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@Luisautalan
 
 
Ni siquiera en tiempos del resultadismo absoluto de las estadísticas hay datos que registren el riesgo país por la devaluación de la palabra. Incluso ejercitando el revisionismo, desde 1983 a la fecha, los discursos oficiales en campaña pegan banquinazos en relación con la realidad.

La dinámica del coaching tampoco sazonó con contenidos muchas fantasías expresadas en el objetivo de seducir al electorado u opinión pública. Esa disciplina de reforzar el énfasis de la expresión, potencia destrezas para un cometido, pero no un fin, y también es manta corta. Es la paradoja de que también tengan sabor a rancio los discursos de actos vividos en la escuela primaria, donde se y nos referíamos a nuestros próceres como impolutos, al prescindir de que su grandeza, un valor agregado, se trazó no desde la perfección, sino por el esfuerzo que dedicaron por la Patria desde su condición de hombres, lo cual no excluye errores.

La devaluación de la palabra es más grave en estos tiempos de recesión sin plazo fijo, pero estimada desde el optimismo para 6 meses y en formato mediano en 2 años. Hacia el "carrousel de medios" y redes sociales se establecen futuros de pobreza inexistente, rumbo correcto, de unidades utópicas y otras variantes para reforzar que el rumbo es correcto.

La devaluación de la palabra también se energiza cuando un gobierno corre a un costado la discusión con los sindicatos y los desafía a identificarse políticamente o los sitúa en el pasado y a contramano de lo mejor que vendrá, en pisoteo inocultable de que buenos, malos, regulares, grandes o chicos, esas organizaciones representan a trabajadores eje de mínimo respeto. En el mal uso de las palabras, incluso con funcionarios y legisladores del oficialismo gobernante proponiendo no tomar los dichos "literalmente", sobreviene una conclusión: nada bueno surge de la alquimia en la expresión frente a necesidades concretas e impostergables.