Ni Jordán ni Cacheuta: las termas escondidas en medio de una quebrada que parecen sacadas de un cuento
Lejos del ruido y escondidas entre cerros imponentes, estas termas naturales invitan a una pausa distinta. No son tan famosas como otras, pero quienes llegan hasta ahí se sorprenden con sus aguas cálidas, el entorno casi intacto y una tranquilidad difícil de encontrar, ideales para una escapada de fin de semana.
Cuando el cuerpo pide descanso y la mente necesita una pausa, nada mejor que una escapada lejos del movimiento de lo cotidiano y del frío otoñal. Entre cerros y paisajes que parecen sacados de otro tiempo, hay un rincón poco conocido que ofrece aguas termales, silencio y conexión con la naturaleza, un lugar ideal para quienes buscan relajarse sin multitudes y descubrir paisajes nuevos.
Se trata de un destino menos tradicional que Cacheuta o el Jordán, pero que sorprende por su entorno agreste y la calma que transmite. Las termas, ubicadas en plena quebrada, brotan en medio de un paisaje rocoso y casi intacto, lo que convierte la experiencia en algo mucho más natural y auténtico.
¿Cuáles son las termas perfectas para escapar del frío y desconectar?En el corazón de una quebrada imponente, entre cerros que parecen detenidos en el tiempo, hay un rincón de Catamarca donde el agua brota tibia y humeante, como si la tierra ofreciera su propio abrazo. Las Termas de Fiambalá (ubicadas al sudoeste de la provincia de Catamarca, a 12 Km de la ciudad de Fiambalá, 63 Km de Tinogasta, y 342 Km de San Fernando del Valle de Catamarca) no son tan famosas como otras, pero quienes llegan hasta ahí se encuentran con un lugar que invita a bajar las revoluciones.
Hay piletas de piedra natural con temperaturas que van cambiando y muchas otras instalaciones de gran satisfacción que permiten adaptar los servicios a todos los gustos, mientras se disfruta del hermoso paisaje que lo envuelve.
Desde hace siglos estas aguas fueron conocidas por sus propiedades curativas, y se dice que los pueblos originarios ya las usaban para calmar dolencias y descansar. Hoy el lugar está acondicionado con lo justo y necesario, duchas, vestuarios, un comedor y hasta podés alquilar una bata.
Las construcciones son sencillas, pero con un encanto rústico, hechas en materiales naturales como piedra y madera, lo que da la sensación de estar en un refugio escondido en medio de la montaña. Los techos bajos, pérgolas y caminos de roca hacen que el lugar se sienta cálido y acogedor, como si fuese un secreto bien guardado, ideal para desconectar.
El fondo natural que se encuentra a su alrededor es una locura, ya que parece que estás metido entre montañas, con un silencio que solo se corta por el sonido del agua cayendo o algún viento que baja desde la cima. Si te gusta caminar, hay senderos cortos con vistas panorámicas, y si preferís lo cultural, el pueblo cercano tiene museos y bodegas donde podés probar vinos del lugar.
También está la opción de hacer algo más aventurero. A un rato de ahí están las dunas de Tatón, perfectas para sacar fotos o animarse al sandboard. Y para los que disfrutan del vino, hay viñedos pequeños donde te atienden los mismos que lo producen, con esas charlas que no te olvidas más.
Y si pensás quedarte, hay lugar: Desde cabañas hasta hospedajes simples, pero cómodos. A la hora de comer, se puede elegir entre platos caseros bien hechos como empanadas, locro o algún menú más fresco si hace calor. Es un lugar para desconectar de verdad y volver con otra energía.

