintiendo por su progenitor.

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