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Corría el 23 de abril cuando Emilio Monzó, presidente de la Cámara de Diputados, hacía público que finalmente dejaría ese cargo, cansado del destrato político sufrido. En medio de la crisis política de Cambiemos, el presidente Mauricio Macri decidió hacer modificaciones a su esquema de poder, atento a la advertencia del bonaerense.

Entonces apareció la "mesa política". Ya no sería monopolio de Marcos Peña asesorar al presidente. Ahora, María Eugenia Vidal y Horacio Rodriguez Larreta "blanqueaban" sus diferencias. Se sumaba al radical Ernesto Sanz para evitar nuevos episodios de "fuego amigo" como el de las tarifas.

Todo eso se desarmó a poco de empezar. Macri se sentía cómodo con su anterior esquema, y los encuentros pasaron a ser casi de protocolo. Para el presidente, Peña seguía siendo como lo definió en algún momento: sus "ojos y oídos". Cuatro meses después, la disputa volvió a estallar. Y todo es peor. Si en abril se podía hablar de crisis, pensarlo en el contexto actual sería como preocuparse por un mal gasto meses atrás, cuando ahora llegar a fin de mes se hace ciertamente imposible.

No sólo en el ámbito económico, donde el FMI y el ajuste impactaron de lleno. También en esa nunca resuelta interna política, profundizada con los meses de descontrol. La respuesta fue un fin de semana de reflexión y reuniones buscando un nuevo sentido. Una vez más, la desprolijidad reinó en Olivos.

¿Acaso el jefe de gabinete sigue, pero sin poder real? ¿El ministerio de Economía se decidió porque otro no quiso agarrarlo? ¿Se ofrecieron cargos a aliados y cercanos, filtrandolos a la prensa para evaluar las reacciones de otros dirigentes? El gobierno empezará este lunes otra etapa.

Este lunes será una bisagra. Por el bien del país, que el presidente haya tomado una decisión y, al menos, se cierre la disputa interna. Sin unidad dentro de la coalición de gobierno, la titánica tarea de encauzar la economía será demasiado difícil.