Por la presente el abajo firmante, argentino, casado en primeras nupcias y con segundas intenciones, tramitando mi divorcio para cometer esa victoria de la esperanza sobre la experiencia que son las segundas nupcias. Abogado por obra y gracia de unos padres de otras épocas y de una universidad pública nacional gratuita y casi irrestricta. Poeta por vocación y quizás como castigo de la providencia, muy deshonroso Secretario General de la muy honorable Sociedad Argentina de Escritores de Formosa. Delegado por elección de mis pares en el Congreso Nacional de Escritores de Argentina con mandato 2019-2023. Papá de Esperanza y Antonella, persona en recuperación de una obesidad mórbida que fácilmente podía ser confundida con una especie de “síndrome de Montaña Andante”, muy respetuosamente se presenta ante ustedes y de su mayor consideración les dice...

Que la meritocracia, que ustedes han venido a instituir como palabra e instituto insignia en discusiones de internet y de café, es nada más y nada menos que la mayor verdad dicha por persona alguna. No puedo más que alabar esta palabra que tanto tienen trabada en la boca. Lo hago como nieto de obreros y peones de taxi, o de campo y río traviesa, habiendo nacido en una villa turística y de pescadores; siendo compañero de colegio y escuela de una abrumadora mayoría de miembros de fuerzas de seguridad o desocupados. Lo sostengo habiendo crecido en la mayor época de desigualdades que se tenga memoria, con el recuerdo latente de amigos míos desmayándose de hambre mientras mal trataban de cantar el Himno muy temprano en la mañana. Con el recuerdo precioso de tener siempre un plato de comida en mi mesa, y aún más maravilloso, a alguien conocido o no tanto que era invitado a ésta por unos padres duros pero generosos. 

Con todo el dolor que la memoria me obsequia, Señor y Señora, debo reconocer que al verme un hombre adulto de buena posición económica y con consideración social, con presencia cultural y con el placer increíble de ser leído y, oh soberbia argentina, hasta admirado por personas de todas las latitudes de este continente americano, alabo nuevamente esta palabra. Porque Señor y Señora Medio Pelo Argentino, es verdad: en mí existe la meritocracia. En la empresa que manejo, en mis títulos universitarios, en mis horas cátedras tomadas y dadas, en mi forma de escribir y de leer, en mis hijas, en mi auto. 

Sí Señor y Señora, la meritocracia existe. Porque si tengo lo que tengo es por mérito de demasiada gente. Como un enano en hombros de gigantes miro a lo lejos delante de mí, pero también hacía mi pasado. 

Está doña Blasia Gauto, que a la vera del Paraná y sin importar de cual lado fue tan paraguaya y argentina, que pariendo cinco hijos, crió aún más a los que se le acercaron, hilvanando hasta la ancianidad no solo hilos para bordar sino también hijos e historias, amando con dolor todos los días de su vida. Peleando con su peso y su memoria, mandando sus hijos a un colegio que ella apenas si reconocía como algo que no fuera un valor en sí mismo. Y están mis viejos, Graciela, mujer a la que nadie podría haber puesto mejor nombre pues siempre ha tenido la gentileza en su voz y su andar, y don Julio, con quien comparto el nombre y el amor por el mundo de las letras y las ideas; cuya primera casa fue de chapa y cartón en un terreno tomado a, como no podía ser de otra forma por la obsesión del destino con la casualidad, una Universidad. 

Crecí escuchando como su noche de bodas mi papá se regaló a si mismo colocar una ventana en esa casa que era de ellos, pero donde no podía dejar de haber lugar para que durmiera un hermano, de misma o diferente madre, aunque sea recostado en una carretilla prestada. Y ellos han tenido el maravilloso mérito de enseñarme que una casa no es donde hay ladrillos sino donde está el corazón, y que tener una nueva casa es consecuencia de estar dispuesto a regalar la anterior. 

Señor y Señora medio pelo argentino, ¿cómo no creer en la meritocracia? Si mi mamá fue presidente de toda cooperadora imaginable de un pequeño pueblo donde estaba todo por hacerse. Donde el hospital lleva el nombre de un médico que era el mejor amigo de ellos por haberme sabido salvar la vida cuando de niño mi pequeñez me hizo querer irme volando en convulsiones. Así también estoy aquí por mérito del Dr. Ciconetti, papá de Josefina, una de las pocas amigas que supe tener en mi infancia pueblerina. 

Está don Mario Marturet, recientemente fallecido, el padre no de una sino de muchas generaciones de luchadores por la libertad y los derechos humanos. Él tomó a mis padres como sus propios hijos, y en medio de los ruidos de las botas y las metrallas; les enseñó el valor de la oración silenciosa y que una caricia, como diría Facundo Cabral, hace menos ruido que una bomba; pero que en este mundo por cada bomba hay millones de caricias construyendo un mundo mejor. 

Ese querido don Mario que ya era viejo cuando fue padrino de bodas de esos dos jóvenes aventureros allá por el ’76, y más de cuarenta años después, seguía siendo maestro, enseñando con sus palabras y sus largos años que el amor es lo único que vence al tiempo. Hasta hace unos meses, saber que él en su casi centenaria vida era de los primeros en leerme y ponerme un “me gusta” en cualquier cosa que publicara era y es un maravilloso mérito para este poeta que ahora les escribe con una sonrisa y una lágrima. En él un abrazo a todos los que estaban dispuestos a derramar sangre por la Patria, pero solo si era su propia sangre. Y un sincero agradecimiento a Dios que nos lo dejó tanto tiempo a nuestro lado. No se atreva el olvido a tocar su memoria. 

Están también aquellos que no conocí, pero sin quienes no sería nada de lo que soy. Están Whitman, Neruda y Borges con su poesía; Facundo Cabral y Mercedes Sosa con su música; el colectivero que llevo a mi mamá a Paso de la Patria al lugar justo donde bajándose conoció a mi papá; al que le vendió la guitarra en cuotas a mi viejo para que aprendiera a cantar. A quien convenció a mis compañeros de que no era tan mala idea votarme presidente del Centro de Estudiantes de mi Colegio. 

A Corina, que con un beso en mis catorce años rompió el hechizo, y me quitó de un golpe la niñez y la timidez. A Daniela, que no tuvo miedo de regalarme la sorpresa de su afecto. A Laura, que me ha hecho papá, de dos niñas a quienes no merezco, pero trataré toda mi vida de merecer un poco más cada día. A Karla, quien es mi gran maestra en el amor, cuyo afecto no opaca sus defectos, si no que me hace encontrar en ellos un espejo en el que mirarme, una educación en amor y paciencia que saca lo mejor de mí. A Paola que me dió la lección de la coherencia, o Cyntia, mi comadre, que cada día me enseña que la verdadwra tarea es ser cada vez una mujer versión de uno mismo. 

Y son tantos más, queridos Señor y Señora. Podría hablar de mi maestra Salomón, que nos enseñaba con sencillez y que nos recibía siempre en su casa dispuesta a enseñarnos feriados y fines de semana, con un café con leche y tostadas. O de Alejandro Mauriño, un gran escritor correntino, con quien me separan décadas de edad y un abismo ideológico, pero con quien comparto el recuerdo de un verano completo que gastó amable en mi formación, para despertar en mí este amor por la poesía que jamás se morirá. Podría hablar hasta cansarme, de mi querido profesor Miguel Ángel Sosa, quien se hizo dueño de su nombre y llevo adelante su magisterio con tanto amor y dedicación que consumió el fuego de su vida antes de los cincuenta años, pero que no lo hizo sin luchar y sin dejar una sola vida sin tocar. O de mis pocos y buenos amigos que tanto me han enseñado.

Pablo Rambaudi, que me dio el regalo de la fe y los abrazos compartidos. Cesar Dombroski, Alicia Rodríguez, Natalia Irrasabal, Lisandro Argañaraz, Jorge Fernández, entre otros buenos y distintos amigos que me han enseñado que la amistad en la diversidad no es tolerar sino amar en la diferencia.

Podría hablar de los médicos que me operaron, para ayudarme a sacar el disfraz de carne en el cual que me había encerrado toda mi vida. Y de las enfermeras que son esos ángeles disfrazadas de mujeres que siempre están para cuidar las nanas y el corazón de esos niños que somos los convalecientes. O de los que manejaron las ambulancias en que me llevaron de accidentes, o los camilleros que se enfrentaron a mi inmensidad. O de mi buena amiga Belén que cuando recién terminó la secundaria me pidió que le ayudara a estudiar y durante años con mi exmujer pagamos sus estudios para que no tuviera que trabajar mientras estudiaba. 

¿Saben qué, Señor y Señora? Se me llenan los ojos de lágrimas al recordar aquel fin de semana que mi hija, el centro de mi vida, el amor más grande de mi vida, tuvo un paro respiratorio, no saben quién le salvo la vida: una niña que años antes se avergonzaba de pedirme ayuda y que justo estaba de visita en casa para mostrarnos su título de enfermera. 

Así que sí, Señor y Señora Medio Pelo Argentino, hay mucho mérito en hacer lo que los otros puedan considerar un desperdicio de amor y dinero. Pero si es que hay incluso tantos que no conozco por nombre, pero tienen mérito en mis días. La señora que un día me vio llorando porque no tenía como ir al velorio de un tío querido y sin saber si decía la verdad o mentía me dio cien pesos para que fuera pronto a acompañar con mi llanto el llanto de los míos. El del camionero que me sacó de una tarde entera esperando en la ruta y me llevó a la puerta de mi casa diciéndome que total no me llevaba a upa. El linyera con quien me senté un día a comer en la escalera de una iglesia y que me dio una lección de amor increíble al llamar a sus otros amigos a sentarse a comer con nosotros. 

Así que sí, Señor y Señora, existe la meritocracia. Estoy donde estoy, exitoso y feliz, por demasiada gente, por el esfuerzo y amor de tanta gente; que me sería imposible agradecer a todos. Y son tantos sus méritos: como padres, como docentes, como médicos, como amigos, como poetas, como desconocidos, que lo único que puedo hacer para merecer el título de hombre es ser agradecido a ellos en todo lo que hago. Incluso escribir. 

Así que a todos ellos un millón de gracias, por los poemas que escribo, por las maravillosas hijas que tengo, por los amores a los que he cometido la locura de aventurarme, por mis títulos universitarios y de la vida. Y por darme el premio de su presencia, su amor, su amistad. 

Pasaré toda mi vida tratando de pagar esta deuda de gratitud a tanto mérito. Con cada poema y cada caricia, hasta que la tierra me invite a dormir en ella, y sea mi historia, mi poesía y mi amor el mérito de mis hijos, y de los hijos de mis vecinos y hermanos. Porque en fin, queridos Señor y Señora Medio Pelo Argentino, ¿qué mayor mérito puede tener un hombre que vivir; amando y soñando, siendo y haciendo feliz a los demás; procurando cada día crear en sí mismo y en su entorno un mundo un poco menos gris? ¡Viva el mérito! ¡Viva la Universidad Pública! ¡Viva el amor! 

Por Julio Fernández Froy.

Ver más productos

Huevos de chocolate caseros para una Pascua en crisis

Huevos de chocolate caseros para una Pascua en crisis

Macri lanza su libro de memorias y no se guarda nada

Macri lanza su libro de memorias y no se guarda nada

Le diagnosticaron leucemia a los 14 y vivió para contarlo

Le diagnosticaron leucemia a los 14 y vivió para contarlo

10 libros para regalar el Día de la mujer

10 libros para regalar el Día de la mujer

El detrás de escena de Alberto Fernández

El detrás de escena de Alberto Fernández

30 discursos que cambiaron el mundo

30 discursos que cambiaron el mundo

Jeff Bezos, CEO de Amazon

Jeff Bezos: cómo fue el camino al éxito del CEO de Amazon

La educación que necesitamos

La educación que necesitamos

Llegar a la tercera edad siendo jóvenes

Llegar a la tercera edad siendo jóvenes

Ver más productos