Por Esteban M. Trebucq

Es imposible desentrañar el conflicto boliviano sin entender un punto central, su gente. Hete aquí la trampa de dicha verdad de Perogrullo: cualquier argentino que ahora recorra estas líneas deberá hacer el esfuerzo de leer lo que sucede del otro lado de la frontera norte, sin el prisma de nuestra coyuntura.

Aquí, en Cochabamba, donde circulan todavía autos fabricados con el volante a la derecha, y adaptados para la circunstancia de la época, nada es parecido a la Argentina. Tierra hermana Bolivia, claro que sí, pero con una raíz fundacional tan disímil a la nuestra, que cualquier analogía guiará a conclusiones disparatadas.

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Para el argentino medio, lo que se vive en estas latitudes, es un disparate. Pero para Bolivia, no. Acá hay una lucha tan profunda que tiene que ver con esas raíces, ligadas a la identidad.

Conviven en este territorio de más de un millón de kilómetros cuadrados, rico en gas, litio, coca y agricultura variada, culturas sólo cercanas en lo geográfico. El exiliado Evo Morales hizo todo lo posible para generar una amalgama cultural dentro del fundante Estado Plurinacional de Bolivia. La nueva Constitución de 2009 le dio un nuevo nombre al país; incluyó a todos y no solamente a los que gobernaron durante décadas y décadas.

Pero ese cambio, esa novedad para esta República, se ve que a algunos no les gustó. Aquí está el nudo gordiano del problema institucional y social que vive hoy Bolivia, con una incertidumbre mayúscula. La senadora Jeanine Áñez, hoy a cargo del Ejecutivo, sin haber sido votada para ese cargo por ningún boliviano, representa a este sector que (en parte) desprecia a las mayorías originarias.

Hasta en las filas de Evo se reconoce que el presidente renunciado, sin que nadie le haya aceptado aún la renuncia, debería haber buscado un sucesor. No lo hizo. Forjó la interpretación constitucional hasta el oxímoron de entender que dos mandatos son igual a cuatro. Exótico; claro que sí.

Pero tanto o más a lo que sucede ahora, con un gobierno que controla a las fuerzas de seguridad, pero que nadie votó, y que ni siquiera es reconocido por la Asamblea Legislativa, ni por la mayoría de la comunidad internacional. Pero tampoco hay anarquía en estas tierras. Las grandes ciudades, La Paz, Santa Cruz, Cochabamba, Oruro, comienzan a funcionar con cierta normalidad, lo que hace presagiar algún futuro para la oposición a Evo, hoy encarnada en Áñez.

Las comunidades originarias están solas, gritan, protestan, patalean, pero muy pocos parecen escucharlas. Acá hay gente dispuesta a dejar la vida por Evo Morales, pero básicamente por este país. Este paísplurinacional, y no sólo de quienes detentan el poder ahora.

La inmensa mayoría de los campesinos, mujeres de pollera, trabajadores humildes del interior profundo, no sólo marchan por Evo. Lo hacen por algo mucho más trascendente: su ser, su historia, sus raíces, su tierra, su futuro. Están convencidos de que este Gobierno los va a pisotear, como ya lo hicieron tantos otros. Por eso pretenden ingresar a las ciudades y bloquean muchas de las rutas más importantes.

Pero el plan desgaste de la actual Administración, en conjunto con un cerco informativo notorio y la escandalosa represión, parecen hacer su parte, para ocultar a estas naciones originarias.

Hoy, aquí, nadie tiene precisiones de lo que sucederá mañana. Llegará una misión de la ONU, en horas intentará sesionar la Asamblea Legislativa, probablemente algún día se vote. Quién sabe cuándo, quién sabe con qué candidatos, y con qué partidos. Todos son dudas. La única certeza que aflora con nitidez, es que no se puede entender Bolivia con los típicos ojos de Occidente, sino con la lógica de un cúmulo de naciones que intentan convivir en un mismo territorio, bajo una misma bandera, con un mismo ordenamiento político y con el respeto por las diferencias culturales.

Esto último es lo que hace más de dos semanas se rompió en este país. Ante eso, poco hay para adjetivar. Pero este quiebre realidad sirve para entender las lágrimas de miles de bolivianos, que prefieren dejar su vida ahora mismo, que retroceder al olvido de dos décadas atrás.

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