Por Ricardo Filighera

Clima frío en el exterior. La víctima fue maniatada en el catre de ese subsuelo ruinoso. Uno de los verdugos hace una seña al otro y, este, automáticamente, sin medir palabra, le pone una venda en los ojos y le tapa la boca con profusa cinta aislante. La víctima intenta, azarosamente, proferir algún grito; avizora, desde lo más profundo de su ser, la peor sensación: el destino irreversible. El tercero de la banda se dirige hacias el aparato radial y sube el volumen. Las palabras de un locutor resuenan de manera impiadosa en aquel hombre que ve, de manera inexorable, cómo corren los minutos hacia el final menos deseado.

“Dale”, dice uno de los “gorilas” al otro, presto a llevar a cabo su mandato. Uno de ellos, con sus manazas, le aprieta la cabeza contra el almohadón, algunos vestigios, nimios, de gritos ahogados corroen a la víctima sus pulmones; el tipo se acerca con arma en mano, le coloca el bufoso en la nuca y dispara. La sangre fluye como un volcán en su último estado de erupción.

El comienzo

Todo comenzó el 29 de julio de 1985, cuando el empresario Osvaldo Sivak fue secuestrado en el pasaje Virasoro, del barrio de Palermo. Osvaldo Sivak era el presidente de la empresa Buenos Aires Building Society y se trataba de un empresario muy vinculado a la industria inmobiliaria de la década de los 70; era hijo de Samuel Sivak y hermano del abogado Jorge Sivak. En tanto, la empresa había sido fundada en 1904 y se erigía como una de las primeras sociedades constituidas en el país destinadas al fomento del ahorro y préstamo para ser aplicado casi con exclusividad a la actividad inmobiliaria, puntualmente al rubro de la vivienda familiar. En el derrotero de su historia, hacia 1979 el empresario había sido secuestrado y liberado rápidamente. Pero en 1985 no correría la misma suerte, el destino, en consecuencia, iba a derivar en una emboscada trágica.

Geografía siniestra

El periodista Carlos Juvenal brindó en su investigación “Buenos muchachos” pormenores de un panorama aterrador:

“Los cronistas que deambulan por los Tribunales escucharon una mañana al abogado Carlos Prieto, defensor de Raúl Antonio Guglielminetti, contar que, según sus informaciones, Osvaldo Sivak había sido asesinado poco después de cobrar el rescate”.

Con distintos engaños despojaron a los Sivak de 275.000 dólares, más 25.000 entregados por el ministro del Interior, Antonio Trócoli, que les aseguró que eran aportes de amigos del partido. Hartos, los Sivak, que llegaron a escuchar en Defraudaciones y Estafas que el secuestro había sido obra del Mossad (Inteligencia de Israel con acción de espionaje y contraterroris-mo encubierto) o de Franja Morada (agrupación política universitaria de gran auge durante el gobierno de Alfonsín), decidieron convocar a una rueda de prensa. En la citada convocatoria había más agentes de los servicios que periodistas”.

"El 12 de junio de 1986 renunciaba Antonio Nicolás Vietri, jefe de la Policía Federal, alegando razones de salud. Dardo Rodríguez, subjefe, también se fue. El 19 de junio, días después, asumieron Juan Ángel Pirker y Alejandro Brotto. Y los cambios en los estamentos mayores no iban a cesar: Trócoli dejó su cargo y fue ocupado por un hombre de gran confianza de Alfonsín, Enrique Nosiglia”.

Luego de rigurosas investigaciones, cayeron presos los policías Roberto Buletti, Carlos Lorenatti, Ignacio Báez, Rubén Caeta, Mario Rafael Bivolarski, Félix Roque Miera y José Benigno Lorea. Este último fue dado de baja en 1985 por la Policía Federal por encubrimiento de contrabando y, además, se supo que fue el autor del disparo mortal contra el indefenso Sivak, en el sótano de un local alquilado en Monte Chingolo. El cadáver de Sivak apareció el 5 de noviembre de 1987, en un costado del Km 48 de la Ruta 2, la que conduce a Mar del Plata”.

“Descubierto el final de Sivak, Juan Ángel Pirker hizo lo que correspondía: dio la cara, sostuvo que los autores de los crímenes eran caricaturas de policías y prometió investigar hasta las últimas consecuencias. Más de una vez se le quebró la voz cuando, a fines de 1986, tuvo que admitir la dura verdad ante la opinión pública. Ese comisario solterón empedernido, seguramente, fue el jefe de policía más querido por la sociedad argentina. Dentro de la repartición, donde efectuó una limpieza inusual, enfrentó enormes resistencias, pero se ganó la confianza de la población argentina”.

Nunca un “renuncio”

La vida de Juan Ángel Pirker no supo de renunciamientos. Es más, su derrotero existencial y profesional marcó a fuego, posteriormente, la honestidad y la capacidad profesional de toda una institución. Sus actos siempre fueron llevados a cabo con bajo perfil, ayudando a la gente y observando el devenir de la comunidad (y que estuviera particularmente protegida) fuera de los horarios de sus actividades habituales. Nació en julio de 1934 y era hijo de inmigrantes -madre española y padre austríaco-, que forjaron su temple y su ideario de vida. Ingresó a la Escuela de Cadetes de la Policía Federal con 19 años cumplidos. Poco tiempo después comenzó su carrera en la institución en la Comisaría 14ª, hasta que, en diciembre de 1983, el gobierno de la reapertura democrática significó un antes y un después en su carrera. En principio, asumió como jefe de la Dirección General de Personal, sector que, poco más de dos años después, dejó para convertirse en jefe de la policía.

“¿Que es para usted un buen policía?”, se le preguntaba de manera constante a Pirker.

“La clave está en la palabra ‘servicio’. La policía es un servicio público al que los ciudadanos deberían acudir no solamente cuando se le roba el auto o pierden los documentos. Tendría que ser un servicio amistoso en el que la gente confiara plenamente. Un servicio creíble cuya eficiencia pudiera justificar su prestigio. Por otra parte, un servicio honesto donde no hubiera patrullas mangando en los comercios minoristas ni articulando particulares arreglos con los delincuentes menores y mucho menos con la corrupción pesada”.

Y, precisamente, la policía que Pirker deseaba plasmar en su derrotero profesional era la misma que deseaba el entonces presidente de la Nación, el doctor Raúl Alfonsín. En consecuencia, la policía para Alfonsín llevaba el significado de la honestidad, la valentía y, por sobre todas las cosas, la lealtad, perfiles de conducción que, en definitiva, tuvo como orientación Pirker.

Anécdota de vida

Pablo Babini, en la revista “Todo es historia”, detalló un testimonio que pinta de cuerpo entero al protagonista de esta historia:

Es precisamente el 31 de dciembre de 1987 y todo el mundo estaba ansioso por dar vuelta la hoja. Otros no pueden hacerlo, como la viuda de Osvaldo Sivak, sus hijas y sus hermanos, destrozados por tantos meses de pelea extenuante, ejercida sin perder totalmente en el fondo del alma, la ilusión de que el hombre volverá con vida al hogar. Martha Oyhanarte de Sivak se está bañando ese último día del año, cuando tocan el timbre. “¿Quién es?”, pregunta a la mucama. “Es el jefe de la policía, señora, que quiere hablar con usted’. Sorprendida, se viste rápidamente y abre la puerta a Pirker, que llega acompañado por el jefe de Defraudaciones y Estafas.

Venimos a saludarla, señora, por fin de año”, explica el comisario y agregó: “Y a reiterarles las disculpas porque fueron miembros de esta institución los responsables de este hecho aberrante”. Después, en acto sólo posible por la extraordinaria personalidad de Pirker, dejan a la señora Sivak, un obsequio, un objeto que lleva la leyenda “ Policía Federal”.

Cuando retó a un tachero

En una oportunidad, un taxista quiso hacer uso de la denominada “viveza criolla” y, sin identificar al pasajero, acompañado en esa oportunidad por una dama, se aprovechó y le cobró más dinero del que realmente correspondía por ese viaje. Unos días después, citan al conductor en cuestión en el Departamento de Policía y lo recibe el propio jefe de la repartición, el mismo, nada más ni nada menos, que Juan Ángel Pirker.

La misma persona que ha-bía sido “engañada”, ahora le estaba dando una gran lección como maestro de escuela primaria y sugiriéndole, muy amablemente, que no hiciera más esta particular “travesura”. Ese taxista pidió disculpas y se retiró con la cabeza gacha luego de la enseñanza recibida. Increíble, pero real.

Una sorpresa parecida fue la que experimentó un editor periodístico, poco después de mantener un altercado con un policía en plena calle. Pirker lo citó a su despacho para pedirle disculpas y, también, para justificar en parte a aquellos hombres de la institución, dadas las dificultades y el estrés permanente que experimentan endeterminadas actividades, puntualmente las de índole callejero. ¿Argentina año verde?.

Su temprana despedida

Murió como aquellos legendarios actores, en el escenario, en su terreno de acción, en el campo de batalla mismo. El cuerpo sin vida de Juan Ángel Pirker fue descubierto en su despacho, víctima de un ataque de asma, el 13 de febrero de 1989. Atrás quedaba, probablemente, la página más importante de la entonces Policía Federal en la historria de la democracia argentina.

Pinker había esclarecido, precisamente, el secuestro y asesinato de Osvaldo Sivak y de otros empresarios a manos de una banda integrada por oficiales y agentes de la fuerza. También se había erigido en el principal protagonista del secuestro de 60 kilos de cocaína, una investigación rigurosa y de compleja acción que le mereció la felicitación personal de Raúl Alfonsín. Y como si todo eso fuera poco, Pirker, durante su gestión al frente del Departamento, posibilitó el desbaratamiento de varias células de ultraderecha asociadas a ese tráfico. En definitiva, había posibilitado instalar la policía soñada, al servicio de la comunidad, con amplio y firme sentido democrático.

Una multitud se dio cita en la inhumación de Pinker. (Archivo: Crónica)


POR R.F.