Jamás habrá otra igual
De los humildes contemporáneos a Evita y de sus descendientes. Evita fue una de las mujeres más queridas en el mundo por su tarea de ayudar. Nunca dejó de dar una mano, no sólo en el país sino también fuera de él.
Pasaron ya 71 años desde que Eva Perón entró en la inmortalidad, pero aún hoy en hogares y ranchos del país continúa viéndose su fotografía como expresión de sincero agradecimiento.
Un 26 de julio de 1952, una de las mujeres más extraordinarias de la Argentina y de este mundo cerraba sus ojos tras haber cambiado la historia de un país, entregando su cuerpo y su alma a la ayuda constante a los necesitados. María Eva Duarte de Perón, después Evita para siempre, moría a los 33 años. Esa mujer que fue insultada, vapuleada, castigada por aquellos que nunca quisieron a los de abajo, a los que transpiran y se rompen el lomo por trabajar.
Dejó de sufrir tras una agonía cruel, devorada por un cáncer. La abrumadora mayoría de compatriotas que vio esa palabra pintada en las paredes rechazó de cuajo esta actitud, pero cierta parte de la comunidad, por el contrario, la aplaudió. No hizo más que demostrar el odio hacia esa mujer que protegió a los vulnerables.
Nunca vistoEva Perón, a quien se amaba y se odiaba, murió a las 20.25, exactamente, y el carrillón de Plaza de Mayo fijó las dos agujas del reloj en ese horario por mucho tiempo.
Apenas unos instantes después, Carlos Furlong, el locutor oficial de Radio del Estado, hizo el anuncio de la infausta nueva. Desde ese mismo momento el país se enlutó totalmente y se vio lo que nunca pudo igualarse. La impresionante procesión de gente que desfiló ante el velatorio de la gran mujer que se llevó a cabo en el Congreso y en la CGT. El paso de la multitud que vino de casi todo el mundo, e inclusive hubo muchos que lo hicieron caminando desde el interior del país. Nunca se vio un entierro tan impresionante como el de Evita. Nadie lo pudo igualar. Quizás más de 20 años después lo haya hecho el de su esposo, el del general Juan Domingo Perón.
Evita fue sin duda una de las mujeres más queridas en el mundo por su tarea de ayudar. Nunca dejó de dar una mano, no sólo en el país sino también fuera de él. La Fundación Eva Perón, que presidió, la convirtió en una especie de vicepresidenta. Lo que no pudo ser en lo formal lo conquistó con su tarea imparable en la fundación.
Los esfuerzos realizados llevaron a que se olvidara de cuidar su salud y, aunque no quisieron decírselo debieron protegerla con mentiras y demás pretextos en momentos en que ella desfallecía por el avance de la enfermedad. Se enfermó y comenzó su calvario. vita era el motorcito que tenía Perón en acción de gobernar.
Cuántas veces hubo polémica en ámbitos laborales porque ciertas situaciones generaban disconformidad y allí Evita aparecía en el lugar del conflicto para defender al Presidente y decir, por ejemplo: “Ustedes... ahora confrontan con Perón cuando es el momento de ayudarlo”. Y no cejaba en su réplica de pedir cordura para alguien “que siempre los ha ayudado”.
Evita estaba siempre rodeada de trabajadores en el Concejo Deliberante donde atendía. Allí, junto con su verdadero secretario, como fue el senador Rodolfo Decker, se dedicó a solucionar todos los problemas sociales que surgían.
Nadie se quedaba sin trabajo, como tampoco sin la famosa máquina de coser Singer con la cual las mujeres podían trabajar desde su casa, ganarse un ingreso y recibir todo el apoyo que no habían tenido nunca. Contaba Decker que terminaba de trabajar Evita casi a las cinco de la mañana y se iban a la residencia de Alvear o a Olivos. Ingresaban al sector y allí Evita les pedía a él y a sus secretarios que no hicieran ruido porque “el General está durmiendo y si se despierta nos mata a todos”.
“No, Juan, me quedo”Cuatro de la mañana de un día de semana. Periodistas instalados en la Sala de Trabajo de la Casa Rosada. Nos habían pedido que nos quedáramos allí porque el presidente Perón a esa hora aún estaba en la Casa Rosada. Cruzamos luego la Plaza de Mayo por el camino de Hipólito Yrigoyen hasta Perú y allí entramos al edificio que actualmente es de la Legislatura porteña. Gran cantidad de personas, no sólo de la Capital, sino del interior del país. Junto con Decker, Eva Perón atendía a todo el mundo: chicos, jóvenes y ancianos.
Muchas mujeres eran invitadas a pasar para que las revisaran los médicos y tomarán, a esa hora, las cuatro de la mañana, un café con leche. Para los niños menores de dos años, leche fresca y alimentos.
Perón se acercó a Evita y en bajo tono le dijo: “Es tarde, Negrita, vamos a descansar”. La abnegada mujer lo miró, le tomó la mano y con cálida caricia le contestó: “No, Juan... Me quedo.... aún me falta atender a toda esta gente”. Sin que el General le respondiera, añadió: “Andá vos y decile a la gente de la cocina que me deje las milanesas en la heladera”. El presidente miró a los periodistas y a la multitud que llenaba el recinto y sólo contestó: “Es imposible sacarla”.
Así fue. Recién minutos después de las seis de la mañana la abanderada de los humildes se fue a la residencia de la avenida Alvear. Esto ocurría casi todos los días. La lucha por realizar un programa que beneficiara a los trabajadores siempre brilló en la acción de Eva Perón. También la lucha por su salud fue tremenda. Oscar Ivanissevich, que era un reconocido médico, cumpliendo la función de ministro de Educación, le aconsejaba siempre que se examinara. Nunca le hizo caso. Inclusive en algún instante cotidiano le respondió de mala manera. No quería que le recordaran que podía estar enferma.
Los periodistas acreditados en la Casa de Gobierno tuvimos la oportunidad de almorzar con el general Perón y la excepcional mujer en la Quinta de Olivos. Allí se la vio con buen ánimo. Un exquisito asado ofreció Perón a la prensa.
Allí se reunieron verdaderos exponentes de nuestra música popular. Nos vimos allí con Hugo del Carril, Mariano Mores, Antonio Tormo, Nelly Omar, Alberto Castillo y otros. Mientras se almorzaba, alguno de los presentes, con el instrumento apropiado, interpretaba los éxitos del momento.
Les cuento con absoluta objetividad. Me animé a levantarme y acercarme a Evita, que estaba degustando un pedacito de lomo. Le dije más o menos así: “Señora... disculpe: ¿qué tango le gusta?”. Me miró, sonrió un instante y respondió: “Me encanta el tango ‘Uno’”. Sin duda una joya de nuestra música popular, construido por dos glorias de nuestra cultura popular: Enrique Santos Discépolo y Mariano Mores. Seguramente alguien comentó este pedido mío y llegó a oídos de dos grandes de nuestra música ciudadana: el autor, Marianito, y el gran cantor: Hugo del Carril. Al ratito nomás, con las manos en el teclado y la voz pegada al micrófono, ambos accedieron a regalarle a la audiencia presente ese tango que sigue siendo éxito.
Desde todos los rincones del país y desde el exterior se siguió la tarea de Evita. Nunca será olvidada por lo que hizo por los desvalidos. Nadie hizo lo que ella. Murió por su pueblo. Nunca le negó ayuda a nadie. Luchó por Perón desde el primer momento en que lo conoció. Puso todo para dar y nadie podrá igualarla. Seguramente muchos militantes peronistas evocarán hoy a quien fuera la Jefa Espiritual de la Nación. Recuérdese que, tiempo después de su fallecimiento, muchos que la combatieron le pidieron perdón. Evita seguirá siendo única.

