Factores de riesgo como la diabetes, la hipertensión arterial, el colesterol elevado y otros problemas que afectan a la salud general, están estrechamente relacionados con esa disfunción sexual, y es imposible no tenerlos en cuenta si se quiere tratar la cuestión seriamente. Por tanto, la disfunción eréctil no es sólo un padecimiento por sí mismo, sino que en un elevado número de casos es un síntoma de una enfermedad crónica o asintomática subyacente.

El encubridor

La consulta médica especializada por disfunción eréctil puede constituir una buena pista para la detección de una enfermedad que el paciente no sospecha que tiene. La Organización Mundial de la Salud (OMS) define a la disfunción eréctil como una enfermedad de clase III, perteneciente al mismo grupo que la artritis reumatoidea y con el mismo rango de severidad y discapacidad que la angina de pecho.

Apenas dos décadas atrás, cuando la disfunción eréctil -caracterizada por entonces bajo el equívoco término de “impotencia”- era tenida como un dilema sin solución y mantenida en el ocultamiento, un grupo de pioneros inició el camino de ofrecer una solución eficaz y responsable del problema, a nivel médico pero también para demoler los mitos y tabúes existentes sobre el tema.

Sin embargo, luego de múltiples interacciones y trabajos en conjunto entre centros médicos de diferentes nacionalidades, en los que se brindó una atención personalizada y confidencial, con un seguimiento y acompañamiento médico, además de tratamientos farmacológicos personalizados, se les da a los pacientes una mejor recuperación.

Tratamientos

Así, según los últimos estudios de referencia -realizados sobre más de 1.700 varones, publicados en la revista médica The Journal of Urology-, por ejemplo, la Terapia de Ondas de Choque extracorpó- reas permite el tratamiento exitoso y sin efectos secundarios del 80 por ciento de los casos de disfunción eréctil de origen vascular, y el 60 por ciento de los pacientes tratados con ella puede tener relaciones sexuales sin necesidad de medicación.

Todo esto se pudo lograr través de una verdadera alianza internacional entre centros de salud a nivel mundial para el tratamiento de las disfunciones sexuales masculinas, y se ha llegado a derribar mitos y tabúes para que una cifra superior a 1.200.000 pacientes hayan podido acceder a lo largo de veinte años a las mejores alternativas médicas personalizadas para gozar de una vida sexual plena, en el marco de la mayor confidencialidad y con el mayor respaldo científico y profesional.

En el país, los especialistas de Boston Medical Group (BMG) han llevado la delantera en este tipo de tratamientos, como parte de ese conglomerado de institutos internacionales que estudian en conjunto la problemática.

Estadísticas

  1. Las disfunciones sexuales afectan a hombres de todas las edades, aunque la media de los pacientes es de 56 años. Las pautas a considerar son: 1 Uno de cada cinco hombres no alcanza una erección plena.
  2.  El 36% tarda más de tres años en recibir tratamiento. Y más de la mitad pasa al menos un año sin tratarse, por vergüenza y miedo a consultar. 
  3. En el 90% de casos hay factores orgánicos o físicos, a partir del sistema cardiovascular, por diabetes, hipertensión o abuso de alcohol, drogas o tabaco.
  4.  El 10% refiere causas psicológicas, relacionadas con hechos de ansiedad o estrés.
  5. El 40% de los pacientes son fumadores y la nicotina genera un efecto nocivo para alcanzar una erección ya que altera la circulación sanguínea.
  6. El 66% de hombres de entre 36 y 45 años con disfunción consume alcohol moderadamente (y elevan los valores si son compulsivos)
  7. El 27% de los hombres adictos a la cocaína tiene complicaciones para lograr una erección ya que la cocaína reduce el flujo sanguíneo.
  8. El 50% de los diabéticos padece disfunciones tras el diagnóstico. Este número aumenta con la edad, llegando a un 95% de los pacientes diabéticos con 70 años.
  9. A los 40 años, hay una pérdida anual del 1 al 2% de testosterona y al llegar a los 70 la reducción puede superar el 30%. Ese descenso baja la libido o anula el deseo sexual.