Fin de semana largo. Gente desayunando en bares. Paseando por distintos rincones del país. Recorriendo paisajes lejanos a sus propios hogares. Almorzando en restaurantes. Comprando recuerdos en alguna tienda. Cenando un buen plato de comida típica del lugar visitado. Y regresando ya a reposar plácidamente en el hotel elegido. Disfrutando, para resumir.

Cuatro días locos, de jueves a domingo, para dejar atrás el estrés de poco más de medio año de trabajo en el lomo y recargar pilas para lo que queda del año. Cuando se dispuso que la celebración del 9 de julio incluiría el plus de un feriado con fines turísticos para el viernes, nadie de los que lo decidieron hubiera adivinado con qué país nos encontraríamos el día después del aniversario número 204 de nuestra independencia. 

Y acá estamos el 10 de julio de 2020. Con frío, esperable para la época del año, y con una angustia en el alma que va más allá de la cuestión climática. El país y el mundo cambiaron, no es ninguna novedad a esta altura. Y así como el jueves patrio desde el presidente Alberto Fernández para abajo todos los políticos y representantes de la Iglesia citaron a los próceres de 1816 en sus discursos, los funcionarios elegidos por el pueblo de hoy también tienen en sus manos una decisión tan importante como la que en aquel momento enfrentaron los muchachos que, según nos contaron en la escuela, usaban galera.

No pasa por independizarse o no de los españoles, sino por ver cómo se afronta un nuevo tramo de la pandemia después del 17 de julio en el AMBA y monitorear también cómo sigue la cuestión tras el rebrote de casos de coronavirus en otras regiones de Argentina. Dos decisiones que, si se mira un poco más en profundidad, comparten con la gesta histórica de antaño el precioso desafío de definir en qué país viviremos de acá en adelante

A siete días de otra fecha clave, ayer hubo sobradas muestras de que la gente no está tan mansamente entregada a seguir a rajatabla el aislamiento social, preventivo y obligatorio como ocurría allá por marzo, cuando por primera vez esa maldita palabra entró en el vocabulario diario de cada casa, o incluso en abril, mayo o hasta junio, con los respectivos bises anunciados desde Olivos.

Se acuerdan cuando era gracioso hacer chistes sobre por qué le decían cuarentena si iban a ser menos de cuarenta días. Bueno, ya hace rato que pasamos los 100 y contando. Y si de cifras hablamos, lamentablemente en breve a este paso vamos a llegar a los 100 mil casos positivos de coronavirus en el país. Cuesta tirar números sin pensar, aunque sea por unos segundos, que detrás de ellos hay gente que la pasó mal o que ya no está, como por ejemplo, las 1.749 personas que ya murieron en Argentina por el Covid-19.

Que son pocos con respecto a otros países de la región o del Primer Mundo o incluso frente a los que fallecen año a año por otras enfermedades es una de las pocas certezas que a un lado y al otro de la reaparecida grieta pueden compartir. La diferencia es que en un sector lo verán como un éxito insoslayable de la gestión política y sanitaria del gobierno actual. Y desde el otro, como una lenta agonía hacia una crisis que cuando termine de estallar dejará todavía más víctimas que la propia pandemia.

Desde los gobiernos que tienen a su cargo la decisión más pesada, es decir el Ejecutivo nacional, el porteño y el bonaerense, ya salieron a decir que los próximos días serán claves para definir cómo se sigue porque al cumplirse dos semanas de la cuarentena más estricta, empezarán a llegar también los resultados de ese quedarse adentro.

Las últimas jornadas entregaron varios días de récords batidos de contagios y decesos como si fueran parte de los Juegos Olímpicos que en este julio deberían haberse realizado en Tokio y que por la pandemia pasaron para 2021. Pero, y acá no pasa solo por los números sino también por las percepciones, de la mano de ese aumento en las cifras de infectados y muertos también hubo un, lógico a esta altura por el cansancio acumulado y la necesidad de salir a ganarse el pan, un crecimiento de la cantidad de bonaerenses del Conurbano y porteños que surcaron las calles del AMBA.

Es raro ver un partido completo sabiendo el resultado. En tiempos en que no hay fútbol en vivo en Argentina, uno de los canales de deportes decidió completar su programación pasando los encuentros del Mundial de Brasil. Hoy temprano pasaban la final con Alemania. Duele volver a vivir lo cerca que estuvimos de la gloria eterna y saber nuevamente por qué poco se nos escapó de las manos el título.

Es que por más que se crucen los dedos o se nombre a algún personaje mufa cuando el rival está atacando, no hay forma de que el árbitro italiano cobre penal por el golpazo que Neuer le dio en el área a Higuaín, que el "Pipita" o Messi metan las que se le fueron afuera por muy poco o que el "simpático" de Götze pifiara la única pelota que tiró adentro del arco en los últimos seis años. 

En esa perdimos. Ya está. Hoy el partido es otro para Argentina. Como ya venimos escribiendo viernes a viernes, está en nuestros gobernantes parar la pelota y hacerla rodar de la mejor manera para evitar la mayor cantidad de bajas posible, sea por el motivo que fuera. En otro julio patrio, los políticos de hoy tienen la chance de ser los próceres de mañana. De galera y bastón y jugando en equipo, preferiblemente, como más acá en el tiempo hacia el gran Bocha, para cerrar con otra referencia futbolera. Que sea otro julio histórico.

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