Por Francisco Nutti 
@frannutti 

Cae la lluvia de verano y Buenos Aires amanece bajo un cielo parcialmente nublado. Las baldosas mojadas, la gente apresurada y el olor a café en las esquinas relucen la melancolía de una ciudad que no se detiene a reflexionar ni cuando los días son tristes. A contramano de la rutina va Jorge Williams, un hombre de 77 años que supo ser uno de los mejores sastres de la Argentina y que decidió cambiar su vida luego de salvarse de un ACV. ¿Cómo es la vida del hombre que dejó las preocupaciones para disfrutar de su verdadera pasión?

"Después de lo que me pasó no me iba a quedar a llorar en la cama. Preferí ir a jugar al fútbol que es lo que toda la vida quise hacer", dice Williams en diálogo con Crónica, quien desde que sufrió el accidente cerebrovascular (hace unos años) ya no trabaja como antes porque su mano perdió movilidad.

"Ahora voy al parque Las Heras, de Palermo, y mientras todos van y vienen yo hago jueguitos en soledad. Me divierto. Y cada tanto se me aparece algún chiquito con la intención de sumarse para darme pases", cuenta con una sonrisa.

Un artista

Pero detrás de ese personaje, sin remera, pantalones cortos y una pelota gastada de tantas pisadas, se esconde una figura que supo revolucionar una época. Su historia comienza desde muy chico, cuando vivía en Dolavon, en la provincia de Chubut, donde aprendió el oficio de sastre. Años más tarde se especializó en trajes y se propuso hacer de su actividad un arte, dotando de color y fantasía la mayoría de sus creaciones.

La gran habilidad que adquirió le permitió vivir en diferentes ciudades de México, en Madrid y en Barcelona, donde conoció al reconocido pintor español Salvador Dalí, frente a la Sagrada Familia, la obra más emblemática del Dios de la arquitectura, Antoni Gaudí. "Siempre me gustó su estilo y tuve la suerte de verlo, pero no me animé a pedirle una foto", explica Williams, que hasta no hace mucho fue vicepresidente de la Asociación Argentina de la Moda y es vicepresidente latinoamericano de sastres y modistas.

Asociado a las más importantes federaciones de la moda mundial, asistió a una gran cantidad de congresos internacionales. Y por eso, se da el lujo de despotricar contra la pérdida del gusto nacional. "La mejor década de moda varonil fueron los 40, cuando se iba en traje a la cancha", explica y agrega que ahora "falta personalidad, se habla mal y se viste mal, hasta una autoridad anda sin corbata, eso va contra la elegancia".

Las vueltas de la vida lo radicaron en Buenos Aires, donde desde fines de los 80 desarrolló una intensa actividad en distintos barrios, el último en su actual local que comparte con la diseñadora Sandra Paiz, especialista en vestidos de novia, ubicado en Salguero y Beruti.

El abuelo futbolista ya no suele confeccionar trajes (sólo realiza arreglos), pero mantiene intacto su amor por el arte. Tal es así que posee 180 "sacos con mensaje", un abanico de prendas para su consumo personal que se caracterizan por tener figuras y colores llamativos. "La voluntad es un don divino que Dios les da a los seres humanos. Y a eso hay que aprovecharlo", finaliza. Y se retira, como un niño, con su pelota bajo el brazo.

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