Por Ernesto Hadida
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@ernestohadida

Se dice que uno de los pocos consensos logrados por la sociedad argentina desde el regreso de la democracia en 1983 ha sido el del masivo apoyo que los argentinos le han dado al estado de derecho, que básicamente significa que los ciudadanos, sin privilegio alguno, deben someterse a un sistema de leyes escritas e instituciones ordenadas en torno a la supremacía de la Constitución.

También suele afirmarse que el hecho de que en la Argentina haya una participación efectiva y libre en el sistema democrático, donde todo ciudadano tiene una igual y real oportunidad de votar y donde todos los votos valen lo mismo, sumado a la amplia comprensión por parte de los votantes, para instruirse sobre las políticas públicas y sus consecuencias posibles, hace que la Argentina sea un Estado de derecho democrático, donde se garantiza el respeto de las libertades civiles, derechos humanos y garantías fundamentales, a través del establecimiento de una protección legal. Y donde, claro está, las autoridades están sujetas al cumplimiento de las normas del derecho.

Pero esta verdad, a la vista de lo que pasa en el mundo y en la Argentina, parece no ser tan sólida como se proclama.

En este contexto, sería bueno repensar cómo se construyen los acuerdos sociales de un pueblo a la luz de la teoría de "la espiral del silencio", idea propuesta en 1977 por la politóloga alemana Elisabet Noelle-Neumann.

De acuerdo con esta teoría, las personas adaptan su manera de comportarse en base a la de las mayorías. Esta conducta tiene su origen en el natural temor al aislamiento, que podría darse si se expresan opiniones percibidas como minoritarias, razón por la cual los individuos están constantemente "sondeando" el clima de la opinión pública, para determinar qué opiniones pueden o no expresar.

Así las cosas, la "espiral de silencio" es la forma que se arma en la opinión pública a medida que aquellos que tienen posiciones minoritarias se callan por miedo a ser aislados, en tanto las ideas percibidas como mayoritarias aumentan y se vuelven dominantes.

En este sentido, vale entonces preguntarse si la "espiral de silencio", en torno al consenso del estado de derecho democrático, no estará cada vez más convirtiéndose en una idea aislada, tapada por la opinión pública dominante, a la que muchas veces le importa poco el debido proceso, que asegura a los ciudadanos poder defenderse de los abusos del Estado.

En realidad, deberían ser los políticos quienes se opongan a que el estado de derecho democrático se convierta en un reality show, donde se decida la inocencia o culpabilidad de un acusado a través de los medios y no por las cortes. Porque, después de todo, la política también es educar cívicamente a la sociedad y la justicia es más importante que las encuestas.