Una misa en la Catedral

Opinión por Alicia Barrios. 

Seis años después, la Catedral Metropolitana abrió sus puertas para celebrar con una misa el aniversario de Francisco Papa. No había obispos, todos están de retiro en La Montonera, de Pilar. Este lugar fue y nunca dejará de ser su casa. Se respira, palpa, camina, el estilo bergogliano de un lugar que conserva y preserva eso que él quería. Las piras rebosantes de agua bendita, todas las devociones al alcance de la mano.

La música en vivo, de esos órganos que se cantan solos. No está, pero está. Alcanza con mirar la capilla de San José, donde rezaba con esa fe que tienen aquellos que están convencidos de que Dios los escucha. La tumba de su antecesor, Antonio Quarracino, quien tuvo el ojo clínico de nombrarlo su sucesor.

Allí permanecía en silencio y vaya a saber qué le estaría contando. Era un rincón de meditación para él. La misma Santa Teresita, en talla de madera, sigue presidiendo la entrada a la sacristía. Siempre la saludaba, tenía asistencia perfecta. Se lo extraña. Mucho. Ahí en el altar donde se lee la palabra de Dios falta su mirada atenta, casi reverencial.

Los peregrinos visitan el Museo, que a quién se le iba a ocurrir que iba a existir este lugar que pueblan los fieles de aquí y de todo el mundo. A las 12.30 comenzó la misa, presidida por el padre Ricardo Daniel Medina, vicario de Justicia de la Arquidiócesis de Buenos Aires, y concelebró el padre Alejandro Russo, rector del Templo.

Russo es el alma de la catedral, que está mantenida, conservada y con todos los oficios religiosos que no se suspenden por mal tiempo ni por las marchas de Plaza de Mayo. De eso se hablaba este miércoles, todos lo elogiaban, estaría bueno que se lo digan a él. En todas las parroquias de la Argentina, las catedrales, basílicas y conventos, este miercoles se rezó por Francisco.

Él, como es su tradición en Roma, esta fecha, los años, prefiere pasarla lo más inadvertido que puede en el monasterio de los benedictinos, con sus hermanos, entregado a los ejercicios espirituales, la meditación, reflexión. No es un hombre de festejos. Es austero de espíritu también. Quienes lo conocen bien sabían que no se le escapó nunca nada.

Quería enterarse de todo hasta en los mínimos detalles. De pronto podía aparecer sentado en uno de los bancos de la nave principal, como uno más, antes de comenzar la ceremonia. No a pocos los sorprendía. Cuántas veces, miles, rezaban junto al resplandor de las velas. En el atrio donde siempre saludaba al pueblo de Dios algunos solían confundirse, le decían "padre" y le pedían disculpas.

Él respondía: "Está muy bien que me llame así, porque la palabra cardenal no figura en la Biblia". Inagotable para bendecir, le comenté: "Cómo te gusta trabajar de cura", y me contestó: "Es lo que más me gusta, yo no estudié para obispo".  Jorge Bergoglio de Buenos Aires, la ciudad de sus amores, su lugar en el mundo, que quedó impregnada de su impronta para siempre.

Tiene su sello, que flota en San Cayetano, Lourdes, San José de Flores, las medialunas de grasa con el café con leche en la Puerto Rico, las cárceles, hospitales. En cada Jueves Santo, invadido de humildad, lavaba, secaba y besaba los pies por la ciudad. Tiene en su cuarto de Santa Marta la voz de Ada Falcón, su cantante favorita, es la liturgia pero eso no es excluyente del tango

. Canta a dúo con ella: "Yo no sé qué me han hecho tus ojos", "Yira yira", "Ventarrón", "La morocha", sólo por citar algunos.Francisco es el Papa del mundo. Salgo de la catedral pensando en él y canturreando para mí lo recuerdo: "Te acordás hermano qué tiempos aquellos, la vida nos daba la misma lección".

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