Evita. Aclamada y querida por los más desprotegidos.
Por Jorge Cicuttin
@jorgecicu

Quien en ese momento era Eva María Ibarguren, llegó a los 15 años a la ciudad de Buenos Aires -en el año 1935-, siendo una jovencita con el deseo de convertirse en actriz. Quince años después ya era Evita, la abanderada de los humildes, la líder de los descamisados, la jefa espiritual de la Nación.

En 1952 murió considerada una "santa" por millones de personas a las que les cambió la vida. ¿Cómo se construyó, en tan poco tiempo, el pensamiento y accionar político de una de las mujeres más importantes de la historia argentina? Un repaso por esos años junto a Juan Domingo Perón puede dar algunas respuestas.

Evita llega en 1935 a la gran ciudad. Una época en la que el país vivía una gran migración interna, del campo a la ciudad. Esos migrantes "no europeos" que despectivamente la clase dominante urbana llamaba "cabecitas negras". Políticamente, era la llamada Década Infame, un sistema fraudulento de votación dominado por los conservadores. Esto desembocó en el golpe militar de junio de 1943.

La joven Eva se choca con ese mundo de desprecio a la clase trabajadora, hacia el pobre, sufre la indiferencia del poderoso. Deambulando por pensiones baratas hasta que en 1942 logra comprarse una vivienda, conoce la escasez y el lugar secundario que la sociedad destinaba a las mujeres.

Ya estaba mostrando su rebeldía, su desprecio a la oligarquía y su rechazo a la desigualdad social de entonces, cuando en 1944 conoce a Juan Domingo Perón. Y otro mundo se abrió a sus pies. Se puede decir que su "debut" en la arena política fue ese 17 de octubre de 1945, cuando junto al movimiento obrero organizado es protagonista de la movilización popular a Plaza de Mayo que logra la libertad de Perón. Allí se borra la actriz Eva Duarte y nace la compañera Evita.

En sus propias palabras se descubre la base de su guía política futura: "En esos días a Perón no lo habían sentido ni mucho menos interpretado los ricos, los poderosos; pero lo interpretaban los de abajo, los pobres, los humildes, los explotados por la injusticia de arriba". Sí, Evita levantaba la bandera de los humildes.

Su protagonismo creció acompañando a Perón en la campaña presidencial de 1946. Y al llegar a la Casa Rosada, dejó sentado su lugar en las batallas que vendrían: "Prefiero ser Evita, antes de ser la esposa del Presidente". Y recibía y atendía a los humildes, ya sea en su oficina en la Dirección de Correos o en la que luego tuvo en el Ministerio de Trabajo y Previsión Social. La incesante ayuda social, la reparación de derechos que suplantaba a la limosna oligarca, la lideraba personalmente. Sin intermediarios. Poniendo el cuerpo, durmiendo y comiendo poco.

Su figura se agigantaba cada día. Y llegó el momento de liderar también la exigencia de la igualdad de derechos para hombres y mujeres y en particular el sufragio femenino, que se logró en septiembre de 1947. Pero no alcanzaba con el voto, Evita ya entonces sostenía que la mujer era doblemente víctima en todas las injusticias, tanto en el trabajo como en el hogar.

En su misión de ayuda humanitaria a Europa, Evita declaró en Madrid que "este siglo no pasará a la historia con el nombre de Siglo de las Guerras Mundiales... sino con otro nombre mucho más significativo: Siglo del Feminismo Victorioso".

Pero fue la Fundación Eva Perón desde donde desplegó sus máximos logros en la lucha contra la pobreza y el desamparo, y a la vez el enfrentamiento con las prácticas oligárquicas de la Sociedad de Beneficencia. Evita no daba limosnas, implantaba derechos. Los de los humildes, los niños, los ancianos. Así, daba herramientas para trabajar porque el trabajo es un derecho, creaba hospitales porque la salud es un derecho, inauguraba escuelas y centros de vacaciones para niños porque la educación y la recreación son un derecho. Ahora está de moda la palabra "empoderar". Evita ya empoderaba a los más humildes en los años 40. Derechos, no limosnas.

"El sentimiento de indignación ante la injusticia social se ha transformado en una pasión que me domina incontrolablemente, porque conozco las almas destrozadas por el dolor y la injusticia, he visto de cerca las víctimas que han hecho los ricos y los poderosos explotadores del pueblo", escribió en "La Razón de mi Vida". Afectada ya por el cáncer, declinó ocupar la vicepresidencia de la Nación en 1951, pese a que una multitud de trabajadores se lo imploró en un Cabildo Abierto. Llorando, con las pocas fuerzas que le quedaban, dijo a la multitud una de sus frases históricas: "Compañeros... yo no renuncio a mi puesto de lucha. Yo renuncio a los honores".

El día antes de morir, Evita le dijo Perón una frase contundente y que resume su pensamiento político: "No abandones nunca a los pobres, son los únicos que saben ser fieles". Dicen que murió a la edad de 33 años, el 26 de julio de 1952, a las 20.25. El pueblo dice y siente otra cosa.