Un pianista muchas veces amenazado y encarcelado por su ideología se transformó en el amuleto y el santo de los músicos (y de los que la vida varó en sus insondables silencios) o como él mismo se reconocía en "la medallita del pueblo".

La cultura popular ha creado un arquetipo que ha destrozado la carrera artística y la vida personal a muchos: el mufa. Talentosos artistas han sido envueltos en este siniestro sayo nacido de la envidia, así se han eclipsado carreras y obras.

La maldad produce una superstición que hace que inseguros periodistas culpen de sus frustraciones a estos condenados artistas. De modo que dejan de difundir e invitar a los “yetas”. Sin embargo a veces a los malvados el tiro les sale por la culata y cuando la envidia los incita a darle el mote de mufa a un artista, por un extraño misterio, los vuelven símbolos de la buena suerte.

Algo así sucedió con Osvaldo Pugliese, quienes no se conformaron con perseguir y encarcelar por sus ideas políticas, además quisieron hacer de él un yeta. 

Pero don Osvaldo se convirtió en el milagrero de los músicos, en un santito de los que luchan por no perder su propia música, pese al ruido del mundo. Tanto es así que cada vez que Pugliese era detenido, su orquesta se presentaba con un clavel rojo sobre su piano solitario.

Era la contraseña con la que sus seguidores ingresaban a esos conciertos con una ausencia presente. Nadie podría asegurar de qué jardín se sacaba ese clavel aunque todos podríamos afirmar que esa flor nunca hubo marchitado.

De hecho nadie lo piensa como muchos claveles, se sueña como un mismo clavel, la misma antorcha, la misma paloma, la misma bandera, la única llave, como su música. En ese clavel rojo podría estar la cicuta que le hicieron beber al viejo griego y los clavos con los que crucificaron al redentor. Es decir, ese clavel viene de lejos, ese clavel perdurará por siempre.

Ese clavel rojo es el No necesario para decirle Sí a las mejores cosas de la vida. El mismo No que a la larga fue el SÍ de Sócrates, Cristo, Dorrego y tantos otros. Como ese clavel, la presencia de Pugliese se ha vuelto figura de la buena suerte. Son muchos los músicos que lo tienen retratado en sus guitarras, camarines, hasta tatuado en sus cuerpos. Su poder antimufa custodia a los artistas en sus retos más difíciles.

Charly García, León Gieco y tantos otros promueven a este santo de Villa Crespo, este milagrero de café, que custodia a los músicos desde esos “culodebotella’ que esconden detrás a dos ojos que parecen hormiguitas de pentagrama.

Tal vez a través de esos gruesos anteojos era posible ver ese otro mundo que soñaba, ese deseo que le hizo crear el sindicato de músicos, esos ideales que le otorgaron una claridad mental, un pensamiento antorcha: “La soberanía nacional se defiende también con la cultura”.

La vida de Osvaldo no fue fácil, pero él nunca estuvo solo, su dignidad fue lo que el bastón a Chaplin, o mejor dicho, su dignidad fue su otra música. Saúl Cascallar, compañero de cárcel del maestro, recuerda: “Pugliese estaba allí, y cuando le tocó barrer los pisos, la gente le decía: “No”. Pero él decía: “Yo también”, y él también pasaba el lampazo con todos los demás presos, y al otro día le tocó ir a la cocina a pelar papas. Y peló papas.”

Cómo extrañaría don Osvaldo a su piano en la celda, todo la música que acumularía en los silencios de calabozo ¿Pero acaso el que encierra al pájaro en la jaula, puede encerrar su canto? Ese hombrecito del piano se hizo gigante en la historia del tango y tuvo que padecer todo lo que anunciara Yupanqui en el destino de canto: “Si tú eres el elegido, si has sentido el reclamo de la tierra. Si comprendes su sombra, te espera. Una tremenda responsabilidad. Puede perseguirte la adversidad. Aquejarte el mal físico. Empobrecerte el medio, desconocerte el mundo. Pueden burlarse y negarte los otros. Pero es inútil, nada apagará la lumbre de tu antorcha. Porque no es sólo tuya. Es de la tierra, que te ha señalado”.

Osvaldo Pugliese, como tantos artistas populares que lograron alcanzar el alma de su pueblo (Antonio Tormo, Atahualpa Yupanqui, Mercedes Sosa, Horacio Guarany), tuvo que pasar por estas penurias, aunque el villacrespense consiguió lo que ninguno de los otros pudo: regresar como un santo.