Por Antonio Las Heras

Una leyenda que recorre aún el porteño barrio de Barracas tuvo un desenlace trágico, y sucedió el siglo XIX en la que desde entonces se conoce como La Casa de los Leones. El dueño de la gran mansión, Eustoquio Díaz Vélez, hijo del General Eustaquio Díaz Vélez, vivía fascinado por cierto tipo de animales salvajes. Nada menos que enormes leones, aunque no se pueda afirmar si eran leones auténticos, o alguna especie de tigre autóctona de la Argentina a los que el vocabulario popular supo rebautizar.

Eustoquio hijo tenía unos cuántos de esos felinos sueltos por los amplios jardines de la residencia. Y tanto quienes vivían allí como quienes eran invitados conocían eso, aceptándolo de buen grado pues lucían mansos, bien domesticados. También tenía costumbres curiosas como el hecho de haber mandado construir un túnel, en la actualidad rellenado, que desde su escritorio conducía hacia profundidades con destino desconocido.

O porque no estaban acostumbrados a la algarabía, o por que algo sucedió que despertó sus instintos naturales, o por una encrucijada de factores diversos, los memoriosos afirman que fue mientras tenía lugar el compromiso de una de las hijas de Díaz Vélez que una de las bestias arremetió contra el novio, Juan Aristóbulo Pittamiglio, hasta darle muerte sin que ninguno de los presentes pudiera hacer algo por evitarlo. Avezado tirador, Eustoquio tomó un arma larga y disparó desde un ventanal haciendo impacto el proyectil en el cráneo del animal, que murió al instante. Ya era tarde: Juan Aristóbulo agonizaba, y nada se pudo hacer. El hecho sorprendió a todos, pero el drama no concluyó. La joven novia, al no superar la pena, agobiada por una depresión intensa, se suicidó poco después ingiriendo cianuro con licor de anís.

El actual frente de la residencia de Barracas de Eustoquio Díaz Vélez, el dueño que mató a todos los leones que tenía desde cachorros.

Don Eustoquio modificó entonces su sentimiento hacia aquellos animales que había traído de cachorros, educado y con los que convivía, para, llevado por una furia repentina e inusitada, dar muerte a cada uno de los leones y haciendo que la cabeza de ellos fuera tallada en piedra para exhibirlas en los bordes del pórtico de ingreso. Algunas estatuas representándolos fueron colocadas en el interior de la residencia, incluyendo una que muestra al animal atacando a una persona. Desde aquella fecha del siglo XIX hasta el presente, no son pocos los vecinos que afirman que, en especial durante noches con Luna llena o amaneceres de cielo nublado presagiando lluvia, los fantasmas de ambos novios caminan por los jardines con movimientos de alegría, usando las vestimentas tradicionales de aquél entonces.

Una estatua de la trágica escena del león y el novio.

La abogada Estela Zigante recordaba así el episodio que le tocó vivir: "Al principio no creí que existiera, pero después, una tarde que andaba por el jardín, yo misma la vi flotar. Parece que una de las hijas de Díaz Vélez murió aquella noche y desde entonces su fantasma ronda la casa". Un testimonio coincidente con los recogidos en otros sitios a los que se les atribuyen apariciones fantasmales, en el sentido de que la aparición no se desplaza caminando, sino que se desplaza en el aire a cierta altitud. Realidad o fruto de la imaginación, por la razón que fuere, en esto hay total coincidencia.

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