Por Ricardo Filighera
@Rfilighera

Realidad, verismo, fortaleza heroica, exilios y leyenda se yerguen en torno a la historia del Graf Spee, el gran crucero pesado alemán que en los albores de la segunda contienda mundial fue abatido en las aguas del Río de la Plata frente a tres cruceros británicos.

Puntualmente, el Graf Spee había sido enviado al océano Atlántico con el objetivo de neutralizar todos los buques mercantes del enemigo. Así dadas las cosas, durante dos meses de 1939 sembró de pánico en su ruta y destruyó nueve barcos. Sin embargo, aquella serie de triunfos al hilo iba a tener una vuelta de taba impensada el 13 de diciembre de 1939, en lo que se denominó “la batalla del Río de la Plata”.

De la citada batalla participaron los cruceros ligeros HMS Ajax y HMS Achilles y el crucero pesado HMS Exeter (británicos), que atacaron, sin darle tregua alguna, al Graf Spee. La encarnizada batalla se desarrolló por espacio de más de dos horas. El contundente material bélico utilizado dejó profundos daños en todos los buques.


No obstante, Hans Langsdorff, capitán del buque alemán, decidió retirarse al puerto de Montevideo con el último intento de hacer reparaciones y bajar a los heridos. La reseña histórica da cuenta de que el Graf Spee permaneció en la costa uruguaya durante 72 horas, plazo que las autoridades le dieron al buque para abandonar sus aguas. Contra reloj, frente este panorama y presionado por falsa información que aseguraba que se acercaban barcos enemigos, el 17 de diciembre el capitán Hans Langsdorff hizo explotar el acorazado para impedir que cayera en manos enemigas.

El mar se tragó al gran buque germano, y con él al único episodio de la Segunda Guerra Mundial que se desarrolló en América del Sur.

Relato en primera persona
Parte de los acontecimientos históricos relatados por un sobreviviente del histórico submarino alemán, el marinero Rudolf Muller, en su libro de memorias, quién vivió, posteriormente, en las villas de la serranía cordobesa.

Escena 1
“A mí me incorporaron a la marina de guerra cuando ya se había iniciado la invasión a Polonia. Por aquel entonces, como ocurrió hasta el último momento, el pueblo alemán estaba fanatizado con Hitler. El Führer era para todos el ‘predestinado’, el hombre que habría de conducir a Alemania a un destino rector de la humanidad. El país estaba económica y militarmente preparado para la revancha con su tradicional antagonista, Francia”.

Escena 2
“El Graf Spee, gemelo del Deustchaland y del Admiral Scheer, eran verdaderos alardes de ingeniería naval, tanto por la potencia de sus fuegos como por su velocidad, si tenemos en cuenta que estaban equipados por siete motores Diesel de 7.000 caballos de fuerza. Con unidades de este tipo, capaces de desarrollar 28 nudos por hora y con su artillería pesada, equipada con las más modernas instalaciones automáticas, la escuadra enemiga estaba destinada a desaparecer”.



Escena 3
“Poco después se dio la orden de la formación en cubierta, por el silbato del suboficial en servicio. Estábamos ansiosos por respirar aire profundo. Nos hallábamos aún en aguas jurisdiccionales. Nuestro barco estaba asido con gruesas amarras a un remolcador que se iba abriendo paso en un verdadero laberinto de embarcaciones menores, boyas y pontones. La revista duró escasamente 15 minutos. Cuando apareció el capitán Hans Langsdorff nos pusimos en posición de firmes. Yo ocupaba uno de los últimos puestos de mi escuadra. El capitán nos hizo una cálida arenga”.

Escena 4
“El comandante Langsdorff, cuyo nombre habría de figurar más tarde en la primera plana de todos los diarios del mundo, no era un hombre vulgar. Sus ojos claros eran vivaces e inteligentes y ejercían un extraño poder hipnótico. Una profunda arruga en la frente espaciosa acusaba sus preocupaciones o acaso daba la dimensión de su enorme responsabilidad como conductor de esa fortaleza flotante, en la que se cifraban las más altas expectativas de la ingeniería naval alemana”.

Escena 5
“El trajín del servicio cobraba un ritmo febril. Iban y venían las órdenes, transmitidas ya por altavoces o silbatos, cuando no por estentóreos gritos. Lo cierto es que todo el mundo algo tenía que hacer sobre cubierta, ya fuera engrasando los engranajes de los lanzatorpedos o simplemente asegurando los proyectores eléctricos, los tensores y las planchas blindadas”.

Escena 6
“Ha estallado la guerra contra Inglaterra, dijo una emisora desde tierra. El capitán Langsdorff vino como una exhalación, sin gorra y en mangas de camisa. Dio algunas instrucciones, se comunicó telefónicamente con el timonel y la sala de máquinas y se reforzó la guardia. Al día siguiente, la noticia era un secreto a voces. Se había ido propalando como reguero de pólvora. Hacía ya tiempo que el barco había dejado atrás la costa europea y navegábamos con rumbo al Occidente, en pleno océano Atlántico. Ya se había dado la orden de cambiar nuestras ropas de lana y algodón por otras más livianas”.
EL MOMENTO MÁS ÁLGIDO DE LA BATALLA PARA EL GRAF SPEE. EN LLAMAS Y TRATANDO DE LLEGAR A LA COSTA URUGUAYA.


Escena 7
“Hans Langsdorff fue lacónico. Dijo que habíamos ingresado en el radio de operaciones y que el Graf Spee, orgullo de la ingeniería naval alemana, iba a tener su bautismo de fuego con la dignidad y el valor tradicional de la marina alemana. Estábamos en las postrimerías de septiembre y los días, a la sazón, en la zona del Ecuador eran más largos. Mientras miraba el cielo, apenas surcado de tarde en tarde por alguna nube fugitiva y uno que otro albatros planeando graciosamente hasta posarse en la arboladura, vibró en mis oídos la estridencia de un potente silbido”.

Escena 8
“El Graf Spee tenía un objetivo que cumplir y no podía disminuir la velocidad ni modificar el rumbo. Por eso se empeñó el capitán Langsdorff en capear el temporal, manteniendo el barco de proa contra el viento y el oleaje. El agua había penetrado al fondo de algunas bodegas, se desgarró el cobertizo del hidroavión de reconocimiento y uno de los botes, quizá mal amarrado, voló por los aires en el ámbito de sombras. La tempestad se había desencadenado pero el barco mantenía su posición sobre los pliegues del abismo sin dimensión. ¿Cuánto duró aquella lucha sin cuartel? No lo sé a ciencia cierta y sólo recuerdo que estábamos empapados por los manojos de lluvia”.

Escena 9
“Era el 30 de septiembre y nuestra proa señalaba el noroeste. Nos hallábamos ante la presencia de un barco mercante que más tarde supimos que se trataba del Clement, una nave con más de 5.000 toneladas de registro bruto, que con procedencia del Brasil se dirigía hacia Gran Bretaña. Nuestro barco había ordenado por radiotelegrafía detener su marcha al Clement, que no tuvo más remedio que obedecer al reparar en el impresionante aspecto de nuestros cañones. El barco enemigo había sido obediente a nuestras acciones. Se verificaron ciertos documentos que se introdujeron en un portafolios y el bote emprendió el regreso con todos los hombres a bordo. Los movimientos se cumplieron con matemática precisión. Fue entonces que por primera vez vi funcionar los tubos de lanzatorpedos. Después se hizo accionar la artillería pesada. Se echó sobre proa como un pato zambullidor. La operación se había cumplido en tiempo récord”.

Escena 10
“Había transcurrido ya el almuerzo cuando el ayudante telegrafista llegó con una noticia alarmante. Habíamos perdido contacto con el hidroavión. Lo más grave era que su reserva de gasolina apenas le permitiría una hora más de vuelo.

No podíamos permanecer más en esa posición de angustiosa expectativa, suponíamos que el Graf Spee debía continuar con su rumbo. ¡Barco a la vista!, un contramaestre accionó su potente silbato. Cundió el alboroto y el pánico. Se hicieron algunas señales luminosas sin respuesta. Poco después, la incógnita se revelaba. Era nuestro hidroavión que había amerizado. El capitán Langsdorff se hizo cargo de la situación y ordenó atracar junto al hidroavión que fue enganchado por una potente grúa de a bordo y fue subido sobre cubierta como un enorme pájaro herido”.



Escena 11
“Nos hallábamos a unas cien millas del Cabo de Buena Esperanza y esa ruta era frecuentada por los cargueros británicos procedentes de los puertos sudamericanos. Al tope flameaba la bandera de Grecia, país que se había mantenido alejado del conflicto. Ambos barcos detuvieron su marcha y se le indicó al barco vecino que no debían telegrafiar. Observamos que en el pasaje había algunas mujeres que agitaban el pañuelo como si nos desearan buena suerte.

Por otra parte, nuestros telegrafistas oían todas las transmisiones de los barcos enemigos. Era un luminoso amanecer, de transparente atmósfera, cuando nos enteramos de la proximidad de un barco. El blanco comenzó a insinuarse como una espesa nube de humo. Ni corto ni perezoso, nuestro capitán trató de impedir que el carguero añadiera la coordenada de longitud y latitud y sus propias características. ‘¡Deje de telegrafiar o lo hundimos!’. Se trataba del Newton Beach, matriculado con 7.000 toneladas de registro y una tripulación de cuarenta hombres.

El cargamento consistía en maíz a granel, procedentes de varios puertos sudamericanos. Trabajo de rutina: se secuestró la documentación y como el maíz no nos interesaba se lo obsequiamos a la fauna marina. Luego, volaron por los aires la arboladura, el velamen, parte del castillo de proa y de la cubierta, pero el barco no se hundió. La carga de maíz, por ser flotante, retardaba la caída vertical a las profundidades. La tripulación, en consecuencia, fue cautiva y se provino guardar distancia con el grupo de prisioneros”.

Escena 12
“Hacía tiempo que habíamos abandonado la línea del Ecuador y el trópico de Capricornio. Enfilábamos hacia el sur con una ligera variación hacia el este. Navegábamos hacia la punta africana donde desembocan las aguas del río Orange. A través del micrófono se escuchó: ¡Barco a la vista! Luego se ubicó la silueta de un casco y tres mástiles. A través de los prismáticos se observó que al tope del mástil flameaba la bandera japonesa. Los japoneses son gente amable y cordiales. Su recelo hacia Norteamérica nos acercaba. La visita de nuestros emisarios hacia su barco fue de cortesía. Nuestros enviados regresaron, luego, con cajas de whisky y cigarrillos”.



Escena 13
“El desperfecto de nuestros motores había sido reparado y ahora navegábamos con suficiente combustible. El 10 de octubre avistamos cuatro mástiles. Se trataba de un mercante enemigo, aunque no sabíamos a ciencia cierta si estaba artillado. Después supimos que se trataba del Huntsman, procedente del Asia y con cerca de 10.000 toneladas de registro bruto y que iba en la búsqueda del puerto de Dakar.

La mayoría era gente de color y poco sabían de estrategia militar. Nuestra brigada cumplió sin tropiezo su cometido. Ahora, ¿hacia dónde nos dirigíamos? Supusimos que íbamos haciendo un largo rodeo por el Atlántico Norte y el mar Báltico.

Avistamos otra vez al Altmark. Posteriormente, el 22 de octubre avistamos al Trevianon, un carguero con 6.000 toneladas de registro, barco moderno recién incorporado a la flota mercante. El mercante navegaba solo y a todo vapor. La presencia de nuestro pájaro mecánico había sido advertida como un peligro inminente y el barco comenzó a telegrafiar. Tratamos de interferir su mensaje pero fue en vano.

Seguía avanzando y telegrafiando. No hubo más remedio que hacer puntería y convertido en añicos saltó el mascarón de proa. El obstinado capitán, entonces, cedió su fuga. Se aceleraron las maniobras del traslado de pasajeros. El cargamento consistía en minerales de estaño, zinc y plomo de buena ley, destinado a las fábricas de municiones británicas. Procedía de Bolivia y había sido embarcado en el puerto chileno de Arica. En los sacos de arpillera figuraba la leyenda Patiño Midnes. El amo de Bolivia. Fue un alto triunfo militar pues se restaba al enemigo millones de balas.

De repente, un grito de horror cuando perdió el equilibrio uno de los prisioneros y cayó al agua. La fuerza del oleaje lo llevaba mar afuera. Aunque nuestros hombres estaban destinados a la estricta disciplina militar, un ayudante de cocina llamado Hartman se arrojó al agua sin medir distancia alguna entre camarada y enemigo. El mar infectado de tiburones alcanzó al infeliz marinero”.

Escena 14
“En noviembre, navegábamos frente a las costas del Congo Belga, entre el trópico de Capricornio y la línea de Ecuador y la noche se presentaba clara y calurosa, con una enorme luna en cuarto creciente. Habíamos entrado al día siguiente en diciembre y comenzó a rumorearse que la Navidad no pasaría desapercibida. Ya teníamos acumulado una gran provisión de pavos congelados, whisky y hasta vino espumante incautado a bordo de los barcos mercantes. Faltaban 25 días y eran aún muchas las aventuras que se debían transitar.

Ese día volvió a entrar en acción el hidroavión. Y trajo una novedad. Había avistado un barco de alto bordo. Se trataba del Doris Star, un carguero de 10.000 toneladas al que no le dimos la posibilidad de fugarse ni tampoco de telegrafiar. La tripulación estaba integrada por 80 marineros y 5 mujeres. Se trataba de un elenco de bailarines y bailarinas españolas que se habían atrevido a viajar en una embarcación beligerante. Hicieron un largo itinerario por el Litoral Pacífico y se habían embarcado en el puerto de Buenos Aires.

A las muchachas, luego se les destinó un camarote de la oficialidad. Al día siguiente ya estaban aclimatadas. Esa misma tarde apareció en cubierta una vivaz ardillita. Había sido introducida desde una de las maletas, burlando nuestra severa vigilancia. El capitán dijo que la ardillita puede permanecer a bordo, siempre y cuando no altere la correspondiente disciplina”.

Escena 15
“Después de la aventura del Doris Star creció la temperatura y la atmósfera fue sofocante. Nuestra nave cambió de rumbo y se dirigió a las costas americanas. El transmisor de nuestro hidroavión daba cuenta de un mensaje de urgencia. Pero la transmisión quedó interrumpida y se acrecentó la angustia. Nuestro receptor había fallado. El mensaje fue descifrado en forma de clave: navegaban barcos de guerra por barlovento. Los cruceros eran británicos. Y regresó el hidroavión. A las horas, barco a la vista, sin embargo no funcionaba la campana eléctrica.

Luego se supo de un desperfecto en su instalación. Esta vez era la ardillita que había quedado aprisionada entre los cables eléctricos y había tratado de cortar un cable. El desperfecto se solucionó y la ardillita corrió hasta el camarote de las cantantes españolas”.

Escena 16
“Después del hundimiento del Tairoa desaparecimos de aquellas aguas tratando de eludir a los cruceros enemigos. Mientras tanto, avanzaba la estación estival. El sol prodigaba sus rayos ardientes. Los prisioneros ingleses tratando de imponer una superioridad de raza derivó en una suerte de motín. Superado el incidente, se evidenció luego que el Graf Spee no podía desarrollar su estado de máxima velocidad. Luego un crucero y dos mercantes pusieron en jaque nuestra estrategia de defensa y máxima convicción militar. Y se anuló su línea de combate con la fuerza de nuestros cañones. Pero la cosa no nos iba a dar tregua. Después íbamos a tener en frente a tres poderosas naves enemigas: el acorazado Exeter y los cruceros Ajax y Achilles.

El Graf Spee confiaba en su fuerza militar y no iba a rehusar el combate. La reacción del enemigo fue casi instantánea. Uno de los proyectiles hizo volar nuestra manguera de ventilación. La lucha se nos presentaba desigual. A todo esto, el capitán Langsdorff visitó el hospital, dando una palabra de aliento. Yo observé su gesto de preocupación. Ya había tomado su tremenda decisión, compulsando la capacidad de nuestros motores, las reservas de municiones, víveres y combustibles y aquellos terribles agujeros en el casco que ponían en duda nuestra estabilidad. Venían a nuestro encuentro, nada más ni nada menos, que un portaaviones y dos cruceros de batalla.

Los heridos empeoraban. La fiebre les quemaba las entrañas y les secaba los labios y la garganta. La temperatura era insoportable. La cubierta, con el blindaje recalentado, daba la sensación de un horno, el interior parecía un remedo del infierno, donde se apiñaban todos los que habían perdido la esperanza de sobrevivir. El Graf Spee redoblaba también la apuesta. Sin embargo, otro impacto obturó nuestro casco, casi a ras de cubierta. ‘Les vamos a enseñar a estos perros quiénes son los marinos del Graf Spee’, dijimos casi al unísono... Sin embargo, estos endemoniados ingleses nos van a acribillar. En la pelea se ponía a prueba nuestra eficiencia en las armas mecánicas. Luego, el Exeter nos hace impacto en nuestro casco de acero. El momento era realmente dramático.

El Graf Spee viró 150 grados hacia babor poniendo distancia de sus agresores. La costa de América estaba a poco más de doscientas millas. La maniobra era audaz pero confiábamos en la pericia. La maniobra fue dirigida hábilmente por el capitán. Después, fuego devastador desde el Ajax. El proyectil había arrasado una de nuestras chimeneas que cayó como una enorme viga incandescente sobre nuestros hombres. Rumbo a la izquierda, virar 30 grados. No, rectifico, 10 grados, la desesperación era máxima. A partir de entonces, transcurrieron 20 minutos y las tres naves enemigas cesaron la arremetida del fuego. El capitán rectificó una orden y comenzó la marcha.

El Ajax y el Achilles volvieron a la carga. El Graf Spee tomaba rumbo al oeste. Comenzamos a zigzaguear. Algunos heridos empeoraban y la fiebre les quemaba las entrañas. Ya estábamos en la desembocadura del Río de la Plata. Hicimos un potente saludo con una fuerte descarga. El Graf Spee no se rendirá jamás. Vamos a pelear muriendo, capitán, se escuchó a modo de coro. El capitán entonces ordenó virar 120 grados y avanzar a toda máquina. Íbamos al encuentro de nuestros enemigos. A las 22, la distancia con el Achilles, el único de los barcos enemigos fuera de combate, se había achicado. Íbamos en demanda del puerto de Montevideo. A esta altura divisamos los mástiles y las torres de un barco de guerra: Era el acorazado Uruguay. En los últimos instantes de aquel 13 de diciembre, el Graf Spee paralizó el jadeante bramido de sus hélices, estiró sus músculos de acero y echó el ancla en la rada. A la una y media del día 14, guiado por un barco uruguayo, el Graf Spee echó sus amarras”.

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