Ropa usada: la tendencia que impone la crisis y un rebusque para escapar de la malaria
La venta de ropa usada y por kilo no es sólo un negocio, es el síntoma de una sociedad que invierte en creatividad para enfrentar restricciones estructurales en su vida cotidiana.
En medio de la fuerte recesión y el notable deterioro del poder adquisitivo de los hogares argentinos, las ferias de ropa usada y los emprendimientos de vestimenta por kilo emergen como un contenedor económico y social para miles de personas en la ciudad de Buenos Aires y el conurbano. Lo que comenzó como una respuesta a la crisis del 2001 se reconstruye hoy frente a un desempleo que supera el 7,9% en el primer trimestre de 2025 y llega a niveles alarmantes de informalidad laboral.
En ese sentido, el Gran Buenos Aires una de las zonas más afectadas, con un 9,1% de desocupación. Ante este panorama de precariedad, un porcentaje creciente de trabajadores se vuelca al autoempleo: la venta ambulante y la explotación de ferias se consolidan como una alternativa para recuperar ingresos.
En plazas porteñas y del conurbano, la oferta de ropa usada crece exponencialmente. Muchos de los puesteros sostienen su sustento familiar vendiendo prendas que consiguen por donaciones, rescates de placares y hasta compra de pilchas usadas en la calle.
Estas ferias funcionan como espacios comunitarios, donde se combinan necesidades económicas con intercambio social y resguardo frente al consumo tradicional. Así, la venta de ropa usada y por kilo no es sólo un negocio; es el síntoma de una sociedad que invierte en creatividad para enfrentar restricciones estructurales en su vida cotidiana.
Algunas de esas ferias crecieron hasta niveles exponenciales, como la de Parque Centenario, en el corazón de Caballito, y la de la plaza Ejército de los Andes, en el barrio de Chacarita. También es conocida la de Parque Saavedra (zona norte de CABA) y en otros barrios del sur de la ciudad. Y en el conurbano, mientras tanto, la tendencia se hizo fuerte. Son muy visitadas la denominada Feria Bomberos, en San Isidro, y la de Morón.
En paralelo, nuevos modelos de negocio se consolidan, como los locales que ofrecen ropa colgada y curada a un valor fijo por peso, como la comida que compran los oficinistas en el centro. Este sistema adopta una dinámica comunitaria: dos personas pueden juntar prendas por kilo, sumando hasta dos accesorios, lo que se complementa con la transparencia del precio al instante.
Los vendedores señalan que logran rescatar las prendas y de paso incentivar la moda circular. La mayor claridad y diversión de este sistema explica por qué tiene crecientes seguidores entre jóvenes y adultos.
La diferencia entre la ropa usada y la nueva disponible en comercios tradicionales o shoppings es abismal. Una prenda básica en un local de primera línea puede costar entre $50.000 y $100.000, dependiendo de la marca, mientras que en las ferias usadas una campera o un par de zapatillas puede oscilar entre $5.000 y $8.000, y un pantalón de jean usado en $10.000.
Pagá como puedasAsí, el consumidor que recorre la feria logra ahorrar entre un 60% y un 90% frente a la ropa nueva. Además se puede comprar sin efectivo, usando transferencias o billeteras electrónicas.
El economista y docente universitario Gustavo Ludmer explicó que "desde fines de 2022, la ropa viene abaratándose en términos relativos: sus precios suben menos que el nivel general de precios de la economía. Pero igual se hace difícil comprarla: la gente no llega a fin de mes porque los gastos fijos aumentaron muchísimo".
Más allá de la economía, la compra y venta de ropa usada es también es una estrategia de supervivencia, una forma de permitir que cientos de miles de personas sigan teniendo acceso a ropa de calidad. Es también un rebusque colectivo, crudo pero ingenioso, para asegurar vestimenta con dignidad.

