Por Ricardo Filighera
@Rfilighera

La profesora de inglés Oriel (Aurelia Catalina, Briant) como habíamos abordado en nuestro informe del domingo pasado, fue encontrada muerta el 13 de julio de 1984, a un costado de la Ruta 2, Km 75, debajo de una arboleda, jurisdicción de la localidad de Brandsen. Su cuerpo tenía la marca de 37 puñaladas, varias de ellas en sus órganos sexuales, y además 3 disparos, calibre: 32; dos en el rostro. Un horrendo crimen al que se lo vinculó con una atroz venganza, celos pasionales e intervención de elementos vinculados a la terrible represión militar de los años 70. El principal sospechoso, su ex esposo, Federico Pippo, oficial de la Policía Bonaerense y profesor de literatura y su entorno: Esteban Pippo (hermano), Angélica Romano de Pippo (la madre) y Nestor Romano (su primo).

Pero vayamos a los días previos de la desaparición de Oriel, puntualmente. El sábado 7 de julio, la profesora de ingles se despide de sus hijos y se los lleva, tal como había acordado con su ex esposo, Federico Pippo, para regresarlos en la fecha pactada por ambos, como se afirma en el trabajo de investigación que realizó el colega Enrique Sdrech en su libro "37 puñaladas para Oriel Briant".

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Su ex había llegado hasta la casa (materna) que habitaba Oriel, calle 7, localidad de City Bell, a bordo del Renault 12, acompañado de su hermano Esteban. Los cuatro vástagos de la ex pareja se ubicaron rápidamente en el vehículo. Federico la saludó, cortesía mediante, y le dijo: "Quedate tranquila, van a estar conmigo todo el fin de semana y te los traigo el martes temprano". ¿Una práctica habitual de ex matrimonios en ponerse de acuerdo en pasar con sus hijos un fin de semana? ¿O la recreación de un escenario ideal para generar un acto delictivo sin presencia de nadie? En tanto, en la vivienda de la calle Cantilo, además de su ex, se encontraba la madre de este, Angelica Romano de Pippo, y su otro hijo, Esteban. Por otra parte, unos días antes, Oriel había hecho colocar una traba especial debido a que habían ingresado intrusos a la vivienda, en momentos en que no se encontraba la profesora y, en consecuencia, habían robado objetos de valor.

El domingo 8 transcurrió sin mayores sobresaltos: una chica doméstica de 16 años que ayudaba a Oriel cuenta con el permiso de retornar el martes habida cuenta del feriado nacional del día 9. A todo esto, Oriel permanecía con cierta tensión, una suerte de presagio misterioso.

Cabe señalar como dato singular en su separación que Oriel dejó la casa conyugal y todos los muebles que habían sido obsequiados por su madre y abuelos, los cuadros, todo lo concerniente a las vajillas y una generosa cantidad de sus joyas. Como si esto fuera poco, también habia "cedido", a su ex, el Renault 12 que habian comprado con ahorros de ambos.

¿Por qué, reiteramos, dejó todo sin reclamar nada? En cualquier separación razonable de cualquier mortal sobre la tierra, factor legal mediante, se aplica la división de bienes. Sin embargo, Oriel no lo hizo y abandonó el citado lugar de la manera más pronta posible, con lo que llevaba puesto.

¿Por qué Federico Pippo no le dio lo que le correspondía? ¿Coacción, amenazas? En tanto, Federico Pippo siempre se apersonaba a la casa familiar de Oriel, con el vehículo citado y acompañado, invariablemente, por su hermano Esteban. ¿Quién era puntualmente Esteban Pippo? Un sargento de la Policia de la Provincia de Buenos Aires que contaba con domicilio fijo en la ciudad de Lobos. Esteban era apodado "Trompo" y según había manifestado el dirigente nacionalista Guillermo Patricio Kelly por esos años, Esteban Pippo estaba vinculado con el comisario Inzúa, acusado de participar en matanzas represivas durante la última dictadura militar.

Lunes 9 de julio. El frío se hace sentir y sin medias tintas, cala los huesos y, desde la mañana temprano, sólo algunos vecinos en City Bell se animan a realizar algunas compras en los pocos comercios abiertos durante el feriado. Oriel transitaba un día plácido con el intento de abordar la lectura de algunos libros que le habían quedado pendientes; sin embargo, no podía concentrarse.

A las 19 una serie de bocinazos llamó la atención de la profesora. Le sorprendió que se encontraba estacionado el Renault 12 con Esteban Pippo al volante. Martina, Tomás, Julián y Christopher corrieron a abrazar a su madre. Totalmente embarrado, Christopher se quedó con Oriel, en tanto, sus hermanos regresaron al coche que emprendió viaje nuevamente. En la parte de atrás del vehículo se encontraba doña Angélica Romano de Pippo, quien, con un breve rictus de sonrisa en la comisura de sus labios, saludó de manera tibia a Oriel. Una y otra vez, Oriel se encarga de revisar todos los dispositivos de seguridad: puerta cerrada con llaves y tranca mediante. Luego de bañarlo, acuesta a Christopher y le cuenta una historia breve de hadas. Oriel Briant trata de dormir, toma un té para tranquilizarse y el intento es estéril. La tensión no afloja. El clima es inhóspito: presagio de tormenta y el viento que no cesa.

Ya superada la medianoche, alrededor de la una del martes, Oriel Briant, vestida de camisón y unas medias celestes de lana Penguin se acerca hasta la puerta. Tres golpes contundentes llamaron poderosamente su atención. Aquí, un detalle fundamental: ¿por qué Oriel abrió la puerta? ¿Quién o quiénes se identificaron del otro lado? Con todas las medidas de seguridad que había adoptado la profesora, ¿por qué decidió abrirla?

Primera hipótesis: ella, por sus propios medios, obviamente, posibilitó el ingreso a esa o a esas personas. Evidentemente, los conocía. Una vez ya ingresado (o ingresados) en la casa, de acuerdo al testimonio de un importante criminólogo a este diario, Oriel pudo haber sido reducida y adormecida con una sustancia vertida en un pañuelo; inmediatamente fue conducida hasta un vehículo. No hubo gritos ni la menor señal de alarma. Los vecinos continuaban en medio del reparador descanso. En tanto, Christopher, el benjamín de la familia, seguía durmiendo y solamente se enteraría de la ausencia de la madre a la mañana siguiente. ¿Hacia dónde había sido conducida Oriel?

El testimonio, en tanto, de una vecina que había llegado a City Bell a las 23.30 de ese 9 de julio, acompañada de sus tres hijos, daba cuenta de un episodio trascendente. De acuerdo a lo que expuso la citada mujer, al bajar del colectivo línea 273 había caminado por la calle 3, en tanto el frío, según recordaba, se hacía notar de manera cada vez más contundente. Antes de llegar a la calle 11 observó estacionado (mano derecha) a mitad de cuadra un vehículo Valiant cuya patente terminaba en "17". La vecina había expresado al juzgado que le resultaba extraño la presencia de ese vehículo, no habitual en ese lugar y tampoco como perteneciente a alguno de los vecinos. Dicha mujer testificó que pasó de frente y que si bien tenía las luces apagadas, las ventanillas estaban abiertas: "Dos hombres se encontraban sentados en la parte delantera y al dirigir la vista hacia ellos, el que estaba del conductor se agachó como ocultándose, por lo que me resultó muy dificil poder divisar su rostro, en cambio vi al que estaba sentado al volante: se trataba de una persona de alrededor de 40 años, cutis un poco tostado, nariz pronunciada, grande y si mal no recuerdo, llevaba una campera color azul y de verlo, lo reconocería".

El relato de esta testigo fundamental continuó: "Siempre con mis chicos de la mano, caminando por la calle 7 y al llegar a la 11 se encontraba estacionado otro vehículo moderno, mediano, color verde oscuro, con una sola persona en su interior, del lado del conductor". Y continuó con su testimonio: "Era un hombre de unos 40 años, cabello negro y de bigotitos. No tengo dudas que si también lo viera, lo podría reconocer". La testigo, ante un recorte periodístico que le mostró el juzgado, admitió que ese hombre, al que había visto en el interior de ese vehículo, era nada más, ni nada menos que Esteban Pippo.

Días después, en la noche que se había preparado para la reconstrucción de este episodio con la presencia de la citada testigo, con los dos vehículos dispuestos en la forma que señaló la mencionada mujer, un sorpresivo, misterioso e impactante apagón dejó a oscuras a medio City Bell. La confusión y la tensión se apoderaron en ese momento del lugar y se supo, luego, que varios efectivos tiradores de la Policia Bonaerense cubrieron con sus cuerpos a la importante testigo.

A todo esto, Néstor Romano, primo de los Pippo había afirmado que entre la noche del 9 de julio y la madrugada del 10 había llegado hasta su stud, en Lobos, un vehículo manejado por Esteban Pippo (Renault 12 color azul propiedad de Federico Pippo) y en el que se encontraba, también, su madre. Trasladaban, según su testimonio del cual luego se rectificó, a Oriel Briant, semiinconsciente, como drogada.

En un principio, la causa había sido caratulada como "privación ilegítima de libertad seguida de muerte". Aunque, luego un imprevisto giro dejó en libertad a Federico, Esteban y Angélica Romano de Pippo, de la misma manera que a Néstor Romano. A todo esto, peritos forenses habían determinado que en las medias de Oriel habían encontrado tierra con la misma composición del citado stud, así como también otras minúsculas particulas que habrían sido encontradas en ese lugar. Sin embargo, por errores administrativos en una de las declaraciones del acta policial en donde no se había registrado que la occisa tenía las mencionadas medias, todos quedaron en libertad. El alma de Oriel Briant sigue reclamando verdad y justicia. ¿Llegará, en realidad, algún día?

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