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De a poco, casi sin darnos cuenta, todos estamos nadando en un mar de violencia. La locura callejera que padecemos en estos días de diciembre tiene correlato en los medios de comunicación, donde -y esto sí que es inédito- aparecen pseudo justificaciones a episodios que nos colocan en un paisaje digno de épocas sin civilización.

Durante la afiebrada jornada de debate y sanción de la ley de reforma previsional se produjeron heridos en todos los "bandos" y la ligaron también varios periodistas. Uno de los que suele resultar lesionado en estas lides es Julio Bazán, veterano de la profesión, y de quien no hace falta aquí presentación ni valoración sobre su carrera.

En el Congreso, que debería ser zona neutral de este belicismo autoprovocado que azota a los argentinos, el diputado Leopoldo Moreau sostuvo que "Bazán ha sido víctima del grupo en el que trabaja, que proclamó el periodismo de guerra". Por supuesto, hacía referencia al grupo empresarial de multimedios al que pertenece TN, endigándole además una responsabilidad casi exclusiva, ya que "fue uno de los que más alimentó durante años con sus zócalos esas manifestaciones que en las calles fueron generando un clima político de confrontación".

Lo infantil de tal postulado, sólo útil para los que no necesitan encontrar la verdad sino que simplemente esperan oír lo que confirma sus sospechas, ni merece una refutación. Esta semana también, Martín Lousteau fue increpado por un grupo de violentos durante una marcha contra la reforma del régimen jubilatorio del Banco de la Provincia de Buenos Aires.

De repente, las manifestaciones de rechazo a las que todo ciudadano tiene derecho cuando siente que están en peligro sus condiciones de vida, se convirtieron en el caldo de cultivo de los otros, esos que están "para pudrirla" y suelen ser marionetas de los que tienen el verdadero poder, ya sea en el gobierno de turno o en la oposición. Nada puede concebirse como explicación de una agresión, y en esto todavía nos falta mucho por andar como país.