El poder de la fe: el evangelismo en el nuevo mapa político de América Latina, ¿cómo impacta en Argentina?
El crecimiento de la fe evangélica redefine la política regional. De Brasil a la Casa Rosada , templos, pastores y movimientos carismáticos se convierten en actores de poder capaces de influir en gobiernos, discursos y elecciones.
Si Pablo de Tarso reviviera, estaría extasiado. Después de mucho trabajo y prédica, en el siglo XXI, la política latinoamericana encontró un nuevo protagonista: el cristianismo evangélico. Después de décadas en las que otras creencias monopolizaron la voz religiosa del continente, el mapa espiritual de la región parece haber cambiado de forma radical.
Como signo de los tiempos, esta semana el presidente Javier Milei-antes de emprender su viaje a USA-, encabezó en la Casa Rosada un acto protocolar por el Día de las Iglesias Evangélicas, acompañado por el Consejo Directivo de la Alianza de Iglesias Evangélicas de Argentina (ACIERA), algo que que para este organismo resultó un “hecho histórico”.
Las fotos recuerdan a postales similares de Jair Bolsonaro, con los participantes ungiendo en oración con las manos en alto al Presidente, Karina Milei y al jefe de Gabinete, Manuel Adorni. El fenómeno va mucho más allá de la fe: es un proyecto cultural, social y político que interpela tanto a las democracias como a las izquierdas y las derechas, a tal punto que en varios países, pastores evangélicos se convirtieron en líderes de opinión, ministros o asesores presidenciales; en otros, gestionan comedores, escuelas y centros de rehabilitación donde el Estado no llega.
Lejos de ser un bloque homogéneo, este nuevo cristianismo combina espiritualidad, asistencia y pragmatismo en su diálogo partidario. Y su poder ya se hace sentir porque define elecciones, moldea discursos y canaliza las angustias sociales en tiempos de crisis económica y moral.
¿Cómo las expresiones que antes ocupaban los horarios periféricos TV hoy concentran tanto poder? Esa pregunta estructura el impactante documental brasileño “Apocalipsis en los trópicos”, de Petra Costa, estrenado meses atrás en el Festival de Venecia con el aplauso de la crítica. La cineasta, que ya había retratado la caída de Dilma Rousseff y el ascenso de Jair Bolsonaro en “Al filo de la democracia”, sobre un tópico que ya conoce: el poder evangélico en Brasil, un país donde la población protestante creció del 5% al 30% en cuatro décadas.
En el film Costa puso el foco en figuras como Silas Malafaia, el pastor multimillonario que bendijo políticamente a Bolsonaro y que predica un evangelio de prosperidad desde templos con miles de fieles y transmisiones globales. El documental expone la simbiosis entre fe, espectáculo y poder, y cómo las iglesias pentecostales se convirtieron en estructuras electorales capaces de movilizar masas.
Con imponentes imágenes de cultos multitudinarios, rezos colectivos durante la pandemia- en la que algunos líderes del movimiento llamaban a no vacunarse-, y la presencia del expresidente en actos religiosos, Costa plantea una pregunta incómoda, ¿hasta qué punto el evangelismo moldeó la política brasileña y su deriva autoritaria?
Recorrer las periferias de Río de Janeiro, Bogotá o Buenos Aires es suficiente para notar el cambio.
Donde antes había bares, talleres o edificios, ahora florecen templos con carteles que prometen “Pare de sufrir”. En las zonas céntricas, las megaiglesias se adueñaron de las viejas salas de cine y adoptaron sus pantallas, sonido envolvente, y un clima emocional que fusiona el espectáculo con la oración.
Con ancla en los tiempos que corren, el cristianismo se mueve al ritmo del mundo digitales. Suena en los colectivos, circula en reels de Instagram y en vivos de TikTok, se canta en los estadios y se consume como contenido viral. Su estética audiovisual, su narrativa de superación personal y su mensaje de esperanza inmediata conectan con millones de latinoamericanos, golpeados por la inflación, las crisis de valores y el desamparo de la política tradicional.
En Argentina como en el mundoEl fervor evangélico no es ajeno a la Argentina. En Chaco, por ejemplo, uno de cada cuatro habitantes se define como evangélico y participa en las reuniones en alguno de los cinco mil templos distribuidos en la provincia.
En un territorio marcado por la pobreza estructural y la ausencia del Estado, las iglesias funcionan como redes de contención, espacios de trabajo comunitario y, muchas veces, como refugios espirituales frente a la crisis.
Hace un tiempo, la visita del Presidente para inaugurar un templo del pastor Jorge Ledesma marcó un hito simbólico. En ese acto, el religioso aseguró ante los fieles que “cien mil pesos se convirtieron en dólares por obra y gracia de Dios”, y prendió la polémica. Por aquel entonces, un gesto político y jurídico muy potente, el Milei firmó el decreto que reconoció oficialmente a las iglesias evangélicas como personas jurídicas religiosas en todo el territorio nacional. Hasta ese momento estas entidades eran registradas como asociaciones civiles o fundaciones, lo que limitaba su capacidad operativa y su identidad institucional.
No fue un episodio aislado, sino un reflejo local de una tendencia continental. El cristianismo evangélico ya no se limita a los templos, sino que disputa sentidos, votos y políticas públicas.
Pasa casi inadvertido, pero el avance de la fe es tal que Nadia Judith Márquez la postora neuquina que es senadora electa podría jugar un rol clave para el oficialismo, ya que es candidata a ocupar la Presidencia Provisional del Senado, un puesto que la colocaría en el segundo lugar de la línea de sucesión presidencial, después de la vicepresidente Victoria Villarruel.
En Brasil, el peso político del evangelismo también es visible. La bancada religiosa del Congreso influye en las leyes sobre aborto, educación y diversidad sexual. Los candidatos presidenciales visitan templos, buscan bendiciones y adaptan sus discursos al “lenguaje de la fe”.
Además, en Colombia, megaiglesias como la Misión Carismática Internacional dieron origen a partidos propios y en Costa Rica, el pastor Fabricio Alvarado llegó a disputar la presidencia en 2018.
El interés político no es para menos, según la Alianza Evangélica Latina, “en las naciones latinoamericanas, del total de 586.939.696 personas, alrededor de 160.254.485 se declaran evangélicos, lo que suma un porcentaje de 27,3%, en tanto que, si se agregan a la lista Estados Unidos, España y Belice, el porcentaje baja a 25,3”. La mayor cantidad está en los Estados Unidos con 86.359.128, le siguen Brasil y México que a la vez son los países más poblados de la región. En cuanto a porcentajes, “Honduras ocupa el primer puesto con un 47% de evangélicos y se prevé que podrían ser mayoría religiosa en el país en menos de 10 años, le sigue Guatemala con el 43% y Nicaragua con el 42%”.
En Argentina el número de fieles evangelistas supera ampliamente los 7 millones y siguen sumándose, una cantidad nada depreciable para un gobierno que de cara al 2027 busca afianzarse y sumar apoyos. Tal vez esa sea la raíz del interés, aunque parece genuina intención de unificar criterios profundizando en las premisas provida, que concentraron gran parte de la mentada “batalla cultural” que emprendió el oficialismo. El tiempo y las alianzas lo dirán.

