Por Jorge Fernández Gentile
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VIVORATÁ, Provincia de Buenos Aires (Enviado especial). Muy cerca del kilómetro 359 de la Autovía 2 “Juan Manuel Fangio”, a pasos de la localidad bonaerense de Vivoratá, y apenas a 41,5 kilómetros de Mar del Plata, sobre la margen derecha aparece un monte de tupidos y añosos árboles, que con el solo acompañamiento de aves de diferentes colores, muestran una tranquera y, hacia la derecha, a unos cien metros, los restos de lo que alguna vez resultó una floreciente iglesia, y que en la actualidad son un cúmulo de paredes ajadas por el tiempo, junto a escombros y altos yuyos que no impiden ver el sitio.

A pocos metros, la tranquera marca que está ubicada en una propiedad privada, que corresponde a la Estancia La Micaela. Una historia de amor entrelazada con misterios y varios interrogantes sin resolver. Hasta allí se llegó el Grupo de investigación Dogma (dogmaargentina. com.ar) que, junto a Crónica Fenómenos Paranormales, repasaron el lugar y su historia.

Un sitio con historia

A fines del Siglo XIX, Vivoratá era un prqueño poblado donde había varios vecinos que, con espíritu agrícola-ganadero, llegaban desde el viejo mundo con la intención de ir poblando lo que era una zona con mucho campo por explotar y poca gente en la región. Por entonces, entre los primeros pobladores se encontraban a los prominentes vecinos Martín de Arenaza, José Iparraguirre, Tomás Sáchero, Francisco Nuñez, Antonio Urquiza y Eustaquio Aristizábal, entre otros.

Como todo sitio existe un origen y muchas veces, no son los que uno generalmente puede presuponer. En lo que se refiere estríctamente a la historia de esta iglesia es muy particular, dado que, entre otras cosas, es uno de los pocos templos que no lleva el nombre de una santa o santo, y tampoco hace cita a vírgenes o personalidades religiosas. Es que el nombre de la iglesia es, justamente, el de Eustaquio Aristizábal, un próspero comerciante llegado de Navarra, España, que en 1895 decidió comprar el establecimiento y le puso el nombre de su joven mujer, Micaela.

En homenaje al esposo

Casi inmediatamente que se construye el casco de la estancia Micaela, hasta que, en 1906, Eustaquio fallece. Por eso mismo, por orden de doña Micaela Urbistondo de Aristizábal, la esposa del patrón, poco después se construyó la iglesia que lleva el nombre de Eustaquio y que así le dio al poblado el primer templo católico que funcionó en Vivoratá. El mismo se inauguró el 22 de enero de 1911.

Junto a la iglesia, también se construye un edificio anexo parroquial y una escuela, además de los nichos con el panteón familiar, ubicados en el sótano del predio de no más de una manzana de extensión. La mujer, que con el correr de los años y gracias al bienestar conseguido, siguió con su tarea benefactora, poco después donó en Coronel Vidal, las instalaciones del colegio San Miguel y del Hospital, que también lleva el nombre de su esposo.

Muerte y ocaso

Lamentablemente, con la desaparición de doña Micaela, la iglesia fue perdiendo la atención requerida al quedar librada a su suerte, que se selló cuando una serie de inundaciones anegaron la zona. De todas maneras, tanto los restos de Eustaquio como de Micaela, que yacían en aquel inundado sótano que funcionaba como nichos de un necrosario del templo, fueron rescatados a tiempo y recibieron el descanso final en el cementerio de Coronel Vidal.

¿Hechos misteriosos?

Se cuenta que, allá por la década de los años ´60, algunos lugareños de Vivoratá entrados en años indicaban que por entonces se decía que, con la muerte de su mentora Micaela y de Estaquio, los moradores de la iglesia y de la escuela, mientras estuvieron en funcionamiento, solían por las noches escuchar voces y gritos desconocidos. Sin embargo, esa historia no pudo ser refrendada hoy. Y solo queda en una enigmática anécdota.

¿Qué se ve hoy?

Poco y nada ha quedado de la bella edificación que mandó construir Micaela. Apenas paredes corroidas por el tiempo, techos semiderrumbados y sí las columnas que aún sostienen la estructura, pero que incluso pasa prácticamente inadvertida por los miles de automóviles que recorren la ruta camino a Mar del Plata. Ya en el lugar, a través de un dron, se pudo recorrer el sitio por dentro, constatándose que no hay mucho que rescatar, y poco y nada que comprobar. Aunque, como en todo sitio que alguna vez fue sagrado y hoy está en ruinas, siempre queda la posibilidad de que el misterio se mantenga vivo entre lo que queda de sus raídas paredes.

Suntuosa para la época

Son escasos los datos que existen en la actualidad de lo que se vivió en aquellos años de principios del Siglo XX en la por entonces creciente Vivoratá, un poblado que era apenas eso, camino a otra ciudad que sí comenzaba a tomar vuelo propio, como era Mar del Plata. Por entonces, el asfaltado era una aspiración para pocos.

Aún así, la viuda Micaela Urbistondo de Aristizabal, empujada por su fe cristiana tras la desaparición de su amado esposo Eustaquio, no dudó un instante en hacer edificar una iglesia que, una vez terminada, lucía muy bella para la época, a pesar de no tener grandes dimensiones. Eso sí, contaba con todo lo que necesita un templo para funcionar, incluyendo un establecimiento escolar. Micaela no debió imaginar, cuando ordenó la construcción, que esa zona era baja, y que tras su muerte, una serie de inundaciones fue horadando las paredes y los cimientos, pero lo peor sucedería en los nichos ubicados en el sótano, que fue ganado por el agua. Eso hizo que la construcción