Día del Padre: cuando ser papá es mucho más que un rótulo
En el Día del Padre, cuatro historias de hombres que dejan todo por sus hijos, para que estén bien y para verlos felices a pesar de muchas circunstancias.
En estos tiempos complejos que saben más de esfuerzos, sacrificios y sinsabores, Crónica reunió historias de papás que, jornada a jornada, emergen como un pilar para sus familias y se brindan al máximo, y más por sus hijos.
Para Fabián Grillo este Día del Padre tiene un sabor especial luego de que el pasado 12 de marzo un cartucho de gas lacrimógeno impactara en la cabeza de su hijo Pablo, mientras el fotógrafo hacía su trabajo durante otra movida edición de la marcha de los jubilados que se lleva adelante todos los miércoles.
"Estoy ansioso esperando que el tiempo pase pronto. Pero soy consciente de que salté de la mayor tristeza a mucha esperanza y alegría. Hoy tenerlo conmigo es mi mejor regalo", revela. "Los médicos decían que no iba a pasar esa noche. Su estado era muy delicado", agrega.
Sin embargo, tres meses después del hecho, Fabián puede regresar con cierta sensación de tranquilidad del Hospital Rocca, sitio donde su hijo lleva adelante un tratamiento de rehabilitación desde hace dos semanas. Si bien no se habla de plazos, los médicos están conformes con la evolución de Pablo. "Se salvó de milagro. Lo de hoy es asombroso y esperanzador. Está evolucionando favorablemente", cierra su papá.
Otra padre que sabe de luchas es Pablo Bonome, quien mientras se ocupa de sus hijas de 2, 6 y 10 años no dejar de pensar a diario en Estefanía, asesinada en octubre de 2018. "Me siento vacío y muy dolido porque no tengo a mi hija y eso me hace muy mal. La extraño un montón porque es mi primer amor", revela.
Sin embargo, al mismo tiempo, mira hacia sus otras criaturas y no duda en afirmar: "Trato de salir adelante porque sé que si me abandono las que van a perder son mis hijas. Ellas me hacen sentir feliz cada vez que cierro el portón y me vienen a abrazar". Aunque bromea: "Pero también me piden plata, ja, ja".
En el caso de Rubén Guenaga, sus tres hijos no pueden salir del asombro y el orgullo cada vez que ven cómo su padre concurre cada viernes a la Plaza Casal, ubicada en el barrio porteño de Villa Urquiza, para entregarles una merienda a unas 100 personas. "Me gusta que las personas estén bien. Toda mi vida ayudé. En lo que necesita la gente, ahí estaré sin interés alguno", declara el hombre, quien forma parte de "Urquiza se organiza" y colaboró en las tareas de rescate de la tragedia del avión de LAPA, el atentado de la AMIA y el incendio en el boliche Cromañón, por ejemplo.
Martín, en tanto, forma parte de la Cooperativa de Recicladores "Bella Flor" y tiene en claro por qué hace lo que hace: "Nosotros salimos por nuestros chicos porque ellos son la esperanza para nuestro país. Nuestra fortuna es la familia". Una confesión que se enfunda en un contexto laboral por demás delicado, dado que los valores de los materiales reciclables se estrellaron contra el piso.
"Es complicado poder comprar algo para llevarlo a la mesa y compartir. Pero nos esforzamos para que puedan ir a la escuela, educarse y formarse con el fin de tener la posibilidad de un ascenso social. Además, no podemos bajar los brazos para mostrarles que hay que seguir esforzándonos por ellos. Es la única motivación que tenemos y nuestro lujo es tenerlos a ellos", completa.

