Jorge Bergoglio no le gusta que besen su anillo. Antes de ser Papa, era una tradición a la cual se rehusaba, gentilmente, como obispo y cardenal. La jerarquía eclesiástica, durante años, tuvo costumbres reales, se creían miembros de una casta especial: príncipes de un poder superior, no servidores del pueblo como Jesús.

Por eso la costumbre, al saludarlos, era hacer una pequeña reverencia y besarles el anillo. Nada más lejos de Jesús que esta puesta en escena, quien vino a servir al otro, por eso hasta les lavaba los pies. Aquí radica el sentido del Jueves Santo. Era habitual que el anillo del Pescador, o piscatorio, fuera un anillo usado por el obispo de Roma, el sucesor de Pedro.

Cada pontífice usó un anillo de oro hecho con los restos del de su antecesor. En él se grababa un nuevo sello. La imagen es la de San Pedro pescando en un bote, bordeado por el nombre del Papa. Todo cambia. Con motivo de la renuncia de Benedicto XVI ocurrió algo sin antecedentes.

El anillo que le correspondía a él no fue destruido, sino marcado con una cruz, para evitar que se utilizara nuevamente. Francisco, fiel a su estilo, pidió que el nuevo anillo no fuera de oro macizo, sino más austero. Por eso lo encargó en plata dorada. En latín, el material se denomina argentum, que de pura coincidencia es la raíz del nombre de Argentina.

Un amigo cardenal lo encargó a un orfebre en Barcelona, tal cual lo pidió él: hexagonal, con una cruz en el centro y dos ángeles. Francisco lo tiene pero no lo usa. Sigue con el que tenía desde que fue obispo en Buenos Aires. El de cardenal, que sí es de oro y le fue entregado por Juan Pablo II, lo donó al museo de la Catedral Metropolitana.

En Roma, los días previos al cónclave y durante este, los precios de las sotanas oscilaban entre los ¡25.000 dólares! Los obispos las compraban. En la misma vidriera de Romagnoli, la tradicional sastrería sacra, estaba Giovanni, un indigente, implorando limosna: "Io fame" (yo hambre); ni lo miraban.

Los cardenales llegaban al cónclave en limusina. Bergoglio pasaba inadvertido, caminando y con un sobretodo negro que le llegaba casi a los zapatos para disimular el hábito de cardenal. Era el único que con su humildad no contrastaba con los pobres, que en esa misma manzana hacían largas colas para cenar en el comedor de la Madre Santa Teresa de Calcuta y se higienizaban, con un frío endemoniado, en la fontana de la puerta.

Nunca vi tanta opulencia ni oro como en esos hombres que se autollamaban de Dios. Las cadenas con las cruces eran casi gruesas como las que se usan para pasear un ovejero alemán, pero de 18 kilates. Pensaba para mí: "Acá urgente algo tiene que cambiar". Había miles de personas, sin paz, ni pan, ni trabajo en Roma. Que se sumaban a los millones que rondaban por el mundo.

En una de sus ultimas homilías en Buenos Aires había dicho: "El pueblo necesita sacerdotes ungidos, que sepan salir de su autocomplacencia y se entreguen en gestos de bondad". En el Vaticano no se veía nada de esto. La indiferencia ante la pobreza era paralizante. A quien no le iba a resultar indiferente era a Bergoglio.

En más de una oportunidad, en nuestras charlas, le comenté el rechazo que me generaba cómo se regodeaban algunos obispos y cardenales cuando los fieles les besaban el anillo. Coincidíamos. Por eso cuando nos abrazamos en el "baci mano", ni se me cruzó por la cabeza besar el anillo. Son años.

A los pocos días de su asunción el 19 de marzo, la jerarquía eclesiástica comenzó a imitarlo, no le quedaban demasiadas opciones. Fue desapareciendo el oro del cuello, las manos. Las cadenas fueron reemplazadas por cordones de seda. Las tiendas de hábitos caros se fueron quedando sin clientes. Nadie se va a atrever a contradecir a su Santidad. Los mismos fieles se encargan de denunciarlos. Todo pasa. Esos tiempos lujosos, desvergonzados, también iban a pasar.

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