Por Krystell Rodríguez C.
krystell.rodriguez@qhubo.com

"Periodista, venga, pero bajo su propia responsabilidad, y yo no lo acompaño”, me dijo monseñor Elkin Ramiro Vélez cuando le pedí que me dejara pasar una noche en La Catedral, el sitio donde estuvo la cárcel que el narcotraficante Pablo Escobar manejó a su antojo y que fue escenario de cientos de historias de terror y mucho misterio. Por algo el religioso no me quería acompañar.

A las 6 pm del jueves 16 de noviembre empecé el ascenso hacia La Catedral, acompañada de nuestro fotógrafo Róbinson Sáenz y de abrigos, agua y las oraciones de mi familia, que yo me rehusaba a hacer, negando cualquier vestigio de miedo por lo que pudiera pasar esa noche.

Sobre el camino de la carretera estrecha, y por la que aún pedaleaban algunos ciclistas, era imposible dejar de pensar en la angustia de las personas que, encaletadas (escondidas) en maletas o en trasfondos (baúles) de los carros (autos), eran llevadas hasta el trono de ese sanguinario “Patrón” que acabó con la vida de miles. No cualquiera podía entrar a La Catedral, se tenía que contar con el permiso expreso de Escobar y, como si no se tratara de una cárcel, era él quien decidía quién ingresaba y quién no.

La bruma del anochecer cubría la parte superior del lugar, y montaña arriba no se veía más que los reflejos de las lámparas y algunas aves revoloteando. A un costado de lo que fuera el penal construyeron un altar con forma de crucifijo, en memoria de las víctimas.

La entrada al infierno

Luego de pasar una garita, se abre un camino entre el bosque de la montaña. Se supone que esa fue la ruta de escape que usó Escobar la noche del 21 de julio de 1992, cuando se fugó de La Catedral con varios de sus hombres.

El camino es oscuro y un poco agreste, el crujido de las ramas que se parten con los pasos se hace más fuerte por el silencio, y a lo lejos se escucha el agua de una de las quebradas que baña el Valle de La Miel. Cuando llegamos al afluente notamos que había una Virgen.

Los monjes que llegaron a La Catedral se encargaron de situar varias imágenes religiosas para cambiar el aspecto del sitio y limpiar, de alguna manera, los espacios que iban a ocupar. Luego de varios minutos observando la Virgen, el frío se hizo más intenso. “Aquí no pasó nada y me estoy helando; vámonos”, le dije a Róbinson, y regresamos a donde hubiese más luz.

En mi cabeza retumbaban las palabras de monseñor Elkin, sus afirmaciones sobre espíritus que rondan y el miedo de las enfermeras al apagar las luces.

Apreté fuerte la linterna y tomé la delantera en el camino. De un momento a otro, oí los pasos acelerados de alguien, cerré los ojos para no ver nada y sentí el roce frío y la respiración cansada de una persona que me pasó justo al lado. No era el fotógrafo, él continuaba detrás de mí y me arrebató la linterna para alumbrar en todas direcciones, tratando de encontrar algo.

No había nadie, seguíamos él y yo solos en medio de la montaña y por un instante creí que no iba a ser capaz de continuar. En ese sitio estuvo recluido -desde el 20 de junio de 1991- durante 13 meses el narcotraficante Pablo Escobar, en medio de un escenario de extravagancias, bacanales, torturas y asesinatos que él mismo ordenaba.

Las edificaciones han cambiado, pero el lugar está cargado de un ambiente pesado que espantó incluso a los monjes que se disponían a trabajar por los ancianos que desde hace 11 años llegaron al hogar de acogida construido en el sitio. De día, turistas y curiosos llegan con la ilusión de ver entre las montañas de Envigado la cárcel de donde se fugó el capo.

Cuentan historias, algunas reales y otras producto de tergiversaciones que pasaron de boca en boca y que tratan de hacer más cruda o interesante una historia que marcó a Medellín y a a todo Colombia. De noche, quienes viven allí luchan con el fantasma de actos atroces y el ambiente turbio que carga con los 399 días en los cuales Escobar empezó un camino que finalmente lo llevaría a la tumba, el 2 de diciembre de 1993.

Para algunos, la construcción de un monasterio, oratorios y las imágenes religiosas que hay en el terreno de La Catedral alivianan la historia del sitio. Pero lo cierto es que hasta los religiosos luchan cada día con esos espíritus o “almas a las que les cortaron su ciclo”, como ellos mismos dicen, y que perecieron en inmediaciones de la cárcel.

Golpes en las celdas

Durante 26 pasos que dimos por el pasillo del hogar para ancianos tuve la tentación de mirar hacia atrás, pero no quería encontrarme con una sombra o una imagen perturbadora que me dejara pasmada. Caminamos otros 16 pasos hasta la reja y bajamos a una de las ruinas que aún sobreviven a los saqueos. El reloj marcaba las 12.11 am.

Llegamos hasta una construcción que hizo las veces de casino; a un costado estaban las celdas, pero ahora sólo hay piedras, moho y uno que otro bicho. La batería de la cámara estaba cargada al 100 por ciento, pero se agotó al primer intento de foto.

“Esas cosas pasan, normal...”, dijo Róbinson, el fotógrafo de Q’HUBO, evidenciando que estaba un poco nervioso. Los orificios en las paredes servían de canal para el aire trémulo de la madrugada y las bocanadas de viento frío entraban con fuerza.

Descendimos por una rampa y el sitio oscuro no dejaba ver con claridad. De un momento a otro sonaron las rejas de las celdas, como si alguien hubiese pasado con un objeto golpeando cada baranda de los calabozos, pero en el sitio las únicas personas éramos nosotros. “¿Escuchaste eso?”, le pregunté a Róbinson; “yo no sentí nada”, me respondió un poco exasperado por mis nervios.

Entonces, como si se tratara de algo o alguien que quisiera reafirmar su presencia, volvieron a golpear las rejas que alguna vez estuvieron en el lugar, pero que ahora no existen. Los árboles alrededor se movieron agitados, y nosotros, luego de una foto y de acercarnos para confirmar que no se trataba de un animal, salimos atemorizados.

Lamentos en la cancha

De lo que era la cárcel queda poco, algunas ruinas y la memoria de quienes saben qué había en cada lugar. Los vehículos pueden llegar hasta el parqueadero (estacionamiento) del monasterio, y escalones abajo está el hogar de acogida para el adulto mayor, donde era la cancha de fútbol de la prisión. “Ahí, donde usted está sentada, mataron a unos hombres. Los torturaron, les mocharon (cortaron) las cabezas y jugaron fútbol con ellas. Eso es verdad, aquí hubo mucha maldad”, me confesó monseñor Elkin, sobre el sitio donde dormían los ancianos y en el que aguardábamos la noche.

Se refería a Fernando Galeano y Kiko Moncada, socios de Pablo Escobar que fueron asesinados en ese lugar, días antes de la fuga del Capo, porque al parecer no le estaban pagando al Patrón la cuota que exigía a los miembros del Cartel de Medellín mientras él estaba en la cárcel.

Sobre ese episodio se cuenta que los cadáveres fueron descuartizados e incinerados y que, para ocultar el olor de la combustión humana, la noche del crimen hicieron un asado cuyo humo se confundía con el de los cuerpos que ardían en la cancha. “¿Ustedes qué hacen aquí? Váyanse, ¿quieren que los espanten o qué?”, nos decía a lo lejos una enfermera, entre enojada y temerosa, quien esperaba que su compañera terminara de apagar las últimas luces y televisores, para irse juntas a descansar, como escapando de algo que no querían ver.

Esa noche llovió, la montaña se llenó de bruma y el frío calaba en los dedos de los pies, la nariz y las orejas. Mientras esperábamos a que fuera más tarde para salir a caminar por la montaña, oímos el maullido de los gatos, el sonido de las banderas que chocaban con el viento y el silbido del aire que hacía el ambiente cada vez más tétrico.

Sollozos en la oscuridad

A las 11.17 pm el llanto desconsolado de una mujer llamó mi atención; me esforcé por diferenciar ese sonido de los otros y pasados dos minutos no cabía duda de que era alguien sollozando, pero el eco provenía de diferentes esquinas, como si alguien llorara desde varios rincones para tratar de llenar el espacio oscuro y frío de la sala de espera. El temor de un alma en pena me arrancó la primera oración de la noche y me cubrí con una bufanda para no escuchar más. Podía ser el desconsuelo de una madre, una hermana, una esposa o una hija que perdió a un ser querido en alguna habitación de la jaula de oro que se adecuó para Pablo Escobar. Pero también podía ser una de las tantas mujeres que murió a órdenes del Capo por haber quedado embarazada, por estar con la persona equivocada o sólo por el capricho universal de un ser lleno de maldad y mezquindad. El llanto se fue desvaneciendo a medida que mi temor aumentaba. La lluvia había parado y pensé que era momento de salir a caminar por las ruinas de La Catedral. Miré el reloj y eran las 12 en punto de la noche. Me dio una risa nerviosa por la coincidencia y miré con cuidado hacia afuera. Las luces de la cancha estaban apagadas y sólo quedaba el resplandor de las lámparas que se sitúan en lo alto. Pisé duro con mis botas y hablé fuerte, como anunciando mi presencia y esperando que alguien me dijera: “Hola, soy Catalina, la enfermera, y vine a ver cómo están los abuelos”, pero nadie dijo nada.

Unas puertas se cierran, otras se abren

2.11 am. Justo dos horas después de haber iniciado el recorrido llegamos a la rampa de acceso al ancianato. “Nos cerraron esta reja”, susurró Róbinson, más convencido de que en ese lugar definitivamente pasan cosas muy extrañas. No le di crédito a su afirmación, pero me contó que la había dejado abierta de par en par a propósito, a ver qué pasaba.

El miedo me estaba subiendo por los huesos y aceleré el paso hasta las habitaciones. Sobre uno de los costados del rectángulo que forma el hogar de acogida, hay un único segundo nivel al que llegamos para tomar una foto panorámica.

La puerta del balcón estaba cerrada y cuñada (trabada) con un mueble viejo y roído. Desde ahí sólo se veían techos, y desistimos de la idea. En el primer piso, una de las ancianas lloraba y decía: “¿Qué hago aquí? Sáquenme de aquí”.

Esta vez estábamos seguros de que se trataba de una persona de carne y hueso, pero la angustia de sus quejidos nos produjo tal incomodidad y desasosiego, que cerramos de nuevo la puerta y la volvimos a cuñar con el mueble. Montaña arriba volteamos a ver a la habitación de la que salimos minutos antes. La puerta del balcón estaba ajustada y, a medida que nos devolvíamos, quedó totalmente abierta, como si desde adentro supieran que íbamos hacia allá y trataran de mostrar algo en su interior.

Aprender a vivir con los muertos

Monseñor Elkin fue enfático en que su condición de ermitaño lo llevaba a encerrarse a las 5 pm todos los días. Por eso, cuando llegamos a La Catedral, no insistimos para que saliera de la ermita que construyó justo donde quedaba la bodega de dinero de Pablo Escobar.

Pero esa noche el monje benedictino y primer abad primado misterio ermitaño de la iglesia anglicana decidió salir en medio de la lluvia. Descendió por la montaña con una sotana negra de capucha en punta y un báculo para apoyarse. Abrió las puertas de la capilla y un gato gordo salió a su paso.

“Aquí no hay ni un solo perro, pero sí hay muchos gatos. Los perros sienten los espíritus, pero los gatos los ahuyentan”, dijo monseñor Elkin con el felino en brazos. El religioso nunca nos miró a la cara y dijo que por normas no podía hablar mucho tiempo con las personas después de las 5 pm.

“En este sitio pasan muchas cosas, hay gente que no cree, pero por este mes de las ánimas más de uno se viene a buscar guacas o a hacer cosas malas”, mencionó. Como La Catedral, monseñor Elkin es misterioso, capaz de anticipar pensamientos, pesares y hasta dolencias con sólo una mirada.

Eso le ha traído más de un problema con la Iglesia Católica e incluso fue amonestado ante Roma. Dijo no ser feliz en su condición, pero cree firmemente que debe servir a las personas hasta que Dios se lo conceda.

Elkin Ramiro Vélez García se despidió con una frase contundente: “Oren mucho. Están en su casa”. El monje desapareció entre la bruma y la lluvia cesó por un instante. Todo quedó oscuro. Al frente, la imponente vista del Valle de Aburrá contrastaba con el silencio del monasterio y la incertidumbre que dejaron las historias del padre.

No había viento, pero los cilindros metálicos que colgaban a un costado de la capilla principal, y que hacían las veces de campana, sonaron con dureza y se movieron como si alguien los hubiese golpeado con necesidad urgente. Volvió a llover hasta que amaneció.