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@egodoyvallejos

La reaparición mediática del ex presidente Carlos Menem generó indignación, ironías y mucha vergüenza ajena. El riojano aseguró, en una entrevista, que "en todos los gobiernos, salvo el mío, hubo corrupción". Opiniones al margen sobre su ego y, sobre todo, su salud mental, las declaraciones de quien condujo el país durante diez años y medio son el fiel reflejo de nuestra clase política.

El caudillo de Anillaco es, tal vez, el mayor símbolo de la corrupción desde la recuperación de la democracia, en 1983. La percepción de la gente sobre su desempeño en los 90 es que "vendieron las joyas de la abuela y se la llevaron toda". Menem, por cierto, tiene varias condenas en su contra y varios pedidos de sentencias. Todas, por escándalos de mal manejo de los bienes del Estado.

El actual presidente Mauricio Macri fue un gran admirador del ex patilludo y sus políticas económicas durante la última década del siglo XX. El propio líder del PRO aseguró, a comienzos del 2000, que Menem fue "el gran transformador". Sus transformaciones, es bueno recordar, tuvieron que ver con las privatizaciones, el achicamiento del Estado, el congelamiento de las jubilaciones, la destrucción de las pymes y el crecimiento de la desocupación hasta orillar el 20%.

Y es casi inevitable trazar un paralelismo entre ambos funcionarios. Mientras Menem triunfó con la promesa del "salariazo" y la "revolución productiva", el ex mandamás de Boca propuso trabajar para combatir la inflación y llegar a la Pobreza Cero. Sus pensamientos acerca de cómo el empresariado debía hacerse cargo del "management" del país y la consabida teoría del derrame, que no funcionó en ninguna parte del mundo porque ningún ejecutivo reparte sus ganancias extraordinarias con sus empleados.

La conclusión es simple: casi tres décadas después, Carlos Saúl pretende esconder la historia. El problema es que los argentinos tenemos poca memoria. Y como reza una vieja frase: un pueblo sin memoria está condenado a repetir los errores del pasado. No volvamos a equivocarnos.