CRÓNICA 60 AÑOS

El Papa, hincha de Crónica

Por Alicia Barrios - Periodista de Crónica.

Por Alicia Barrios.

Crónica es una hermana melliza. Desde los 24 años empecé a caminar la redacción de alto tránsito. Aprendí a recorrer las calles en una época que se hacía equilibrio entre las balas. Una de las primeras notas fue un accidente de tránsito, un auto había atropellado a cinco personas, en pleno centro, con un conductor brotado de velocidad.

Me costaba encontrar el título. Algo me iluminó: “Un Peugeot calibre 504”. El nivel de exigencia era fuerte, a mí no me corria sangre, se había convertido en tinta. Sabía, como un lema, que aplicaba a rajatabla, eso que decía el director antes de salir a hacer un nota de tapa: “Te estás por morir en cualquier lado y al chofer de la ambulancia le decís que primero tenés que traer la nota a Crónica y después podés ir al hospital”.

Se vivía a pura adrenalina. Otra época. Única. Irrepetible. Crónica era una escuela de periodismo. Cada cobertura, una catedra. “Acá tenes que venir duchada, comida, sin la preocupación de ir al baño y con los diarios leídos”. Las Lexicon 80 tecleaban al ritmo de Jorge Enea Spilimbergo, sobrino del magistral pintor Lino Enea. Él tenía la mirada de ojos grandes, verde lago profundo, que pintaba su tío en los cuadros, un placer, una clase magistral hablar con él, había fundado la Izquierda Nacional junto a Jorge Abelardo Ramos.

Cada tanto, sin dormir, llegaba con su costurita, así le llamaba a sus notas, el poeta Daniel Giribaldi, venía seguido de largo como decía, después de haber pasado la noche “copetando”. Repartía sus “Sonetos Mugre”. Siempre de buen humor por el fragor del alcohol. Todos lo querían. Transpiraba bohemia. La memoria me trae la copla que, frente a mí, me dedicaba: “Esto lo practica Dios y algunas veces el mar: lo bueno de tener voz no es hablar, sino callar”.

En esos años, en el diario, había un buffet, donde se comía, barato y bien”. El tema era la bebida, el vino común de mesa, la ginebra, eran la nafta de los periodistas. El cierre del matutino siempre era acompañado por los tragos, adonde los mas experimentados colegas que jamás volví a ver, sentados al lado del diagramador, titulaban a la medida la portada del diario.

Un día se acabó lo que se daba y se cerró el buffet por orden de Héctor Ricardo García. La razón era lógica, a veces había peleas, gritos, descontrol. El orden se estaba escapando por las ventanas, adonde en medio de una discusión casi empujan a un periodista de deportes al vacío desde la redaccion. Vaya una a saber por qué le gritaban “carnero”. Esos días quedaron grabados a fuego en mi memoria y corazón. Atesoro recuerdos que no voy a olvidar.

Crónica para mí hasta que nos conocimos era la vida menos pensada. Siempre fui feliz, llegar o no a fin de mes me tenía sin cuidado, hacía lo que me gustaba. Estaba apasionada. Después hubo momentos culminantes. Por ejemplo cuando fui convocada para cubrir la guerra de Malvinas desde los foros internacionales. Ahí nomás me embarqué en el charter de Cancillería, junto al ministro Nicanor Costa Méndez, su comitiva y toda la prensa especializada. A mí me miraban con recelo.

Casi con desprecio porque para ellos Crónica era un medio de pobres y de cabecitas negras. Costa Méndez, a quien lo apodaban Canoro, se dio cuenta sin que nadie le dijera nada. No sabían que para él Crónica, por su postura con Malvinas, era una gloria. De inmediato me llamó para conocerme. Tuvimos una relación memorable. De común acuerdo hablábamos en francés, para que los demás, que dominaban todos el inglés, no nos entendieran.

Ahí me empezaron a respetar. Todos esos días quedaron para siempre en la tinta de Crónica. Nueva York, Washington, La Habana, Brasilia, fueron más de diez viajes. Lo más fuerte fue el abrazo entre Canoro y Fidel, en las escaleras del Palacio de las Convenciones. Años antes había sido el canciller argentino quien había llevado la posta para que expulsaran a Cuba de la OEA.

Lo pasado fue pisado, en el preciso instante en que estos dos hombres se encontraron. La clase, la solidaridad, se impuso a la memoria y el presente dominó el tiempo. Sin duda el don de gente de Castro Ruz y Costa Méndez emocionó a los ojos del mundo. Me voy dando cuenta de que tengo que escribir un libro de Crónica. Que no me van a alcanzar las páginas. Aún no hablé de Bergoglio.

Lo conocí al arzobispo y no era cardenal. Fue en su primera Nochebuena en la Catedral. Necesitaba vivir la experiencia de un 24 de diciembre para el espíritu y no el estómago ni los regalos. Quería celebrar el cumpleaños de Jesús, porque al pobre chico casi nadie lo saluda. Lo comenté en mi programa de radio y me acompañaron centenares de oyentes. Desde ya conté esa experiencia en las páginas de Crónica. El templo explotaba de gente. Muchos de ellos convocados desde la radio.

Fue algo milagroso. Bergoglio es melómano. Por eso en sus misas la música, el órgano, el director del coro, dan un clima único. Los cantos gregorianos elevan las almas, hasta el día de hoy en San Pedro. Cuando terminó la ceremonia, él se ubicó en la salida y saludó uno por uno a todos. Llegó mi turno, me había oído invitar a los fieles.

Quedamos en vernos en la semana. A partir de ese fin de año de 1999 nos hicimos amigos para siempre. La vida, Crónica y Dios nos fueron hermanando. Una relación fraterna. Bergoglio se convirtió en una familia completa para mí. Lo agregué a mi sumario de notas, porque mi especialidad no era culto. Me convertí a su lado en una periodista peregrina.

Lo acompañaba en las cárceles de máxima seguridad, lavándoles los pies a los presos para los jueves santos. Los viernes lo esperaba en la boca del subte para ir con toda la procesión desde la plaza Congreso hasta la Catedral. Él iba como uno más, con sus zapatos negros y los pasos de jesuita. A medida que la gente lo reconocía, se acercaba a saludarlo, le decían padre Jorge y le pedían perdón por no llamarlo cardenal.

Él les respondía: eso es lo que soy, está bien. Como me dice, la palabra cardenal no está en la Biblia. Una vez le dije: cómo te gusta trabajar de cura. “Es mi vocación, yo no nací para obispo”. Conocí todas las villas, él llegaba en colectivo o subte. La policía cuando lo veía aparecer, respiraba, porque no quería que lo fueran a buscar. Él solo y su alma. Cuando regresábamos de estos eventos, volvíamos juntos a la Catedral y estaba locuaz, contento, hablando de lo que habíamos vivido.

Me enseñó a rezarle a Santa Teresita, San José, dos de sus devociones cotidianas. La fe estaba siempre presente. La verdad, desde que aprendí esas lecciones, ninguno de los dos santos me falló nunca. En los días difíciles de mi vida, siempre estaba tranquila. Con él al lado como para no estarlo. Un día que la Catedral explotaba de gente y periodistas, para un Tedeum, me acomodé en el suelo y desde ahí me movía de un lado a otro.

El Papa, hincha de Crónica
La histórica tapa del papa Francisco.

Alguien le dijo: qué raro que no vino Alicia. Él se rió: cómo que no, si estaba gateando entre los periodistas. Siempre veía y estaba pendiente de todo. Al día siguiente de cada artículo me llamaba por teléfono para agradecerme la compañía, el trabajo. Crónica entró a todas partes, desde la cárcel del Borda hasta los sitios más rigurosamente vigilados.

Así fue como estuvimos solos como medio en su última misa como cardenal, en la misa de la Virgen de Lourdes en Buenos Aires. El 11 de febrero del 2013. El día que se conoció la renuncia de Benedicto XVI. Los periodistas no lo cubrían más. Estaba solo de prensa. Nosotros fuimos contentos. Había 10.000 personas. La calle estaba cortada.

Cuando terminó, los aplausos explotaban el aire. Una mujer gritó: “Que Dios y la Virgen te hagan Papa Bergoglio”. Y todos coreaban “Papa, Papa”. Emocionada, subí al escenario, le di un beso y repetí: “Que Dios y la Virgen te hagan Papa”. Pura emoción. Ese mes de febrero estuvimos siempre juntos, a tal punto que algo intuía. Por eso propuse a Crónica que nos mandaran a Roma a acompañarlo.

Inmediatamente me dijeron que sí. Llegamos antes del cónclave. Lo vimos por última vez, el día anterior. Se rió a mandíbula batiente cuando trepados a una columna lo llamé fuerte: "Padre Jorge, padre Jorge”. Nos miró y no pudo contener la alegría. Nadie lo reconoció. Así llegamos a la fumata blanca. Cuando anunciaron “George Marium Bergolium”, me puse a gritar en medio de la sala de periodistas entre los cinco mil acreditados: “Ganaron los pobres. Se hizo justicia”. De repente me quedé callada porque quedé atrapada entre cables y micrófonos, éramos los únicos que lo conocíamos.

Ahí estaba Crónica, firme junto al Papa. Cuando lo vi con el hábito blanco, lloré sin parar. Al día siguiente fuimos de los poquísimos invitados al besamanos. Tuvo conceptos muy elogiosos para mí delante de los cardenales que lo acompañaban, que no voy a repetir por pudor. Nos tomamos las manos y sin abandonar el humor que lo caracteriza me dijo: “Éramos pocos y faltabas vos”. Desde ese glorioso tiempo, que ya pasaron 10 años, este último viaje fue el 42 que hicimos al Vaticano. 

Firme junto al pueblo 

Así quedó Crónica posicionada entre los medios más selectivos del mundo que acompañan a Su Santidad. En este cumpleaños 60 del diario, quiero agradecerle todo y cuánto recibí. No puedo vivir sin trabajar el resto de mi vida. Esta profesión no la elegí para hacerme rica. Pero me dio todo, el amigo Papa, la libertad y hasta una familia. Así conocí al amor de mi vida. Haciendo un reportaje al ex juez Hernán Bernasconi, gracias a eso, es mi marido. Era para la doble de un domingo. Héctor Ricardo Garcia estaba atento, porque era una nota muy exclusiva. El encuentro fue un viernes. Salió todo perfecto. El sábado a la tarde, ansioso, me llamó Garcia para preguntarme cuándo mandaba el material. Me estoy sentando a escribir, dame dos horas y lo tenés. El juez se acaba de ir de casa. Pasamos la noche juntos. Y él respondió: “Alicia, qué primicia, te acostaste con la noticia”. Algún día lo tenia que contar.

Por A.B.

 

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