Por Gastón Monjes
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Un año tumultuoso. Así fue 1917 para Rusia, con la desintegración del imperio, la proclamación de la república y dos revoluciones que pusieron patas para arriba al país. La caída del zar, cuatro gobiernos provisionales, el desastre de la Primera Guerra Mundial y un gran descontento político y social marcan el panorama con el que se llegó a las históricas jornadas de octubre, que llevaron a los bolcheviques al poder y permitieron que la figura de Vladimir Lenin trascendiera hasta volverse universal.

El 25 de octubre de 1917 (del calendario juliano, vigente en la Rusia de aquel entonces, equivalente al 7 de noviembre del gregoriano) es la fecha que entró en la historia por la celebración de la asamblea de los soviets que se harían con el poder en la república y provocarían cambios que dejarían su marca indeleble en el Siglo XX.

¿Qué pasó en esa época?

El descontento era total y alcanzaba a todos los ámbitos. La propia familia real, Romanov, y los grandes funcionarios “no estaban felices con las políticas del zar”, Nicolas II, quien manejaba todos los aspectos del imperio; las autoridades “no podían explicar por qué continuaban en la guerra”, la economía no mejoraba y “las ganancias se iban al exterior”, le detalló a Crónica el licenciado en Historia Alexander Dementiev.

Además, la población atravesaba momentos de pobreza, restricciones y hasta debía hacer interminables colas en los comercios para conseguir un poco de pan; no había movilidad social y era sometida a situaciones humillantes. En este marco, no es de extrañar que un vasto país como Rusia entrara en ebullición.

Llegaron los últimos días de febrero (en el calendario juliano) y las “molestian estaban en todas partes”. La situación del zar era insostenible. Ya no tenía apoyos, el ejército estaba diezmado y la población, cada vez peor. Las protestas, la muerte y las intrigas políticas en Petrogrado (actual San Petersburgo) acorralaron a Nicolas, quien no tuvo más remedio que abdicar en su hermano. El zar y su familia fueron detenidos. La monarquía había llegado a su fin.

El gobierno provisional

Con la caída del zarismo se formaron dos gobiernos en Rusia, un soviet de los diputados de soldados y obreros y otro, burgués. “Hay dos gobiernos y están en el mismo edificio, compiten entre sí”, explicó el historiador, quien agregó que allí surge una nueva figura: el ministro de Justicia Aleksander Kerenski, único que “estaba en en el gobierno burgués y en el los petro soviets”. “Era el ministro más popuar de Rusia, destacó.

Este gobierno atravesó los meses siguientes de manera tortuosa. Hasta octubre hubo cuatro gobiernos provisionales y hasta plantearon una ofensiva contra los alemanes que terminó de manera terrible para Rusia. En ese contexto, Kerenski ordenó la liberación de los presos políticos y el 1° de septiembre proclamó la república.

Los bolcheviques comenzaron a reinsertarse en la vida política rusa y allí resurgió Lenin. “Fue el único que quería imponer la paz, pero nadie lo tomó en serio. La gente estaba muy contenta con la revolución así que por qué iban a arruinarle la fiesta”, reflexionó el historiador. Este tiempo coincidió, además, con la pérdida de popularidad de Kerenski y con una nueva embestida contra los bolcheviques, en lo que fue el inicio del “giro hacia la dictadura de Kerenski”. Los bolcheviques volvieron a estar prohibidos.

La pérdida de popularidad del líder se agravó con conflictos entre los dos gobiernos. Su futuro ya estaba juzgado. No iban a durar mucho.

Los días finales

El 25 (7 de noviembre en el calendario gregoriano) estaba prevista la asamblea de los soviets. Pero antes del masivo encuentro, con Leon Trotski como uno de los emblemas de los bolcheviques, se filtró la información de la detención de los miembros del gobierno provisorio. Esto provocó una división en el soviet, muchos de sus miembros se retiraron y sólo quedaron los delegados de campesinos y obreros.

“Representantes de muchos partidos se levantaron y dijeron que eso (las detenciones) era violencia y que no querían participar. Se quedaron solamente los representantes del partido Socialista Revolucionario y de los bolcheviques, que formaron el gobierno de coalición porque no había nadie más”, detalló Dementiev.

La revolución en toda Rusia era imparable. Lenin se convertiría en el líder de un nuevo país que afrontaría una cruel guerra civil. Después llegaría la formación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, el stanilismo, las proezas de la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría y muchas cosas más, hasta la caída del muro de Berlín y del comunismo. Peso esa es otra historia.

Emblemas de una época

Muchas fueron las personalidades políticas que sobresalieron en el período que comenzó con la abdicación del zar Nicolás II, el 2 de marzo de 1917, hasta la revolución de octubre. Sin embargo, hubo algunos que se destacaron aún más y consiguieron entrar en la historia grande.

El abogado Aleksandr Kerenski se convirtió en la principal figura política de Rusia tras el derrocamiento del zar y hasta fue el responsable de declarar, por propia voluntad, la república.

Leon Trotsky se unió a los bolcheviques poco antes de los sucesos de octubre y llegó a ser una figura central que, incluso, se enfrentó con el otro ícono de la época: Vladimir Lenin.


Los Romanov, 300 años de poder y decadencia

Muchas historias se tejieron en torno a la vida de los zares, en especial, de Nicolas II y su familia, quienes atravesaron las revoluciones de 1917 y terminaron fusilados. El líder no respondió a los cambios que la época demandaba y pagó por ello. Aunque todavía gozan del respeto de parte de la sociedad. “Fueron un gran ejemplo de vida familiar, de amor entre esposos. Educaban a sus hijos para servir a su pueblo, ya que trabajaban en hospitales y labraban la tierra”, le contó a Crónica Tamara Evtushenko, de la Casa de Rusia de la Ciudad de Buenos Aires. Hacer un resumen de 300 años de gobierno de los zares no es sencillo, pero algunas características sirven para describir al período previo a la revolución de 1917.

Nicolás II, su esposa Alejandra y sus cinco hijos fueron fusilados en 1918.

Un punto central es el de las reformas. A mediados del siglo XIX, Alejandro II, abuelo del último de los zares, impulsó varios cambios, “el más importante es la abolición de la servidumbre, en 1861, cuando los campesinos fueron liberados pero no emancipados”. “Fue un transformador increíble, hasta que fue asesinado en un atentado en San Petersburgo, donde erigieron la iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada”, contó.

Además, describió a la Rusia de entonces como si fueran dos países: uno, el de la élite gobernante y, el otro, el de los campesinos. Unir esos dos mundos no era fácil. Más aún cuando gobernó Alejandro III, quien “atrasó el reloj político y no avanzó con las reformas”. “No hizo nada para cambiar la estructura de dos Rusias”, detalló Evtushenko.

Así, llegó 1894, año en el que Nicolas II asumió el poder. “El pueblo quería cambios, el problema es que el zar no escuchó. No estaba preparado para ellos”, expresó Evtushenko, quien describió a su familia como “un ejemplo de valores humanos”. “La familia trabajaba, las hijas trabajaban de enfermeras, participaban constantemente en la vida real, labraban la tierra. No estaban totalmente aislados de los problemas del pueblo”, señaló. Sin embargo, el zar “se aferró al poder absoluto, se sentía amenazado por algunas reformas”.

Distinta es la visión del licenciado en Historia Alexander Dementiev, quien habló de “populismo”. “El hospital en el Palacio de Invierno tenía lugar para 3.000 personas y ahí trabajaban las princesas y la zarina” durante la Primera Guerra Mundial, pero “en el frente había fallas en el suministro”. Esta problemática deriva de que Nicolas II se hizo cargo de absolutamente todos los asuntos del Estado, pese a la creciente oposición que tenía, por lo que Dementiev aseguró que su mirada mostraba “bastante miopía”.

En medio del gran descontento, el zar dejó el poder y, según Evtushenko, aunque pudo haber escapado junto a su familia, decidió quedarse en Rusia, lo que derivó en el fusilamiento “de la manera más cruel posible” del destituido zar, su esposa y sus cinco hijos, junto con algunos allegados, a mediados de 1918. No obstante, para Dementiev, la familia no emigró porque “nadie lo quería recibir”. “Su primo Jorge V de Inglaterra pensaba mucho en la opinión pública, entonces, por las posibles campañas de prensa y la mala reputación del zar, no recibió”, detalló el historiador. Pese a las polémicas, a principios de la década de 1980, la familia de Nicolas II fue canonizada como mártir por la Iglesia Ortodoxa.